• jueves, 20 de julio de 2017.

El sacrificio y las guerras floridas

Ross Hassig

Los prisioneros tomados en las guerras floridas eran ofrecidos a Huitzilopochtli. Aunque se les ha atribuido mayor importancia de la que realmente tuvieron, tanto esas guerras floridas como los sacrificios asociados a ellas fueron parte de una estrategia política imperial que arrojaba beneficios concretos a quienes las llevaban a cabo.

 

Según descripción de fray Diego Durán, los prisioneros de las guerras rituales o guerras floridas (xochiyaóyotl) eran conducidos al Templo Mayor y, al llegar a la parte más alta, eran tomados por los sacerdotes, quienes los colocaban sobre la piedra de sacrificios para extraerles el corazón, que ofrendaban a Huitzilopochtli. Los cuerpos de los prisioneros eran lanzados por las escaleras, y sus captores los recogían y se los comían como parte del ritual.
La idea de numerosos sacrificios humanos y ritos de guerra entre los aztecas ha estado presente en la imaginería popular. Sin embargo, las interpretaciones de las guerras floridas realizadas en nuestros días son exageradas, pues parten apenas de unas cuantas descripciones históricas, por lo que hay razones para dudar de ellas. Los cautivos de las guerras floridas sólo participaban en algunos ritos aztecas. No participaron, por ejemplo, en la ceremonia más fastuosa y conocida: la nueva dedicación del Templo Mayor (l487). en la que se sacrificaron entre 10 000 y 80 400 personas. Los prisioneros de las guerras floridas representaron sólo una pequeña parte entre los sacrificados por los aztecas y de ninguna manera un número excepcional.

 

Interpretaciones sobre las guerras floridas

Entonces, ¿qué eran las guerras floridas y cuál fue su verdadera importancia? El ritual de las guerras floridas -tal y como se le ha reconstruido generalmente- daba inicio en un tiempo y lugar acordado previamente por los contrincantes. Se llevaba a cabo en un espacio sagrado, que los contendientes desalojaban para tal efecto, llamado cuauhtlalli, "territorio del águila", o yaotlallí, "territorio enemigo"; la señal para que comenzara la batalla era la quema de una gran pira de papel e incienso. Aunque en las guerras algunos guerreros resultaban heridos y otros morían, el propósito fundamental no era éste, sino el de tomar prisioneros. Cuando ambos contingentes cumplían su cometido regresaban a sus lugares de origen y sacrificaban a los cautivos. En suma, las guerras floridas fueron batallas fuertemente reguladas, casi simuladas, cuya finalidad era conseguir víctimas para el sacrificio. En favor de esta interpretación se encuentra el hecho de que Moctezuma Xocoyotzin, quien gobernó de 1502 a 1520, no realizó la conquista de Tlaxcala, su oponente en guerras floridas, pues necesitaba de un lugar cercano para que los jóvenes pudieran ejercer sus habilidades marciales y tomar cautivos para el sacrificio. Esta explicación ha influido notoriamente en interpretaciones subsecuentes y, con frecuencia, se ha supuesto que la utilidad ritual de las guerras floridas era determinante para los aztecas, de manera que muchos de sus objetivos y comportamientos se analizan bajo este punto de vista.

Esta interpretación sobre las guerras floridas ha servido también para dar cuenta de la relativa facilidad con la que unas cuantas centenas de españoles derrotaron a cientos de miles de aztecas: si éstos sólo participaban en guerras rituales para obtener prisioneros, entonces estaban mal preparados para emprender verdaderas batallas y enfrentarse a otros ejércitos, por pequeños que fueran, en combates a muerte.

Asimismo, esta interpretación se ha aplicado al Teocalli de la Guerra Sagrada, uno de los más hermosos monumentos aztecas, el cual se encuentra en el Museo Nacional de Antropología. En los cuatro lados del monumento aparece repetidamente el glifo alusivo a la guerra: atltlachinolli, "agua y tierra quemada"; además, la pieza está cubierta por representaciones de dioses, glifos calendáricos y objetos que se asocian a escenas de sacrificio. Así, se le ha interpretado como la glorificación de una guerra ritual emprendida con fines sacrificiales, lo que resulta lógico por la importancia concedida a las guerras floridas.

Pero si se cuestiona la importancia de las guerras floridas, ¿qué sucede con el resto de las interpretaciones? Si los glifos del Teocalli no son considerados como elementos de carácter ritual, entonces ya no parecen agua y tierra quemada entrelazados (atl-tlachino- lli) que, si bien significan guerra, no es precisamente guerra sagrada. Se trata más bien de los glifos entrelazados de fuego, tletl, y agua, atl; es decir, tléatl, nombre metafórico de Tenochtitlan que proviene de la imagen del manantial que la ciudad tuvo en el centro cuando fue fundada. De acuerdo con esta interpretación, que no es de carácter ritual, el Teocalli de la Guerra Sagrada no representa la celebración de la guerra florida; se trata más bien de una alabanza a Tenochtitlan y a los aztecas.

Tratar de explicar la conquista española basándose en una concepción ritual de la guerra también muestra inconvenientes, pues pasa por alto que en muchos casos los aztecas lucharon solamente para conquistar, en batallas en las que -por órdenes reales- no debían tomarse prisioneros, y que durante la Conquista hubo violentas batallas. ¿Cómo interpretar, entonces, el testimonio sobre Moctezuma y Tlaxcala? Las dificultades lingüísticas, los malentendidos culturales y los desatinos de la memoria de quienes repitieron sus palabras años más tarde provocarían la duda de la fidelidad de la fuente. Independientemente de su importancia simbólica, cualquiera que ésta haya sido, ver a las guerras floridas en un periodo histórico más amplio nos ayudará a aclarar el papel y significado que tuvieron.

 

Ross Hassig. Doctor por la Universidad de Stanford. Se ha en cultura azteca y etnohistoria colonial de México. Ha publicado, entre otros títulos, Aztec Warfare: Imperial Expansion and Political Control (1988), War and Society  in Ancient Mesoamerica (1992) y Mexico and the Spanish Conquest (1994).

 

Hassig, Ross, “El sacrificio y las guerras floridas”, Arqueología Mexicana núm. 63, pp. 46-51.

 

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