• sábado, 25 de noviembre de 2017

La jadeíta y la cosmovisión de los olmecas

Karla Taube

Los olmecas se distinguieron como expertos talladores de jade en cuentas, figurillas y hachas, estas últimas estrechamente relacionadas con el simbolismo del maíz y la fertilidad agrícola. Esta importancia simbólica –como en el caso de las hachas finamente labradas en Europa durante el neolítico– deriva en parte del hecho de que se usaran para desbrozar la maleza y preparar los terrenos para el cultivo.

 

Un rasgo distintivo de los olmecas fue su gran aprecio por el jade, que trabajaron con un grado notable de destreza y perfección. A pesar de ser una piedra muy dura y densa, el jade fue labrado y pulido por los olmecas hasta adquirir el brillo de un espejo. El jade preferido por los olmecas, y por todos los pueblos mesoamericanos posteriores, no fue el jade nefrita de los antiguos chinos, sino la jadeíta. La jadeíta, comparada con el jade nefrita, es mucho más dura y con tonos más variados y brillantes que incluyen el verde esmeralda brillante, el amarillo e incluso el morado. Tal vez el jade más apreciado por los olmecas fue el verde esmeralda translúcido, piedra que los aztecas posteriormente llamaron quetzalitzli, término que se refiere tanto a su semejanza en color con las plumas de quetzal como a su transparencia semejante a la de la obsidiana, itzli. También gustaban particularmente de la jadeíta verde mar o azul turquesa, que con frecuencia ahuecaban o labraban hasta obtener puntas y bordes para que fuera aún más transparente. Aunque el debate acerca del origen del jade ha dado lugar a las más diversas especulaciones y discusiones, reconocimientos en campo recientes han mostrado que el origen del material se encuentra en la parte central de la región del valle de Motagua, en el oriente de Guatemala. Hasta donde conocemos, esa región sigue siendo la única fuente de jadeíta en Mesoamérica.

 

Hachas de jade

Las excavaciones dirigidas por los arqueólogos Ponciano Ortiz y María del Carmen Rodríguez en el manantial de El Manatí, Veracruz, han mostrado que el jade se encuentra en la región olmeca en fechas tan tempranas como 1500 a.C. Ahí se localizaron, en el contexto de la fase olmeca Ojochi, hachas bellamente labradas y un collar con cuentas de jade translúcido azul verdoso. Aunque objetos presuntamente hechos de jade se representaron como joyería en monumentos olmecas tempranos de San Lorenzo (ca. 1150-900 a.C.), el jade es escaso en este sitio. El jade finamente trabajado no aparece en abundancia sino hasta el Preclásico Medio, en el sitio olmeca de La Venta (ca. 900-500 a.C.). Una de las formas más comunes del trabajo en jade son las hachas con forma de pétalos; es decir, elegantes hachas que parecen pétalos de flores por su diseño, con el filo en el lado más ancho. Es verosímil que estas hachas de jade pulido fueran la forma usual para comerciar e intercambiar el jade; así podían verse el color, las fisuras y otras marcas en la superficie pulida y también podía apreciarse de inmediato su transparencia en los delgados bordes de las navajas. A partir de estas hachas se podían labrar estatuas y joyas, incluidos pendientes ahuecados con forma de concha o las curiosas “cucharas” olmecas, que se hacían cortando sobre el eje longitudinal de las hachas. Este trabajo de lapidaria fue extremadamente laborioso y es evidente que el valor de las piezas derivaba en gran medida de la habilidad y esfuerzo invertidos en su elaboración.

Entre los olmecas, las hachas de jade estuvieron estrechamente relacionadas con el simbolismo del maíz y la fertilidad agrícola. Esta importancia simbólica, como en el caso de las hachas finamente labradas en Europa durante el Neolítico, deriva en parte del hecho de que se usaran para desbrozar la maleza y preparar los terrenos para el cultivo. Mientras que en la antigua Europa se cultivaba trigo y cebada, el principal cultivo de los los olmecas del Preclásico Medio fue el maíz, planta cuya mazorca se asemeja a la forma y el color de las hachas de jade. Un grupo de hachas de jade con incisiones, atribuidas al sitio olmeca de Arroyo Pesquero, muestra imágenes del dios olmeca del maíz; si bien esta deidad tiene muchas formas, el dios olmeca como maíz maduro normalmente muestra una hendidura en la cabeza de la que surge una mazorca. Toda la cabeza del dios del maíz simboliza una grano de maíz con la mazorca surgiendo del centro de la planta verde. En un gran número de hachas incisas, el dios olmeca del maíz aparece rodeado por cuatro mazorcas en forma de hacha en las orillas. Como ya lo ha señalado Frank Kent Reilly, esta composición recrea el cosmograma olmeca formado por una barra y cuatro puntos; el dios del maíz constituye la barra central vertical, como eje del axis mundi. El dios olmeca del maíz al centro de un cosmograma de cuatro esquinas se relaciona tal vez con la muy difundida metáfora del mundo creado y ordenado a la manera de una milpa con cuatro lados.

 

Taube, Karla, “La jadeíta y la cosmovisión de los olmecas”, Arqueología Mexicana núm. 87, pp. 43-48.

 

Karl A. Taube. Doctor en antropología por la Universidad de Yale. Profesor de antropología en la Universidad de California en Riverside. Es autor de varios libros y artículos sobre el arte y la religión de la antigua Mesoamérica. Actualmente es iconógrafo del Proyecto San Bartolo.

 

Texto completo en la edición impresa. Si desea adquirir un ejemplar: http://raices.com.mx/tienda/revistas-cultura-olmeca-AM087