• lunes, 21 de mayo de 2018

Los expedicionarios de Malaspina llegan a Teotihuacan (1791)

Leonardo López Luján, Saburo Sugiyama

Raramente mencionados en la historiografía moderna sobre Teotihuacan, el novohispano José Antonio Alzate, el guatemalteco Antonio Pineda y el luxemburgués Guillaume Joseph Dupaix exploraron cada uno por su cuenta los monumentos más insignes de esa metrópolis arqueológica en las postrimerías del siglo xviii, aunque todos ellos imbuidos por el espíritu científico y anticuario de la época.

 

Un periplo memorable: 1789-1794

El 30 de julio de 1789 zarpó del puerto de Cádiz la Expedición Malaspina, también conocida como “Viaje político-científico alrededor del mundo”, la cual es considerada hoy como la empresa ilustrada española más ambiciosa del siglo xviii. Surgió de una iniciativa del comandante toscano Alessandro Malaspina (1754-1810) y del capitán de fragata cántabro José Bustamante y Guerra (1759-1825), quienes recibieron la anuencia del rey Carlos III dos meses antes de que éste falleciera, además de un generoso financiamiento de 20 mil ducados por parte de la corona. Con dicho apoyo mandaron construir las corbetas Descubierta y Atrevida (que evocaban con sus nombres las recientes glorias del británico James Cook a bordo de los buques hms Discovery y hms Resolution), comprar víveres y suministros, adquirir toda suerte de instrumentos y libros científicos, y enrolar a una selecta tripulación de más de 200 individuos compuesta por oficiales, contadores, hombres de ciencia, artistas, cartógrafos, médicos, marineros, capellanes, carpinteros, calafates, herreros, buzos, cocineros, criados y tropa.

El propósito de Malaspina y Bustamante era recorrer las posesiones hispanas de ultramar para recabar información privilegiada de índole geopolítica, económica y científica. Sabían, por una parte, que los más altos funcionarios del gobierno peninsular estaban particularmente preocupados por la presencia de nuevos establecimientos rusos e ingleses cerca de sus colonias americanas y asiáticas, y que anhelaban un mejor aprovechamiento de las explotaciones agrícolas, ganaderas y mineras de sus propios dominios, así como la intensificación de la industria y el comercio en la región. Por otro lado, ambos marinos eran conscientes del desconocimiento en la metrópoli de todas las potencialidades de tan vastos territorios, lo que podía subsanarse con estudios del mundo natural y las poblaciones indígenas, a través del despliegue de observaciones y experimentos físicos, químicos, geodésicos, astronómicos, oceanográficos, mineralógicos, botánicos, zoológicos, etnográficos, demográficos e históricos.

 

De España a la Nueva España

Las dos flamantes corbetas hicieron su primera parada de aprovisionamiento en las islas Canarias, antes de atravesar las anchurosas aguas del Atlántico y hacer tierra en la ciudad sudamericana de Montevideo. Tras una rápida visita a Buenos Aires, los expedicionarios se dirigieron a las islas Malvinas, salvaron luego el estrecho de Magallanes e hicieron paradas sucesivas en los puertos chilenos de San Carlos, Talcahuano y Valparaíso. Se detuvieron a continuación en El Callao, donde no desdeñaron la oportunidad de conocer la bella Lima. Entonces prosiguieron su rumbo hacia el norte, tocando el litoral ecuatoriano en Guayaquil y el centroamericano en Panamá y Realejo. Puerto Ángel y Huatulco les anunciaron su próxima llegada a la bahía de Acapulco: Bustamante arribó al puerto novohispano a bordo de La Atrevida el 1 de febrero de 1791, en tanto que Malaspina hizo lo propio con La Descubierta hasta el 27 de marzo.

