• viernes, 21 de julio de 2017.

El juego de pelota en el centro de Veracruz

Annick Daneels

Los elementos tradicionalmente asociados a la cultura del Clásico del centro de Veracruz, como los yugos y las hachas (y en la zona norte también las palmas), la iconografía de la decapitación y las volutas entrelazadas, son parte de un discurso simbólico coherente que se asocia a la práctica de un ritual de juego de pelota propio de la región, enfocado en un culto a la fertilidad terrestre.

 

Las culturas del Golfo, y en particular del centro de Veracruz, son probablemente las que más se han vinculado con el juego de pelota en la arqueología de México. Desde hace casi un siglo, ya se había propuesto la relación entre las esculturas conocidas como “yugos” y “hachas” con el equipo de los jugadores para protegerse y con la iconografía de la decapitación. A ello se añade  que Tajín mantuvo largo tiempo
el récord de ser el sitio con más
canchas en Mesoamérica (se
conocían 17, y ahora 21, al sumarse las definidas recientemente por la técnica de percepción remota), pero fue
destronado por Cantona, Puebla, y sus 27 canchas. Luego, el
hallazgo de las pelotas de hule
en El Manatí, Veracruz, demostró la existencia de la práctica
en el Golfo desde mediados del
segundo milenio a.C. Sin embargo, a pesar de este temprano
reconocimiento y la continuidad de los estudios iconográficos, las investigaciones arqueológicas sobre las canchas
quedaron a la zaga, y sólo repuntaron en las últimas décadas, cuando los estudios de patrón de asentamiento demostraron la ubicación de las canchas en centros de mayor rango y en varios sitios se empezó a excavar. En este artículo se revisarán las aportaciones recientes de los estudios de superficie que señalan al centro de Veracruz como una de las regiones con más canchas en Mesoamérica y lo que ello significa en términos de la organización social del periodo Clásico; además, las excavaciones de las canchas nos ayudan a precisar tanto tipos constructivos como su cronología. Asimismo, se verá cómo el estudio de los contextos en que han aparecido las canchas y las esculturas de piedra y barro obliga  a ampliar las preguntas respecto a la práctica del juego y su impacto en la vida antigua.

 

Los recorridos

Gracias a los recorridos sistemáticos de superficie se han registrado un gran número de canchas, en su gran mayoría del periodo Clásico: hay desde 5 hasta 100 canchas por cada 100 km2 en la zona sur del centro de Veracruz, y cuando menos otras tantas en la zona norte, aunque los datos de los recorridos extensivos aún no se han publicado. Esto significa que se les encuentra cada 2 o 3 km, lo que sugiere que el juego era un acontecimiento popular que formaba parte de la vida diaria de la población. Generalmente había una cancha a menos de media hora a pie o en canoa de donde se vivía. Por otra parte, asistir a un juego debe haber sido una actividad más restringida por la forma de la cancha, que sólo permite espectadores encima de los laterales y en los extremos del área de juego, como lo demostró la investigadora Barbara Stark. Posiblemente sólo asistían los hombres adultos: en el centro de Veracruz no se representan mujeres en la iconografía relacionada con el juego, aunque sí pueden tener entierros con yugos. En cuanto al tamaño de las canchas, llama la atención que algunas sean muy pequeñas, de sólo 15 m de largo (¡la más chica es de 6 m!), con laterales de menos de un metro de alto. Los casos excavados comprueban que éstas tienen todos los elementos arquitectónicos de las canchas más grandes: se excavaron canchas chicas en Tajín, Toxpan y Carrizal en Veracruz, y hace tiempo que se conocen las de Toniná (G5) en Chiapas y de Cantona (el 25 y el 26) en Puebla. Se ha reflexionado sobre si era posible jugar en canchas tan pequeñas o si eran sólo edificios simbólicos.

Las canchas en todo el Centro de Veracruz se asocian a los espacios arquitectónicos más importantes de los sitios: la plaza mayor o las pirámides principales. Es una característica que comparte con algunas regiones, como las tradiciones de Cantona, los patios hundidos del Bajío y Teuchitlán. Esta característica la distingue de otras regiones donde la inserción de las canchas en la traza urbana es mucho más variable, como en la zona maya o la oaxaqueña, donde las canchas pueden estar junto o dentro del palacio, junto a una pirámide, en amplias plazas que se usaron posiblemente para mercado, o en las entradas de los sitios. Además, las canchas sólo se encuentran en sitios de alto rango. Aunque sean pequeños, se trata de sitios que además de plazas con pirámides y canchas tienen palacios, lo cual refleja la multifuncionalidad de centros administrativos mayores. La relación con la jerarquía de mayor rango se refleja también en la parafernalia: yugos, hachas y palmas son de piedra fina, importada, esculpidos por artesanos especializados de acuerdo con normas formales y estilísticas convencionales. La iconografía del ritual de decapitación asociado al juego de pelota sólo ocurre en medios de alto rango social –en edificios principales de sitios grandes–, y se plasma en relieves de piedra, pintura mural o fina cerámica de relieve de difícil elaboración. Por lo tanto, la combinación recurrente de canchas, decapitación, yugos y hachas, así como las típicas volutas alusivas a sangre y agua, conforman un discurso simbólico restringido a ámbitos de la elite. Por ello propusimos que durante los 1 000 años que duró el Clásico en el centro de Veracruz, el ritual del juego de pelota fue parte de una estructura religiosa estatal, que le daba coherencia y estabilidad a la sociedad, a la vez que identidad cultural. Así, el milenario juego de pelota se convirtió a principios de nuestra era en un mecanismo político: mediante la organización de juegos, las elites podían atraer y conservar el favor popular, y el gobernante usó el ritual para legitimar su poder al reservarse la prerrogativa de ejecutar el sacrificio, como representante autorizado y único intermediario ante los dioses. No obstante, la misma abundancia de canchas sugiere que el ritual no se llevó a cabo después de cada partido. Debe haber sido sólo en momentos de crisis, internas o externas, naturales o sociales, que se llevó a cabo el sacrificio humano para restablecer el orden y salvaguardar la comunidad. Por lo común, habrían imperado más los aspectos recreativos y competitivos, si bien siempre insertos en el ámbito sagrado, a la sombra y amparo de la pirámide principal, residencia de lo divino.

