• sábado, 19 de mayo de 2018

Estudios de ADN y el origen de los olmecas

Enrique Villamar Becerril

 

Creadores de una cultura en la que dejaron original despliegue de creatividad y talento prodigiosos, la primera interpretación relativa a los olmecas abordó su posible origen étnico, a partir de su manifestación pétrea más distintiva: una cabeza colosal, el Monumento A de Tres Zapotes, según su clasificación posterior.

La propuesta se remonta a 1871 cuando, irónicamente, la olmeca no figuraba en el panorama de las culturas arqueológicas de México. Durante un recorrido por Veracruz, José Melgar, interesado en las antigüedades, se enteró del hallazgo fortuito de una enorme escultura de piedra por campesinos en una hacienda de Hueyapan, hoy Tres Zapotes. Sin precedente de pieza similar en el entonces corpus de escultura prehispánica, José Melgar contempló una insólita, sorprendente y enigmática demostración de la inagotable riqueza cultural que aguardaba en suelo mexicano. Los hábiles artesanos detallaron la fisonomía racial del rostro esculpido en la piedra, consideró Melgar. En ello vio prueba fehaciente de contactos transoceánicos, mucho antes de Colón, que derivaron en la presencia de individuos de raza negra en América. Con los años, la idea del origen africano de los olmecas perdura en el pensamiento de muchas personas, pues los mismos rasgos faciales causantes del asombro de Melgar terminaron por ser la constante en los monumentos olmecas. Faltaba saber qué información podían brindar los restos óseos.

En las investigaciones del Proyecto Arqueológico San Lorenzo Tenochtitlán en los sitios de San Lorenzo y Loma del Zapote se localizaron varios entierros humanos del periodo olmeca. La consistencia ósea en dos de ellos permitió realizar con éxito el estudio de su ADN mitocondrial, como parte de una investigación que plantea el análisis comparativo de la información genética de los olmecas con la obtenida de sujetos de otras sociedades mesoamericanas, bajo la asesoría de los especialistas María de Lourdes Muñoz Moreno y Miguel Moreno Galeana, del Cinvestav.

En las células de nuestro cuerpo existen dos tipos de ADN. El nuclear, representado por los cromosomas, y el mitocondrial. Las mitocondrias son pequeños organelos externos al núcleo, encargadas de producir la energía requerida por el metabolismo celular. El ADN mitocondrial (ADNMT), contrario al nuclear, es heredado sólo por vía materna a hijos e hijas, y han sido ellas las únicas en transmitirlo durante toda la historia de la humanidad. Por ende, los linajes mitocondriales, denominados haplogrupos dado su origen uniparental (materno), son tan ancestrales que trascienden las fronteras geográficas, culturales y temporales. Esa propiedad del ADNMT ofrece a la antropología un medio para rastrear el devenir histórico de poblaciones contemporáneas y también pretéritas. Gracias a ello se conoce el repertorio de linajes maternos a escala global, su distribución geográfico-temporal, y por añadidura los linajes originarios de cada continente.

 

Enrique Villamar Becerril. Antropólogo físico por la ENAH. Candidato a doctor en estudios mesoamericanos (UNAM), con un análisis de ADNMT en restos óseos de varios sitios del periodo Preclásico.

 

Villamar Becerril, Enrique, “Estudios de ADN y el origen de los olmecas”, Arqueología Mexicana núm. 150, pp. 40-41.

 

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