• martes, 24 de abril de 2018

Cosmogonía. Un universo eterno

Los mayas, como muchos otros pueblos, concibieron al universo como un orden decidido por los dioses, y ante la interrogancia de la temporalidad. Concibieron el tiempo como el dinamismo de la realidad espacial, como el cambio cósmico producido, en esencia, por el movimiento de un ser sagrado que fue el eje de su cosmovisión y de su concepción sobre el sitio del hombre en el universo: el Sol (k’in, palabra que también significa día y tiempo).

El tránsito del Sol fue captado como un movimiento circular alrededor de la Tierra, que determina los cambios que en ella ocurren (día y noche, las estaciones, fertilidad y sequía, frío y calor, etc.); por eso, el tiempo se concibió como movimiento cíclico. La temporalidad, entonces, no fue para los mayas un concepto abstracto, sino el evidente y eterno dinamismo del espacio, que da a los seres cuate sobre su origen, crearon el mito cosmogónico, como una historia sagrada, como el relato del primer acontecimiento que tuvo lugar en un “tiempo estático” primordial –valga la paradoja– y cuyos principales protagonistas son los seres sagrados. Esta narración, sea oral o escrita, no se da en un lenguaje común, conceptual, sino en un lenguaje simbólico porque expresa una realidad percibida intuitivamente, una vivencia esencialmente emocional y valorativa del mundo, que sólo se puede comunicar a través de imágenes simbólicas. El mito cosmogónico no sólo explica cómo se inició todo, sino también por qué el hombre y los demás seres son como son y por qué siguen determinado comportamiento. Para los creyentes, esa explicación no es una fábula ni una ficción, sino una historia verdadera que constituye la guía, la tradición, la pauta del comportamiento del hombre en el mundo. Por eso es una historia viva, siempre actual.

Los mitos cosmogónicos de los mayas antiguos fueron escritos en sus monumentos y códices, y después fueron recogidos en libros que ellos mismos escribieron en la época colonial, empleando sus lenguas y los caracteres latinos aprendidos de los frailes españoles, y más tarde, se transmitieron por medio de la tradición oral, de tal modo que existen todavía en las comunidades mayances. El más completo y estructurado mito del origen del cosmos se halla en el Popol Vuh, libro sagrado de los quichés de Guatemala, trasladado a la escritura latina alrededor de 1550 d.C. Pero también lo encontramos en el Memorial de Sololá  de los cakchiqueles y en los Libros de Chilam Balam  de los mayas yucatecos. Este mito expresa la misma idea básica que hallamos en el mito de los nahuas, quienes llegaron al área maya en el periodo Posclásico.

A grandes rasgos, la cosmogonía maya habla de una sucesión de ciclos o eras cósmicas, determinadas por los dioses creadores, según el orden de la temporalidad cíclica. En este proceso, aparecen progresivamente, a partir de un agua primigenia estática, donde todo estaba confundido (caos), los otros elementos, los animales, las plantas y los astros, mientras que el hombre, como parte central del proceso, sufre una evolución cualitativa en espiral, que lo lleva a constituirse en el ser que los dioses necesitan para subsistir. Es decir, el cosmos se crea para que exista un ser consciente que pueda venerar y alimentar a los dioses (por eso esta cosmogonía es antropocéntrica), y en las distintas eras cósmicas, los dioses, además de necesitar alimento para subsistir, se equivocan al crear diferentes hombres que no cumplieron con la finalidad de los creadores, por  lo que éstos los destruyen mediante diluvios. Los primeros fueron de barro, los segundos de madera, y finalmente, se halló la materia que generaría la capacidad consciente, el maíz, que fue mezclado con sangre de las propias deidades para formar a los nuevos hombres. Una vez que se hubieron reproducido y formado tribus, salió el Sol (al lado de la Luna), y cuando lo alimentaron con sangre, inició su movimiento, y con él, comenzó el tiempo ordenado del cosmos. Los hombres de maíz, que veneran y alimentan a los dioses, incluso con su propia sangre, son los del mundo actual. Esta tercera época que, siguiendo la inexorable ley cíclica, terminará con un nuevo diluvio, corresponde a la quinta del mito náhuatl, el llamado Quinto Sol, que terminará con terremotos y hambre. Así, esta concepción cosmogónica implica una serie infinita  de mundos.

Los mayas coloniales no registraron fechas exactas de estos acontecimientos, pero epigrafistas actuales como Linda Schele y David Freidel (1993), con el gran apoyo del Popol Vuh, realizaron lecturas de tres textos de la ciudad de Cobá, Quintana Roo, en los que se asienta que el mundo o era actual fue creado en 13.0.0.0.0, el día 4 ahau, 8 cumkú, que en nuestro calendario corresponde al 13 de agosto de 3114 a.C., fecha que funcionó como “fecha era” en las inscripciones mayas. Se halló la misma fecha en la Estela C de Quiriguá, Guatemala, y en el tablero del Templo de la Cruz de Palenque, Chiapas, entre otras obras. Estos textos confirman que se tienen registros de la cosmogonía maya desde el periodo Clásico.

 

Tomado de Mercedes de la Garza C., “El universo temporal en el pensamiento maya”, Arqueología Mexicananúm. 103, pp. 38-44.

 

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