• sábado, 19 de mayo de 2018

El hilado y el tejido en la época prehispánica

Hilar y tejer son actividades que desde la época prehispánica han estado asociadas a la mujer. Las evidencias sobre la vestimenta y los modos de elaborarla en esa época consisten en instrumentos para formar los hilos, como los malacates de barro o los tzotzopaztlis para acomodar los hilos en el telar. Además, se han encontrado algunos fragmentos de telas hechos con fibras como ixtle y algodón, teñidas con púrpura, grana y añil.

El arduo trabajo de una tejedora prehispánica se refleja en el hecho de que las mujeres generalmente eran enterradas con sus herramientas, de las que sobreviven principalmente malacates, ya que otros enseres, como fibras e indumentaria, desaparecieron por su fragilidad.

Malacate deriva del náhuatl malácatl y significa dar vueltas, girar en sí mismo, y tal es precisamente la función de este instrumento. La mayoría de ellos son de cerámica y también hay de madera, hueso y otros materiales. Se les adornaba con diseños como xicaloliuhqui (greca escalonada), flores de cuatro pétalos, círculos concéntricos, elementos zoomorfos y antropomorfos. Ya que el tejido era una actividad femenina, esos diseños se asociaban con la fertilidad.

Según el tipo de fibras que se hilaban, se utilizaban los malacates adecuados. Los pequeños se usaban para las más cortas y suaves, como algodón, plumas o pelo de conejo, y los grandes y más pesados se utilizaban para fibras largas como el ixtle, aunque cualquier malacate es capaz de hilar hilos de diferente grosor, pero la producción se facilita utilizando el idóneo. Algunos de dimensiones muy pequeñas probablemente tuvieron carácter votivo o ceremonial, pues se colocaban en las manitas de las recién nacidas para iniciarlas simbólicamente en esta labor.

Otras herramientas usadas en el tejido eran los “machetes” o tzotzopaztlis. Se les utilizaba para bajar los hilos en el telar y se elaboraban en madera y algunos también en hueso.

En diversos códices como Nutall, Borgia, Féjérvary-Mayer y Mendocino se han representado herramientas utilizadas en el tejido, entre ellas: husos con malacate, telares, el tzotzopaztli, el mecapal, los enjulios y los hilos.

 

 

El ciclo de vida femenina

 

La relación femenina con los tejidos se advierte en diversas descripciones y mitos. Para los nahuas, desde el principio de los tiempos las tareas de género estuvieron definidas: el hombre labraría la tierra y la mujer hilaría y tejería. En la primera pareja creadora, Oxomoco y Cipactónal, ya se muestran esas tareas diferenciadas, como se menciona en la Teogonía e Historia de los mexicanos por sus pinturas:

 

Luego hicieron un hombre y a una mujer: al hombre le dijeron Uxumuco y a ella Cipactonal. Y mandárosles que labrasen la tierra, y a ella, que hilase y tejiese. […] Y a ella le dieron los dioses ciertos granos de maíz para que con ellos curase y usase de adivinanzas y hechicerías y ansí lo usan hoy día facer las mujeres. Y que de ellos nacerían los macehuales, y que no holgasen, sino que siempre trabajasen (Garibay, 1985, cap. II, p. 25).

 

Desde la infancia se le enseñaba a la niña el arte textil, después del nacimiento era recibida en una ceremonia con instrumentos relacionados con el trabajo femenino: husos, malacates y machetes del telar, que se colocaban en sus manos. “Si era hembra la que se bautizaba, aparejábanla con todas las alhajas mujeriles, que eran aderezos para tejer e hilar, como huso, lanzadera, su petaquilla y vaso para hilar” (Sahagún, 1989, V, II). Este ritual simbolizaba las tareas femeninas más importantes llevadas a cabo durante el transcurso de la vida.

Alrededor de los cuatro años, las niñas se incorporaban cada vez más a las labores de hilar y tejer, al principio observando y jugando con los hilos. Era la madre quien transmitía las enseñanzas para que a los siete años estuvieran preparadas para hilar por sí solas. Cuando las niñas no aprendían bien esta actividad eran castigadas, pues tales trabajos se consideraban dones divinos, y no importaba la jerarquía social: fueran nobles o esclavas, tenían que realizarlos.

A los 14 años las niñas ya sabían tejer, y aproximadamente a los 16 ya dominaban esa labor y estaban entonces listas para el matrimonio.

Al hilar y tejer las mujeres participaban en la sociedad, ya que se vestían ellas mismas, vestían a su familia y cooperaban para el tributo elaborando infinidad de mantas. Si una mujer era estéril, tenía mal carácter o descuidaba los quehaceres femeninos como hilar y tejer, debía ser repudiada.

Las mujeres heredaban siempre tal conocimiento a sus hijas y les proporcionaban pequeños malacates y husos, para que jugaran con ellos y con los hilos, y perpetuaran así la tradición de las abuelas y de muchas generaciones anteriores. Tenían una estrecha relación con sus instrumentos, que incluso se llevaban al fallecer para seguir hilando y tejiendo. La mujeres que morían en el parto iban al lado poniente del universo, el Cihuatlampa, donde, entre otras labores, se dedicaban a hilar.

Al morir, se les enterraba con su mejor atavío y los instrumentos de trabajo que siempre las acompañaron eran la ofrenda. En las excavaciones arqueológicas sólo se han encontrado malacates junto a sus osamentas. Esta costumbre aún puede observarse en algunas comunidades indígenas amuzgas; cuando entierran a una mujer ponen sus instrumentos y atavíos, entre ellos huipiles, blusas, fajas, etc., e incluso con ellas se van los dechados o muestrarios que utilizaron en vida para copiar diseños. Como ocurría con sus abuelas en la época prehispánica, las mujeres nahuas de la Sierra de Puebla y de Veracruz son inhumadas junto con sus hilos.

Tomado de Rosario Ramírez, “El hilado y el tejido en la época prehispánica”, Arqueología Mexicana, Edición especial 55, pp. 68 - 69.

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