La ubicación de las canchas es otro aspecto de interés, ya que permite evaluar la organización de los territorios: centralizada, si la cancha está sólo en la capital, descentralizada (o segmentaria) si hay más sitios con canchas en el resto del territorio. En los pequeños estados centralizados, a veces puede haber sitios pequeños y escasa población, ubicados en las fronteras de los territorios, que cuentan con cancha; no son raras las veces en que un sitio similar aparece al otro lado de la frontera. Se propone que éstos hayan servido como arenas para la resolución de conflictos entre territorios vecinos. En los estados organizados de forma segmentaria, llama la atención que los asentamientos más pequeños se hallen en el entorno directo de los centros menores con cancha, formando así pequeños territorios (segmentos) dentro del territorio grande. Por su parte, la capital tendrá muchas veces varias canchas: ¿para servir de sede a juegos entre los equipos de sus centros subordinados? Según esta interpretación, los sitios con muchas canchas de pelota, como Tajín o Cantona, serían capitales de grandes estados segmentarios. Tal propuesta no satisface a todos los investigadores, pero amerita su discusión.

En la parte sur del centro de Veracruz, las canchas se insertan en una traza urbana tan repetitiva que se le ha llamado “plano estándar”. Aquí la plaza mayor del sitio, de contorno cuadrado, está delimitada por un lado por la pirámide principal, y por el otro, en el mismo eje, por la cancha. Su orientación es variable, pero cada región parece tener preferencias (norte-sur en la cuenca baja del Cotaxtla, este-oeste en la de Antigua, oeste-este en la Mixtequilla). Se llegó a identificar este plano estándar en un área que llega hasta las faldas del Eje Neovolcánico, por los ríos Antigua, Jamapa y Blanco, y hasta la mitad norte de la Sierra de los Tuxtlas, en sitios donde también se localizaron yugos y figurillas sonrientes o cerámica con iconografía propia del centro de Veracruz. La mayoría de las canchas de esta región son de arquitectura de tierra y no han sido excavadas, pero por su posición recurrente en la traza del sitio, su función es la misma, comprobada por las excavaciones en planos estándar construidos de piedra, como Carrizalito y Toxpan, o por sondeos, en Tajín (el 46-47 al centro del recinto megalítico de la Gran Xicalcoliuhqui). En el caso de Tajín y de los sitios en la cuenca del Tecolutla, las trazas más comunes son algo distintas: las canchas están a un lado de la plaza, o directamente asociadas a la pirámide, que funciona entonces como su cabezal o como su lateral. En la cuenca del Nautla, en sitios como Xiutetelco, Cuajilote y Paxil, se presenta otra variante, pues a diferencia del resto del centro de Veracruz, las plazas son alargadas, no cuadradas, y las canchas están en eje (como en el sur) o a un lado de la plaza o de la pirámide (como en la cuenca del Tecolutla). Un caso recientemente publicado es Los Ídolos, que tiene cuando menos seis canchas, de las cuales una es doble con 13 esculturas en forma de grandes esferas de piedra, al parecer asociada a la plataforma elevada al sur del sitio (tal vez el palacio).

Otro aspecto interesante es que en las mismas trazas existen dos tipos de cancha: la más común es angosta (de proporción 1/5 a 1/6), pero hay otra ancha (proporción de 1/3 o menos). Esto sugiere que puede haberse jugado de dos formas distintas, tal vez con equipos de distinto tamaño o según reglas diferentes. En el caso de Tajín, sabemos que las canchas angostas también tienen relieves en los extremos y que los centros de las banquetas sirven de marcadores para delimitar la cancha en dos mitades, pero no sabemos si estaban también presentes en canchas anchas, que no han sido excavadas. A ello hay que añadir que ninguna cancha del Clásico en el centro de Veracruz tiene aro: esto parece haber sido un invento del Clásico Tardío en alguna región del sur, ya que los ejemplares más antiguos son de la zona maya, de Morelos y de Guerrero. Los aros sólo llegarán al Golfo con los grupos inmigrantes del Posclásico, como los totonacos de Vega de la Peña, Vega de Aparicio, Quiahuiztlan y Zempoala. Esto lleva a pensar que hubo varias formas de realizar el juego de cadera con pelota de hule. Sería necesario investigar cómo fue posible esto en el mismo esquema ritual que sugieren la similitud en el centro de Veracruz en la forma de inserción en las trazas urbanas, la parafernalia y la iconografía de la decapitación.

 

Annick Daneels. Doctora en arqueología por la Universidad de Gante y en antropología por la UNAM. Investigadora del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM. Dirige desde 1981 un proyecto arqueológico en el centro de Veracruz. Se especializa en el papel del ritual del juego de pelota en el desarrollo de la cultura del centro de Veracruz, y su impacto en el resto de Mesoamérica durante el Clásico.

 

Daneels, Annick, “El juego de pelota en el centro de Veracruz”, Arqueología Mexicana núm. 146, pp. 40-45.

 

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