Aprovechando una breve inspección que Bustamante hacía en ese momento por la costa de San Blas, Malaspina decidió ir a la ciudad de México para entrevistarse con el virrey en turno, el segundo conde de Revillagigedo. El comandante pudo entablar con él dilatadas conversaciones sobre la situación general de la Nueva España, la actualidad política en Europa y el cuidado que los expedicionarios debían tomar ante rusos e ingleses en las costas septentrionales del continente. A este respecto, el virrey le recomendó adoptar una actitud prudente y sobre todo pacífica, al tiempo que le reiteró la orden del nuevo soberano español de buscar el legendario estrecho de Anián que supuestamente conectaba el océano Pacífico con el Atlántico. Otro momento fuerte de la estancia de Malaspina en la capital novohispana fue el intercambio que durante varios días sostuvo con Antonio de León y Gama. Lo visitó en su domicilio ubicado en la actual calle de Argentina, en donde el astrónomo y anticuario había instalado un observatorio y hacía auscultaciones celestes con instrumentos que habían sido propiedad del abate Chappe. Igualmente significativo fue el encuentro con el culto minero Pablo Santelices, quien le facilitó varios documentos sobre California y diccionarios de náhuatl-nutkense-español y náhuatl-hawaiano-español.

Como se advierte en los libros de la expedición, el 1 de mayo de ese mismo año, Malaspina y Bustamante siguieron al pie de la letra los designios de Carlos IV y levaron anclas con dirección a Nutka y Mulgrave. Recorrieron durante todo el verano las costas de la Columbia Británica y Alaska hasta los 60º de latitud norte, buscando vanamente Anián y dando fe de varios asentamientos indígenas donde se había establecido un intenso comercio de pieles con los rusos y los ingleses.

 

El capítulo novohispano de la expedición

A Malaspina le quedaba muy claro que no necesitaría de todos sus hombres durante la travesía hasta Alaska, razón por la cual decidió organizar la llamada Comisión Científica Novohispana antes de abandonar Acapulco. De las actividades de dicha comisión durante los siguientes ocho meses conocemos todos los pormenores gracias a las profundas investigaciones y numerosas publicaciones de la historiadora Virginia González Claverán. Por ella estamos enterados, por ejemplo, de que el comandante dividió a un contingente de sus mejores hombres en dos grupos. El primero estaría encabezado por el astrónomo cordobés Dionisio Alcalá Galiano, y conformado por los alférez Arcadio Pineda y Martín de Olavide y el teniente Manuel Novales; ellos se encargarían de hacer observaciones astronómicas, recopilar toda clase de datos útiles sobre la colonia y remitir materiales a España. El segundo grupo sería dirigido por el científico guatemalteco Antonio Pineda e integrado por el botánico Luis Née, el pintor José Guío y el escribano Julián del Villar y Pardo; ellos tendrían bajo su responsabilidad las pesquisas sobre las tres ramas de la historia natural.

Abramos aquí un paréntesis para comentar que Antonio José Rafael Ignacio de Jesús Pineda y Ramírez del Pulgar (1753-1792) era hermano mayor del mencionado Arcadio e hijo de una familia aristocrática cuyos miembros habían ocupado altos cargos en el gobierno. Desde su tierna infancia Antonio vivió en España, en donde se educó con los jesuitas del Seminario de Nobles de Madrid. Más tarde ingresó como cadete al Cuerpo de Reales Guardias Españolas de Infantería, alcanzando el grado de primer teniente en 1788. Tras participar en varias campañas militares, se consagró al estudio de la física y de la historia natural con Casimiro Gómez Ortega y de la química con Pierre François Chavaneau, además de participar en el equipo a cargo del Jardín Botánico. Debido a la sólida formación de Pineda, a sus profundos conocimientos sobre mineralogía, a su facilidad para aprender idiomas y a la personalidad recia y disciplinada que lo identificaba, Malaspina lo invitó como jefe de la sección de historia natural de su expedición.

Volviendo a las actividades de la Comisión Científica Novohispana, acotemos que sus ocho integrantes partieron de Acapulco a principios de mayo de 1791 con rumbo a la ciudad de México. De acuerdo con el diario de Arcadio Pineda (amnm, vol. 562, ff. 126-162), al llegar a su destino se instalaron en el Colegio de Minería en la actual calle de Guatemala y se dieron a la tarea de conocer las instituciones más insignes del virreinato, entre ellas la Universidad, la Academia de San Carlos, el Jardín Botánico, el Tribunal de la Acordada, la Casa del Apartado, así como el archivo del Palacio Real y las bibliotecas de la Catedral y de varios conventos. Igualmente dedicaron buena parte de sus jornadas a intercambios con los ilustrados locales y con los que ahí estaban de paso. Así fue como tuvieron un fructífero acercamiento con los miembros de la Real Expedición Botánica: con su director Martín Sessé, el biólogo Vicente Cervantes y el cirujano José Longinos Martínez. Este último les mostró orgulloso su Gabinete de Historia Natural, ubicado en la actual avenida Madero y que abría sus puertas al público los lunes y los jueves de 10 a 13 y de 14 a 17 horas. En 24 estantes exhibía una biblioteca científica, instrumentos como microscopios, máquinas eléctricas y cámaras oscuras, y especímenes pertenecientes a los tres reinos de la naturaleza, además de “tierras y antigüedades”.

