Azcapotzalco y Tacuba

Xavier Noguez

 

“Una piedra en el camino me enseñó que mi destino era rodar y rodar”. José Alfredo Jiménez

 

El presente número está dedicado a revisar algunos segmentos de la arqueología y la  historia de Azcapotzalco y Tlacopan o Tacuba, dos antiguos señoríos tepanecas que, en su más importante etapa, fueron contemporáneos de los mexicas y sus vecinos. Los asentamientos humanos son antiguos en la región y aún más antiguos los remanentes de la fauna pleistocénica que, en gran medida, han sido descubiertos gracias a las obras del transporte colectivo (Metro), la remoción de la refinería de petróleo, así como los trabajos especiales de salvamento arqueológico en la calzada México-Tacuba (artículo de Joaquín Arroyo-Cabrales). No podemos ni remotamente imaginar los pastizales donde merodeaban mamutes, caballos americanos, bisontes, camellos y grandes carnívoros como el lobo. Asimismo, el ambiente habría sido de una extraordinaria pureza, a menos que un volcán cercano se mantuviera activo. Ahora, como parte de una megalópolis, Azcapotzalco y Tacuba enfrentan los grandes retos de un crecimiento urbano incesante que podría, eventualmente, borrar por completo su centenaria identidad.

Como exponen en sus artículos Carlos Santamarina y María Castañeda, en la época inmediatamente anterior a la conquista española, el Posclásico Tardío (siglos xiii-xv), Azcapotzalco tuvo un relevante papel que apenas comenzamos a entender. Por ejemplo, cuando Itzcóatl, el cuarto tlatoani tenochca (1428-1440), asciende al poder, asombrosamente se menciona en algunas fuentes que fue hijo ilegítimo de Acamapichtli (el primer tlatoani tenochca) y de una esclava de Azcapotzalco, versión que es difícil de creer. Quizá el propósito de este relato fuera mantener una relación ambigua con el reino de los tepanecas. Previamente, se menciona que Chimalpopoca (1417-1428), el predecesor de Itzcóatl en el tlatocáyotl tenochca, había sido ejecutado por tepanecas de Tlacopan con un discreto apoyo de Itzcóatl, el primer Motecuhzoma y el cihuacóatl Tlacaélel. Quizá la razón de esta acción fuera la cercanía de Chimalpopoca respecto a Tezozómoc, el gran gobernante de Azcapotzalco, y Maxtla, uno de sus hijos y su sucesor, debido a su vínculo familiar: Chimalpopoca era nieto del primero.

Aunque Azcapotzalco y sus aliados pierden la guerra en contra de Texcoco y Tenochtitlan (1428-1431), el tepanecáyotl no desaparece, y los victoriosos optan por incluir en una nueva alianza señorial a Tlacopan o Tacuba, con el principal objetivo de que administrara el tributo de una vasta región al occidente de la cuenca lacustre del Altiplano Central. Además hoy conocemos con mayor claridad la importante organización territorial azcapotzalca, donde se identifican dos grandes partes: el Tepanecapan y el Mexicapan, el segundo habitado por gente de Tenochtitlan. El prestigio de los tepanecas no se desvaneció con su derrota a manos de la Triple Alianza.

Uno de los tantos enigmas de la historia antigua de nuestro país se refiere a la adscripción de los nombres de las ciudades y sus habitantes. En este caso existió un grupo definido que se conoció como tepanecas, habitantes de gran parte de la región occidental de la ciudad de México. Tepanécatl significa el habitante del lugar encima de la piedra o el lugar sobre la piedra. El nombre de Tlacopan es identificable por medio de su glifo, que no ha sido representado con variantes extremas (véase la sección “Documento” en este número). Azcapotzalco se refiere al lugar del hormiguero, un nombre poco común en la toponimia náhuatl del centro de México. ¿Será acaso un referente a las pequeñas piedras que las hormigas van acumulando alrededor de un agujero en la tierra? Otro enigma más se refiere al origen de este pueblo. Una de las hipótesis más plausibles, como ha expresado el maestro Carlos Martínez Marín, lo coloca en el antiguo Matlatzinco, hoy valle de Toluca, donde habitaban grupos de filiación otopame como los matlatzincas y otomíes. Recientes investigaciones del doctor Alfredo López Austin explican las creencias de estos pueblos actuales en la sacralidad de las piedras y en que dentro de algunas de ellas moran los gigantes (quinametin), quienes, entre muchos y complejos atributos, fueron seres primigenios, primeros habitantes de algunos pueblos. Algunas de esas piedras adquirieron colores como el azul y el verde; el primero, en una propuesta arriesgada, podría asociarse a los dioses viejos del fuego y la turquesa, como Tollotzin, dios patrono de Tollocan o Toluca. Sabemos también de la existencia de otras deidades asociadas a los tepanecas como Cuéxcuex, Mixcóatl, Tlamatzíncatl, Ocotecuhtli u Otontecuhtli, este último asociado a la importante fiesta de xócotl huetzi, la caída de lo agrio. Igualmente, no debemos olvidar la representación del glifo onomástico de Tezozómoc de Azcapotzalco: una piedra con perfil humano acompañada de pequeños puntos, como aparece en la Tira de la Peregrinación. El nombre de Tezozómoc mantuvo un especial prestigio puesto que también lo encontramos en un miembro clave de la genealogía tenochca, quien fue el padre de tres tlatoque: Axayácatl, Tízoc y Ahuízotl. Lo tenemos también asociado al gran historiador de la primera etapa colonial: Hernando Alvarado Tezozómoc. Además, tanto el topónimo de Tenochtitlan como el de Texcoco o Tetzcoco se asocian a piedras. De este último tenemos ejemplos en el Códice Xólotl, el Mapa Tlotzin y la Matrícula de Tributos. Curiosamente, el glifo de Tenochtitlan que se vincula a Chimalpopoca en el Códice Xólotl muestra un tunal saliendo de un gran número de piedras, algo inusual en otras representaciones. Quizá se está informando sobre el origen tepaneca del señor Chimalpopoca.

 

Xavier Noguez. Profesor-investigador de El Colegio Mexiquense, dedicado al estudio y publicación de códices coloniales del centro de México.

 

Noguez, Xavier, “Azcapotzalco y Tacuba”, Arqueología Mexicana núm. 136, pp. 26-29.

 

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