• lunes, 21 de agosto de 2017.

Las retóricas del vencido

El transparente relato de Cortés es en realidad un ritual discursivo de traslatio imperii, permite fundar un nuevo dominio justificándose en los símbolos de poder de la Edad Media: la supremacía del rey sobre un territorio que puede delegar en un contrato de vasallaje a otro, pero que al final de cuentas pertenece a su majestad. Aquí resuena la donación de Constantino, que delegaba la autoridad y el dominio de las islas del orbe al Papa, que a su vez las cedió al rey de España. Pero principalmente Hernán Cortés trabaja bajo los márgenes de legalidad inscrito en las Partidas de Alfonso el Sabio, la gran compilación del siglo XIII que permite a los reyes “se caten en el así como en espejo” y que según el historiador Victor Frankl, algún ejemplar de las partidas circulaba entre el ejército de Cortés.

Al comienzo de la segunda carta el conquistador trabajó la figura de Moctezuma bajo el signo del tirano, que en la legislación alfonsina “quiere decir, como señor, que es apoderado en algún Reyno o tierra, por fuerza, o por engaño, o por trayción” (segunda partida, p. 14). El comportamiento de Moctezuma le costó el encierro en la jurisdicción de Cortés, está justificado, como también lo está “tornarse el Señorío que era derecho en, torticero”, es decir injusto. El efecto de esta interpretación es que Cortés somete al propio tlatoani a su flamante fuero: de la nada pide cuentas al emperador por las guerras en las que ha salido invicto, ordena diligencias para saber qué ha pasado, y lo insólito, le pide: “...que él estuviese en mi posada hasta tanto que la verdad más se aclarase y se supiese él ser sin culpa, y que le rogaba mucho que no recibiese pena de ello, porque él no había de estar como preso sino en toda su libertad, y que en servicio ni en el mando de su señorío, yo no le ponía ningún impedimento” (Cartas de relación, p. 67).

Un horizonte de legalidad ha armado el conquistador para hacer visible al tlatoani. Las partidas son el espejo donde se mide el actuar legal, la brújula de principios que serán aceptados en el universo cortesano. En la segunda partida se expone el tema del emperador, sus fueros y sus marcos de operación, en la ley novena, intitulada Por que maneras se gana el Señorio del Reyno. La ley es clara en el otorgamiento del señorío: es legal por heredamiento, por anuencia de todos los del reino, por casamiento, o por otorgamiento del Papa o emperador. Con la postal instituida por Cortés la transición legal del señorío es clara, hay un reconocimiento del derecho anterior por parte del señor encargado, el cual lo ha cedido. Es un guiño para el rey, el principal escucha del relato fundacional. La retórica empleada por Cortés fue cincelando una añeja verdad jurídica bajo el paradigma del otorgamiento del mismísimo señor vencido, es un acto de legalidad restituir lo instituido. Es el derecho reconocido por las partidas de Alfonso X.

El Moctezuma forjado por Cortés se ha establecido como una postal ambigua de la historia de México, el soberano intocable que entrega el reino, aquel que da oro por espejitos. Pero es una postal recurrente, recuerda a los tradicionales colaboradores que ayudan en la victoria de las sangrientas páginas en la historia de Occidente. El señor bárbaro que frente a la llegada del colonizador entiende lo efímero de su tiempo; el que comprende lo que “otros” –los suyos se convierten en un remedo de alteridad, en muchedumbre– no pueden: acepta que va de salida y la única opción es ser parte del nuevo orden, entrar en sometimiento y crear sentido. Existen dos grandes tropos retóricos para comprender esa postal: Flavio Josefo y Nabucodonosor. En el siglo I el fariseo acepta la dominación de su pueblo por un imperio más poderoso. Sufre el gran sitio de Jerusalén, pero es el único que entiende que Dios se ha cambiado de pueblo y trata de convencer a sus conciudadanos de que los nuevos tiempos pueden ser mejores. En sus prédicas por el vencedor fue lapidado por el pueblo ignorante y ciego; se salvó y escribió desde Roma la justificación de la victoria sobre su raza. Moctezuma sigue el camino trazado por Josefo, en su extraño cautiverio deja hacer a Cortés lo que quiera; en el pináculo del colaboracionismo llama a los nobles y en una ceremonia anuncia: “...que de aquí en adelante tengáis y obedezcáis a este gran rey, pues él es vuestro natural señor, y en su lugar tengáis a éste su capitán; y todos los tributos y servicios que hasta aquí a mí me hacíades, los haced y dad a él, porque yo así mismo tengo de contribuir y servir con todo lo que me mandare; y además de hacer lo que debéis y sois obligados, a mí me haréis en ello mucho placer” (Cartas de relación, p. 76).