Los malaspinianos también acudieron a gabinetes privados, como el de Pedro Bustamante, quien coleccionaba figuras de cera, y el del superintendente de la aduana Sebastián Páez, que reunía las “curiosidades más primorosas y escojidas”. Mucho más impresionante era la colección del andaluz Ciriaco González de Carvajal, oidor de la Real Audiencia, poseedora de conchas y corales del sureste asiático, máscaras etnográficas de la Columbia Británica y piezas arqueológicas teotihuacanas, huastecas y mexicas, además de una enigmática momia.

Bien sabido es que por aquel entonces acababa de ser descubierta la Piedra del Sol en la Plaza de Armas, motivo por el cual los expedicionarios fueron testigos de una acalorada polémica acerca de su significado, la cual se ventilaba tanto en las casas de sus anfitriones como en la Gaceta de México y la Gazeta de Literatura de México. En el debate participaban el ya aludido León y Gama, el polígrafo José Antonio Alzate y Ramírez, el licenciado José Ignacio Borunda y el criollo o mestizo que firmaba sus artículos con el pseudónimo de Océlotl Tecuilhuizintli. Al respecto, el mismo Arcadio nos comenta (amnm, ms. 563, ff. 329r-329v) en una anotación del día 26 de octubre de 1791:

en estas antiguedades, los pocos que se precian de entenderlas, discordan enteram[en]te. La gran piedra descubierta últimam[en]te en la plaza es en el día el tormento de todos los literatos, unos apasionados a la Astronomía la califican por compendio de ella, otros la hacen Archivo de su Historia Nacional, otros Ara de Sacrificios, y no falta quien la origine fabrica de los Babilonios que suponen vinieron à poblar la America. Todos autorizan su opinion, y la sostienen con energía…

Recordemos que, al año siguiente, León y Gama (1792, pp. 12-13) dio a la luz su sesudo ensayo interpretativo sobre la Piedra del Sol y la Coatlicue, en cuyas páginas se refería además al hallazgo en enero de 1791 de una caja de sillares de tezontle que contenía arena, recipientes de cerámica, cascabeles de cobre y el esqueleto de un cánido. El sabio se lamenta allí de que le había sido imposible inspeccionar estos objetos, puesto que Antonio Pineda se había quedado con ellos y en ese momento se encontraba en Guanajuato.

Hablemos finalmente de la visita que los hombres de Malaspina rindieron al propio Alzate, quien a juicio de Arcadio se daba “demasiados aires”. En su casa tuvieron oportunidad de admirar minerales, herbarios, antigüedades y documentos históricos. También discutieron largas horas sobre las propiedades curativas de la hierba del pollo (Commelina sp.), los peces de agua salada y dulce en los lagos de Texcoco y Chalco, sus experimentos de amputación y reinjerto de miembros en aves, y las lenguas de los indígenas novohispanos. En el contexto de dichas tertulias, Alzate les obsequió instrumentos, cartas geográficas y varios ejemplares de su Gazeta de Literatura, y luego los guió por las chinampas de Xochimilco, Coyoacán, el Desierto de los Leones, Chapultepec, Tacubaya, Tepeyac y las faldas de los volcanes. A tanto llegó el aprecio de Alzate por los malaspinianos que, el 19 de noviembre, optó de última hora por sustituir la dedicatoria de su “Descripción de las antigüedades de Xochicalco” al ex virrey Antonio María de Bucareli por una “a los señores de la actual expedición marítima alrededor del orbe”.

