• domingo, 20 de mayo de 2018

Del tzompantli al Templo Mayor. Reutilización de cráneos en el recinto sagrado de Tenochtitlan

Ximena Chávez Balderas, Lorena Vázquez Vallin

El Huei Tzompantli de Tenochtitlan fue central para las prácticas sacrificiales mexicas. Además de exhibir las cabezas de las víctimas, los sacerdotes se abastecían de cráneos procedentes de esta estructura, con el fin de reutilizarlos en otras ceremonias. La evidencia arqueológica sugiere que las torres adosadas a esta palizada fueron el lugar donde se almacenaba la mayoría de los cráneos.

 

Los tzompantlis donde se exhibían los cráneos de las víctimas sacrificiales se modificaban constantemente. Así lo asegura fray Diego Durán, quien al referirse a las cabezas humanas narra que “cuando la palizada se envejecía la tornaban a renovar y que al quitar se quebraban muchas y otras quitaban para que cupiese más y para que hubiese lugar para los que adelante habrían de matar”.

Las exploraciones arqueológicas en el recinto sagrado de Tenochtitlan corroboran esta afirmación. En efecto, numerosos cráneos con perforaciones laterales, completos y fragmentados, han sido recuperados en las ofrendas del Templo Mayor y en los rellenos constructivos. Esto implica que después de su exhibición en el tzompantli algunos fueron transformados en efigies de deidades y otros pudieron ser utilizados como parte de los atavíos de los sacerdotes o de las imágenes, o bien exhibidos en diferentes estructuras del recinto sagrado. En cambio, los fragmentos de los cráneos que se fracturaban al retirarlos de la palizada, junto con los desechos de manufactura, eran depositados en los rellenos constructivos en el marco de rituales de consagración y terminación.

Gracias al hallazgo del Huei Tzompantli de Tenochtitlan, a cargo del Programa de Arqueología Urbana, suponemos que la mayoría de los individuos habrían sido retirados de la palizada para ser colocados en dos torres circulares adosadas a cada extremo de su plataforma. Éstas se componían por hiladas de cráneos sobrepuestos y aglutinados con argamasa. Muchas son las preguntas derivadas de la exploración de esa estructura. ¿Cuántos cráneos se reutilizaban? ¿Cuánto tiempo pasaban en el tzompantli? ¿Cuántos se resguardaron en las torres? A partir del análisis bioarqueológico e histórico, podemos comenzar a esbozar algunas respuestas, que en un futuro serán abordadas por los especialistas involucrados en el análisis directo de los restos óseos.

 

La decapitación ritual
y la preparación de los cráneos del tzompantli

La cabeza era el segmento corporal más importante en los rituales mexicas, pues era el asiento de una de las entidades anímicas que componían el cuerpo humano: el tonalli. Gracias a las pesquisas de Alfredo López Austin sabemos que dicha entidad se relacionaba con el calor, el vigor, el valor y permitía el crecimiento. Era insuflada al niño desde que se encontraba en el vientre materno.

De acuerdo con fray Toribio de Benavente (Motolinía), durante los rituales sacrificiales en Cuauhtitlan las cabezas de las víctimas eran conservadas por los sacerdotes y los cuerpos entregados a los señores y principales. Fray Bartolomé de las Casas retoma esta versión, pero añade que eso se realizaba también en Tlaxcala. Considerando el registro arqueológico, suponemos que algo muy similar pasaba en Tenochtitlan, donde la mayoría de las cabezas se preservaban en el recinto sagrado, en tanto que los cuerpos podían ser llevados a un calpulli o arrojados al remolino de Pantitlan. La evidencia arqueológica sugiere que se les decapitaba mediante la desarticulación de las vértebras cervicales, lo cual consistía en el corte de los discos intervertebrales en dirección anterior-posterior. El cuello se podía desarticular por un mecanismo cortante o corto-contundente.

Las cabezas que permanecían en el corazón de la ciudad recibían diferentes tratamientos póstumos. Algunos individuos eran decapitados después del sacrificio y sus cabezas cercenadas, preservando los tejidos blandos y las vértebras cervicales; luego se inhumaban en las ofrendas, como parte de rituales de consagración del Templo Mayor. A otros se les hacía una perforación basal y eran descarnados. Después de un tiempo se enterraban en las ofrendas –pintados y con aplicaciones que simulaban sus ojos–, representando efigies de deidades. En cambio, en la mayoría de los individuos se practicaban dos perforaciones laterales para exhibirlos en el tzompantli, de donde eran retirados para colocarse en las torres de cráneos o para elaborar imágenes de dioses.

Independientemente de su destino final, los cráneos del tzompantli eran preparados de
la siguiente manera. Después de la decapitación, las cabezas eran desolladas y descarnadas, lo que les daba
el aspecto de calaveras. Evidencia descubierta recientemente
por los investigadores del
Programa de Arqueología Urbana sugiere que algunos
cráneos se colocaban preservando el cuello sin descarnar. Así lo corrobora la presencia del hueso hioides y de
las vértebras cervicales en
relación anatómica. Algunos
cráneos fueron hervidos, lo
cual pudo facilitar su descarne y el vaciado de la masa encefálica.

Los sacerdotes realizaban las perforaciones laterales mediante percusión, con un instrumento de piedra puntiagudo, el cual podía dejar pequeñas fracturas con hundimiento, características del trabajo en hueso fresco. El uso de esa técnica revela que los sacerdotes tenían un conocimiento anatómico profundo que les permitía perforar los cráneos sin generar fracturas que se irradiaran más allá del área deseada. Los pequeños fragmentos óseos resultantes de la percusión lateral no eran desechados, sino que se almacenaban para ser reutilizados en rituales de consagración y terminación, como ha sido corroborado por las pesquisas del Proyecto Templo Mayor en la Plaza Oeste y del Programa de Arqueología Urbana en el juego de pelota.

Una vez descarnados, los cráneos se incorporaban a la palizada, donde algunos resultaban severamente afectados por la exposición al ambiente (intemperismo). En cambio, otros eran retirados de forma expedita para transformarlos en elementos rituales, cuando el hueso aún se encontraba fresco. Algunos de los cráneos colocados en la torre conservaban todavía la mandíbula en conexión anatómica, lo que de igual manera podría sugerir un tiempo de exhibición relativamente corto.

¿Quiénes fueron esas víctimas sacrificiales? Hombres principalmente, aunque destaca la presencia de mujeres y niños. A juzgar por sus perfiles biológicos y por los análisis de isotopía y de ADN realizados en algunos individuos recuperados en las ofrendas del Templo Mayor, suponemos que entre ellos se encontraban esclavos comprados, individuos tributados y guerreros caídos en combate, entre otros.

 

• Ximena Chávez Balderas. Arqueóloga por la ENAH. Maestra en antropología física por la UNAM y la Tulane University. Candidata a doctora por esta última universidad. Bioarqueóloga en el Proyecto Templo Mayor.

• Lorena Vázquez Vallin. Pasante de la licenciatura en arqueología por la ENAH. Jefa de campo del Proyecto Guatemala, 24. Investigadora del Programa de Arqueología Urbana del Museo del Templo Mayor.

 

Chávez Balderas, Ximena, Lorena Vázquez Vallin, “Del tzompantli al Templo Mayor. Reutilización de cráneos en el recinto sagrado de Tenochtitlan”, Arqueología Mexicana núm. 148, pp. 58-63.

 

Texto completo en la edición impresa. Si desea adquirir un ejemplar:

http://raices.com.mx/tienda/revistas-los-tzompantlis-en-mesoamerica-AM148