• lunes, 21 de mayo de 2018

El saqueo arqueológico

Francisco González Rul

 

El saqueo es uno de los principales enemigos del arqueólogo, ya que le impide conocer el contexto real de los materiales culturales que busca investigar. La curiosidad y codicia que suelen despertar los ricos objetos de las ofrendas funerarias con las que se suele dotar a los difuntos en su viaje "al más allá" son un hecho histórico. Todas las culturas antiguas compartían la creencia de que el cuerpo del difunto debería estar acompañado tanto de los objetos que solía apreciar más como de los servicios que habría de requerir en su nueva dimensión, ya fuesen alimentos para el largo viaje o los sirvientes o acompañantes que fueran menester, para que no careciera de nada de lo que poseía en vida. Es por ello que, a mayor rango social del difunto, mayor era la calidad y cantidad de la ofrenda anexa. A pesar de que se puede considerar al faraón Tutankamón como una figura insignificante en la historia egipcia, es bien conocida la riqueza de la ofrenda funeral del personaje, y ello nos lleva a reflexionar sobre la magnificencia del ajuar funeral de un Ramsés II.

Desgraciadamente, ya desde tiempos muy remotos habían sido saqueadas casi todas las tumbas reales y los tesoros robados, en especial los constituidos por metales preciosos, y sólo quedaron como mudos testigos los magníficos frescos de sus paredes. La riqueza de las ofrendas funerarias y el valor de los objetos de oro en ellas contenidas eran conocidos de antiguo, pero los descubrimientos de Howard Carter, en los años veinte, exacerbaron la codicia y curiosidad, sobre todo en un público muy amplio, ajeno por completo al que tradicionalmente había fomentado el saqueo de tumbas antiguas. Algunas personas con sensibilidad artística apreciaban las finas piezas de cerámica, jade o porcelana de la antigua Grecia o la lejana China, así como los mármoles de la antigüedad grecolatina, y poco a poco fueron haciendo colecciones para decorar sus palacios. En su afán por acrecentar sus "tesoros", no vacilaban en fomentar el saqueo de tumbas, como las de Tarquinia, o la búsqueda de estatuas, en sitios como templos o estadios antiguos. Con el tiempo, algunas de esas colecciones privadas llegaron a formar parte de los actuales grandes museos -desde luego, ahora ya no son para el gozo particular de un personaje regio, sino para todo el público visitante- y se han convertido realmente en patrimonio de toda la humanidad: sin embargo, el afán por coleccionar sigue causando grandes daños  al patrimonio arqueológico, ya que el coleccionista no se detiene a pensar en el daño que causa a la investigación por el deseo de poseer una bella vasija; y eso sí, creemos que el coleccionista es una persona de buena fe que sólo pretende poseer y gozar una bella pieza, sin considerar su valor material.

Desafortunadamente, el afán de los coleccionistas por poseer objetos bellos es la causa de que personas ambiciosas sin escrúpulos los estafen con falsificaciones o fomenten el saqueo de sitios arqueológicos por campesinos pobres, que en esa actividad encuentran un complemento a su precaria economía.

 

Francisco González Rul. Arqueólogo. Investigador en la Dirección de Salvamento Arqueológico en la ciudad de México .

 

González Rul, Francisco, “El saqueo arqueológico”, Arqueología Mexicana 21, pp. 30-31.

 

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