• sábado, 23 de septiembre de 2017.

Colón y los navegantes del Nuevo Mundo

Hombre de mar por excelencia, no es casual que las embarcaciones utilizadas por los pueblos con que se encontró en sus distintos viajes llamaran la atención del almirante Cristóbal Colón, y que las describiera con ojo de experto. Entre esas descripciones destacan dos: la correspondiente al día 13 de octubre de 1492, cuando los habitantes de la isla que los recién llegados habían llamado San Salvador se hicieron a la mar para acercarse a los navíos de los españoles y continuar el intercambio iniciado el día anterior. Esta acción dio lugar a que Colón elaborara la primera relación conocida hecha por europeos sobre las embarcaciones utilizadas por los nativos del Nuevo Mundo. La versión que presentamos aquí pertenece a Hernando Colón, hijo del Almirante, y se encuentra en su obra Vida del Almirante Don Cristóbal Colón, para la que recurrió a los documentos elaborados por su padre, como su diario de viaje, al parecerla fuente principal de información para Hernando en el caso del extracto que se presenta aquí.

El segundo documento en cuestión se refiere a la que, para algunos estudiosos, representa la primera relación sobre una embarcación maya, con la que el almirante se encontró durante el transcurso de su cuarto viaje cerca de la costa de Honduras en 1502. La descripción que presentamos pertenece a fray Bartolomé de las Casas, quien se basa en la obra de Hernando Colón antes mencionada. Es posible que en lo esencial también esté apoyada en documentos del Almirante, si bien debe señalarse que Hernando acompañaba a su padre en dicho viaje, aunque en el momento del encuentro con la canoa apenas contaba con 14 años de edad.

 

Las primeras canoas

Al día siguiente, que fue 13 de octubre, de mañana, bajaron muchos de ellos a la playa; y con sus barquillas, llamadas canoas, venían a los navíos. Las cuales canoas eran de una sola pieza, hechas del tronco de un árbol excavado como artesa. Las mayores eran tan grandes que cabían en ellas de cuarenta a cuarenta y cinco personas; y de las menores las había de todas clases, hasta algunas tan chicas que no llevaban más que una persona. Bogaban con una pala semejante a las palas de los hornos, o a aquellas con las que se espada el cáñamo. Verdad es que los remos no se ajustaban sobre el borde de los costados de la barca, como hacemos nosotros, sino que los meten en el agua, y empujan hacia atrás, como los zapadores. Estas canoas son tan ligeras y hechas con tal artificio que si se vuelcan, los indios, echándose al mar en seguida, y nadando, las enderezan y sacan el agua, sacudiéndolas como hace el tejedor cuando voltea la canilla de un lado a otro; y cuando ya está vacía más de la mitad, sacan el agua que queda con calabazas secas, que para tal efecto llevan partidas por la mitad en dos pedazos.

 

Tomado de Hernando Colón, Vida del Almirante Don Cristóbal Colón, FCE, México, 1984, capítulo XXTV, pp. 92-93.

 

Colón, Hernando, “Colón y los navegantes del Nuevo Mundo”, Arqueología Mexicana núm. 33, pp. 54-55.

 

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