• miércoles, 18 de octubre de 2017.

Los animales del Códice Florentino en el espejo de la tradición occidental

Pablo Escalante Gonzalbo

El Códice Florentino proporciona información valiosa sobre las antiguas costumbres y creencias indígenas pero, como texto, pertenece a la tradición occidental y sólo en ella se explica plenamente. Esto puede apreciarse claramente en el libro XI, de historia natural: Esopo, Aristóteles, Plinio y San Isidoro son algunas de las referencias que nutren el trabajo, aunque lo más probable es que los informantes y tlacuilos de Sahagún no se valieran directamente de todas aquellas obras sino de compendios enciclopédicos. El Hortus sanitatis de Johann von Cube es uno de ellos.

 

Ecos del Viejo Mundo

Después de describir sucintamente al coyote, los informantes de Sahagún hacen la observación de que se trata de un animal agradecido, y proceden a ejemplificar esta cualidad con la historia de un hombre que se encontró con un coyote en el camino. El coyote hizo al caminante un ademán con la pata; el caminante pensó que podría tratarse de una mala señal, pero se acercó y descubrió que el animal había sido atrapado por una serpiente que le tenía el cuerpo aprisionado: estaba pidiendo auxilio. Después de dudarlo un poco, el hombre tomó un palo y ayudó al coyote a desembarazarse de la serpiente. Una vez liberado, el coyote pegó una carrera y huyó. Al poco rato volvió con un par de guajolotes en el hocico, mismos que obsequió a su salvador; luego le llevó otro guajolote a su casa, y al día siguiente otro más (Códice Florentino, lib. XI, ff. 8v y 9r).

Al finalizar su descripción del león, Cayo Plinio II explica que no son ajenos a esta fiera los sentimientos de misericordia y gratitud, y expone el caso de un tal Elpis de Samos que al desembarcar en África se encontró con un león que parecía amenazarle con la boca abierta. Elpis se trepó asustado a un árbol, y desde allí pudo observar que el león tenía una astilla de hueso clavada entre los dientes, que le lastimaba y le impedía comer: la fiera estaba pidiendo ayuda. El de Samos le quitó la astilla y curó al león, y en lo sucesivo, mientras el barco de Elpis estuvo atracado en aquel puerto africano, el león fue a llevarle a su auxiliador de comer de todo lo que cazaba (Plinio, Historia natural, 1976, lib. VIII, p. 371).

Si bien la imagen de una boa constrictor apretando el cuerpo de un cuadrúpedo no es ajena al repertorio iconográfico de Mesoamérica, la afinidad de ambas anécdotas nos hace pensar que los informantes de Sahagún conocían el relato del naturalista romano y lo asociaron con la descripción del coyote. Pero veamos qué ocurre con otros animales.

Al hablar del océlotl, se dice en el texto náhuatl del Códice Florentino que los antiguos hechiceros usaban la piel de este animal para despertar temor en la gente, y se especifica que tomaban la piel de la frente y la nariz, del pecho, de la cola y de las garras del felino; esto los hacía temibles (Códice Florentino, lib. XI, f. 3v). Es curioso descubrir que en el Liber Secretorum de Alberto Magno se dice que el hombre que se vista con pedazos de piel de león no tendrá miedo de sus enemigos. Alberto dice que el león posee una valentía natural, particularmente en su corazón, en su frente y en la piel que está entre sus ojos, y que quien lleve el corazón y la piel de esa zona del cuerpo del león será temido por todas las bestias (Albertus Magnus, 1975, p. 55). Esta idea del santo alquimista es reiterada en un espléndido tratado de historia natural escrito en el siglo XV por el médico alemán Johann von Cube, el Hortus sanitatis. Von Cube dice: “Leonum virtus est in pectore, firmitas in capite”, y agrega que la audacia del animal está en la cola (Von Cube, 1536, f. 24v).Ya tenemos así casi todos los tramos de piel indicados por los informantes de Sahagún.

Líneas antes de hablar de la piel del océlotl, los nahuatlatos del Florentino habían explicado que este animal conserva los ojos abiertos después de morir, de manera que parece estar vivo (Códice Florentino, lib. XI, f. 3v). También este rasgo del jaguar mesoamericano nos recuerda al león del Viejo Mundo. En el siglo IV San Epifanio había dicho del león que “cuando parece dormir, sus ojos están vigilantes, de modo que puede sentir la presencia del cazador” (El fisiólogo atribuido a San Epifanio, 1986, p. 9). San Isidoro recupera en sus Etimologías  esta versión y dice del león que “cuando se entrega al sueño, mantiene los ojos vigilantes” (San Isidoro, 1993, vol. II, p. 69). Y, al igual que algunos otros autores del Renacimiento, el médico Von Cube sigue la tradición medieval sobre el león: “dormiens apertos habet oculos” (Von Cube, 1536, f. 24v).

Y por último el águila. Tanto en la versión castellana como en la versión en lengua indígena del Códice Florentino  se destaca un rasgo del comportamiento de esta ave que llama nuestra atención: por su valentía, según los informantes, o por su recia vista, de acuerdo con Sahagún, el águila puede mirar al sol de frente (Códice Florentino, lib. XI, f. 42r). El registro más antiguo que he encontrado sobre esta creencia es de Plinio, en el siglo I; el romano se refiere tanto a la fuerza de la vista como al hábito de mirar al sol (Plinio, 1976, lib. X, cap. III, vol. II, pp. 60-61). San Isidoro lo repite y dice que “el águila toma su nombre de la agudeza de su vista...” y que “mira de frente los rayos del sol sin cerrar los ojos” (San Isidoro, 1993, vol. II, p. 107).

Un lector de Plinio o de Isidoro, en el siglo XVI,  podía acceder a esta versión legendaria sobre el comportamiento del águila, y también podía encontrarla en obras más recientes, que en muchos aspectos reiteraban la vieja sabiduría: una vez más, Von Cube hace eco de la tradición y explica cómo el águila mira de frente los rayos del sol (Von Cube, 1536, f. 43r.).

 

Pablo Escalante Gonzalbo. Doctor en historia. Investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas y profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

Escalante Gonzalbo, Pablo, “Los animales del Códice Florentino en el espejo de la tradición occidental”, Arqueología Mexicana núm. 36, pp. 52-59.

 

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