• miércoles, 25 de abril de 2018

La preparación de platillos secos y bebidas instantáneas

De acuerdo con una destacada arqueóloga norteamericana, la presión de los mexicas sobre quienes debían rendirles tributo, obligó a estos pueblos a cambiar su dieta. Como debían alejarse de donde vivían, de manera voluntaria o forzada, se favoreció el uso de productos capaces de conservarse durante largo tiempo y cuya preparación fuera sencilla. De esta manera se seleccionaron los llamados platillos secos y las que por analogía con lo contemporáneo llamaremos bebidas instantáneas.

Un platillo seco muy conocido son las palomitas de maíz. Una vez que el calor produce vapor dentro de una particular variedad de semilla y cuece el interior, la presión lograda hace estallar el grano y obtenemos esas blancas y bellas palomitas, cuya duración en buenas condiciones es prolongada. De igual manera, el maíz se puede tostar, moler finamente y el resultado es el pinole, cuyo consumo puede ser en polvo o diluido en agua. De esta última manera se obtiene lo que se ha llamado un alimento-bebida instantáneo y fácil de preparar, antepasado lejano de tantos productos semejantes de nuestros días. Al pinole se le puede agregar miel, achiote y cacao para obtener una sabrosa bebida llamada tascalate. La masa de maíz nixtamalizado también se conserva algunos días y se puede diluir en agua para obtener el atole agrio. Éste es un producto notable, ya que la acción de los microorganismos que contiene lo enriquece con nuevos aminoácidos fabricados con el contenido del maíz, pero al que se agrega el nitrógeno del aire. Las carnes secas y saladas, las tostadas logradas al calentar y endurecer las tortillas, las pepitas de calabaza y otras semillas tostadas son otro ejemplo de platillos secos.

Esta aportación es interesante, por contribuir a la seguridad alimentaria en situaciones difíciles y ser el antecedente de platillos y bebidas que hoy son comunes.

Tomado de Luis Alberto Vargas “Recursos para la alimentación aportados por México al mundo”, Arqueología Mexicana núm. 130, pp. 36 - 45.

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