Bajo el paradigma de Josefo a Moctezuma sólo le faltó escribir La guerra de los mexicas desde Madrid, no vivió para contarlo, la pedrada fue mortal. Cortés es un conocedor de las hazañas en la caída de Jerusalén, su actuar por el Nuevo Mundo sólo es comparable al modelo judío. La caída de Tenochtitlan es también histórica, según el mismo Cortés, su gesta es memorable: “...en la cual murieron más indios que en Jerusalén judíos en la destrucción que hizo Vespasiano; ya asimismo había en ella más número de gentes que en la dicha ciudad santa” (Cartas de relación, p. 21).

El otro modelo retórico trabajado por Cortés es la figura de Nabucodonosor: el rey infiel que entrega el reino a un representante del Dios verdadero. En el modelo expuesto en el Libro de Daniel, las incógnitas del rey no son resueltas por sus sacerdotes, astrólogos y hechiceros, el conocimiento local, y decide utilizar el saber del sometido, que es el poseedor de la verdad; utiliza la hermenéutica judía para resolver los misterios del mundo. Una vez convencido de la superioridad del otro, que representa al único Dios, el hermeneuta ajeno le otorga un sentido que no entendía al interior de una cosmovisión sagrada; el rey pagano sufre una conversión, cambia de fe ante el dueño del sentido y ofrece el reino como gratificación. Nabucodonosor es despojado de su reino, y cumple un estado de penitencia rayando en el salvajismo (se apartó de los hombres, vivía en armonía con la naturaleza, se llenó de hirsuto pelo), para salir de él convertido en cristiano. El soberano pagano y colaboracionista que entrega su reino es el modelo interpretativo que explota Cortés para hacer comprensible el actuar del tlatoani mexica. Como en una opereta, todos saben el guión. El emisor y su público se bañan en las antiguas formas retóricas que permiten darle inteligibilidad al evento de la conquista.

La retórica es el arte de la persuasión, trabaja sobre los hechos del mundo para ser contados. Borda discurso sobre modelos, sobre tradiciones que cobijan los eventos. La retórica sobre la guerra cumple una función: embellecerla, engrandecerla dentro de una cosmovisión que la entienda, la aprecie y la acepte. En ese mundo se inscribe la escritura señorial de Hernán Cortés: de la violencia de la conquista generó un texto, armado en principios de legalidad afines a sus intereses, en consonancia con los valores de la corte, listo para ser una versión irrefutable del mundo ante la mirada del rey. En el trabajo sobre los acontecimientos construyó una postal poderosa: la del monarca gentil que entregó el reino. Falsa o verdadera se ha incrustado dentro de la historia mexicana, arropada entre los simbolismos señoriales, se apoderó de los espacios de la memoria. Pero pertenece a una añeja tradición, en donde la verdad colapsaba ante el sentido que se quería transmitir. Para ese horizonte escribió el conquistador, pintó un lienzo señorial para el archivo de la mi- rada europea por el Nuevo Mundo.

 

Tomado de Miguel Ángel Segundo Guzmán “Retóricas legales de La Conquista. Hernán Cortés y la simbólica del vencido”, Arqueología Mexicana núm. 142, pp. 51-55.

 

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