• domingo, 21 de enero de 2018

El motín del 8 de junio de 1692. Entre meteorología, granos y política

Thomas Calvo

 En junio de 1691, en el momento más frío y húmedo de la Pequeña Edad de Hielo, una serie de lluvias, junto con una plaga de chahuistle, acabaron con las cosechas de trigo en Nueva España. Muchos de los consumidores de pan de la ciudad de México recurrieron entonces al maíz, que alcanzó en la primera mitad de 1692 precios inauditos. Es parte del mecanismo que conduce a la breve pero violenta conmoción del 8 de junio. Las otras explicaciones se encuentran en una gestión poco atinada de la crisis por parte del virrey. La reflexión trata de entrelazar el conjunto.

 

Siguiendo mis ya viejos recuerdos, la primera vez que el gobierno francés se atrevió a subir el precio del pan en tiempos electorales fue por 1950: es decir que hasta hace poco, ese alimento, su consumo, su costo, los mitos que lo rodeaban, eran vitales, capaces de convulsionar a un pueblo, e incluso de poner en peligro la estabilidad de un Estado. Es alrededor de ese planteamiento que quiero reflexionar, tomando como marcos de referencia los años de 1690, sobre el trigo y el maíz en Nueva España. Y ya que he ampliado mi propósito, empiezo por un paralelo algo provocativo: el 14 de julio de 1789, fecha de la toma de la Bastilla, el precio del pan en París conoció su más alto nivel de todo el siglo. Se podría apostar que el del maíz, aquel 8 de junio de 1692 en la ciudad de México, no tuvo parangón alguno a lo largo de la época colonial. Es cierto: fue una revolución por un lado, pero que empezó como revuelta; y un motín por el otro, pero anunciador de las huestes de Hidalgo en 1810. A cada uno su dieta, sus sobresaltos y sus significados. Pero todo se debe enmarcar en un mismo ambiente global, en primer lugar climático.

 

Los años de 1690: el desplome dentro de la Pequeña Edad de Hielo

La atención ha sido atraída sobre dos cuadros que pintó Brueghel el Viejo en 1565: en el verano escenificó La siega del heno, con colores cálidos, actividad campestre, abundancia de flores y productos agrícolas. En el invierno observó El regreso de los cazadores, con tonos fríos, blancos y negros, únicamente se oye el crujir de la nieve bajo los pasos, y a lo lejos la algarabía de los citadinos que juegan en el hielo. Entre esas dos obras se ha introducido, simbólicamente y como gran actor histórico, la Pequeña Edad de Hielo. Es un protagonista visualmente atractivo, que la pintura holandesa seguirá retratando a lo largo del seiscientos, como Brueghel el Joven, con La trampa para pájaros. Es también una personalidad longeva, aún con su epíteto de “pequeña”: se consolida en tiempos de Brueghel el Viejo, fenece después de 1850, con el triunfo de la luz en el arte, y el impresionismo.

Esa Pequeña Edad de Hielo conoció su mayor fuerza durante la segunda mitad del XVII, con el mínimo de temperaturas de Maunder (1645-1715). El frío y la humedad fueron particularmente agudos a finales del siglo. Así lo refiere el historiador Emmanuel Le Roy Ladurie: “alrededor de 1690, primaveras, veranos, otoños, inviernos medidos con los termómetros ya válidos de esa época, son más fríos, de cerca de 1° Celsius, de lo que jamás serán a lo largo de dos siglos y medio de observaciones regulares que seguirán”. Le Roy Ladurie piensa desde Francia. Pero las manchas de sol, en parte responsables de esas circunstancias y particularmente presentes durante el mínimo de Maunder, actuaron a nivel planetario, en India, China, Europa y América, dejando un rastro de sufrimientos, carestías, hambrunas, revueltas y miserias. En Nueva España, según testimonió entonces Carlos de Sigüenza y Góngora: el 9 de junio de 1691, y días siguientes, “hubo una formidable tempestad de granizo y agua”, se anegaron montes y tierras, se ahogaron ganados y personas, “perdióse el trigo que estaba en las trojes de los molinos y en cantidad muy considerable”. La situación empeoró a mediados de julio: se paralizó el transporte, “el pan no se sazonaba por la mucha agua y consiguiente frío”. Sobre todo la humedad trajo otro flagelo: “al trigo que ya por el color se juzgaba hecho, se le hallaron vanas las espigas y sin grano alguno; reconociéndose sin mucho examen ser el chahuixtle la causa dello, lo que allá los labradores españoles llaman pulgón”.

Desde junio-agosto de 1691 se empieza a tejer la tela de una crisis que todavía se va definiendo: de origen meteorológico, se suman a ella complicaciones agrícolas como malas cosechas y plagas, además de económicas, tratándose de penuria de transportes, paro de molinos y desabasto de los mercados. Faltan aún los elementos directamente ligados a lo humano, es decir sociales y políticos: la escasez, la carestía, la hambruna, los tumultos. No tardarán en llegar.

 

Thomas Calvo. Catedrático emérito de la Universidad de París Oeste, profesor-investigador de El Colegio de Michoacán. Estudia la monarquía hispana, en sus mecanismos político-culturales de funcionamiento, a lo largo del tiempo y el espacio. En el corazón de ese ente se encuentra precisamente la coyuntura de los años 1690-1700.

 

Calvo, Thomas, “El motín del 8 de junio de 1692. Entre meteorología, granos y política”, Arqueología Mexicana núm. 149, pp. 58-63.

 

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