 

El viaje a Guanajuato

Una de las misiones prioritarias del grupo liderado por Antonio Pineda era explorar “varios reales de minas y sitios que presentan Curiosidades”. Con tal fin programaron una expedición por los actuales estados de México, Hidalgo, Querétaro y Guanajuato, la cual se llevaría a cabo entre el 26 de agosto y el 14 de noviembre. En la víspera, prepararon un pesado cargamento en el que no podían faltar un microscopio de gran formato con el que examinarían todo tipo de muestras, dos eudiómetros para estimar la calidad del aire, un aparato Parker de destilación de agua, un podómetro de bolsillo que calculaba las distancias caminadas y diversos utensilios para análisis físicos y disecación de animales. También tenían contemplado determinar la composición química de las aguas de manantial; averiguar cuáles eran los minerales típicos de la zona y los métodos empleados para el beneficio de los metales; inquirir sobre la orografía, los tipos de suelo, la flora y la fauna endémicas, e indagar acerca del estado de los caminos, la tenencia de la tierra, las poblaciones autóctonas y los monumentos prehispánicos y coloniales existentes.

Debido a que el pintor Guío se había enfermado de tercianas (fiebres intermitentes ocasionadas por el paludismo), Pineda contrató en su lugar al pintor novohispano Francisco Lindo y llevó como voluntario al arquitecto malagueño José Gutiérrez (amnm, ms. 563, f. 147r). Mientras que el primero se ocuparía de realizar estampas botánicas, el segundo se dedicaría a dibujar vistas, mapas, máquinas y otros instrumentos vernáculos.

Casi al principio de su largo trayecto, los cinco hombres hicieron una parada en las ruinas de Teotihuacan, muy posiblemente por recomendación de Alzate. Presumimos lo anterior a partir de una excursión que el polígrafo había organizado a las pirámides dos años atrás y de la cual nos dejó fe en sus notas “correctivas y comprobantes” a la Storia Antica del Messico de Francisco Javier Clavijero (bnm, ms. 1679, pp. 533-535). Tales notas –junto con un grabado de Otoncalpulco y un plano de Tenochtitlan– iban a ser incluidas en la traducción al español de dicha obra que vislumbraba dar a conocer Antonio Sancha, pero que nunca fue impresa debido a la censura de que este editor madrileño fue objeto por un comentario crítico del jesuita expulso Ramón Diosdado. En la acotación referente al libro VI, capítulo 12, de la Storia de Clavijero, Alzate nos informa lo siguiente (Moreno, 1972, pp. 377-378):

(10) Pág. 65. En marzo de 1789 registré y observé las antigüedades de Teotihuacán, tomando medidas geométricas. Son pues dos montecillos artificiales que por inmediación a los pueblos de San Martín y San Francisco se conocen ya con estos nombres. El de San Francisco [la Pirámide del Sol] es el más meridional: su figura cónica, su elevación 72 varas [60.18 m] y su base en el diámetro de oriente a poniente tiene 262½ varas [219.42 m]; por el lado del sur está muy deteriorado y así es difícil asignar su dimensión de norte a sur. En mucha parte del contorno está el terreno más bajo, de manera que parece se aprovecharon de aquella tierra para formar el tal montecillo, en el que aún se reconoce parte de las fábricas antiguas o explanadas en figura de escalera [cuerpos piramidales] que el tiempo ha destruido. El otro montecillo de San Martín [la Pirámide de la Luna] es menor: su centro dista del de San Francisco 854 varas [713.85 m]; tiene de elevación 59½ varas [49.73 m] y de diámetro su basa, de oriente a poniente medida por el lado sur, 248½ [207.72 m], cuya fachada es la que permanece más entera. Ambos eran de figura cuadrada o cuadrilonga, según demuestran las vistas que pudieron medirse: están en la dirección de norte a sur con 11 grados de declinación hacia el noroeste. El interior de su fábrica, según se ve en varias excavaciones hechas en el 2º hasta de 20 varas [16.71 m] de profundidad, manifiesta estar formados de tezontli y mezcla de cal y arena. Por la parte del sudoeste de dicho montecillo de San Martín se conserva un ángulo de mampostería de los que revestían el exterior, porque estaban dispuestos en basas cuadradas que se elevaban unas sobre otras. Bajando del mismo montecillo por la parte del oeste se halla una piedra sin duda de las que adornaban aquella soberbia antigüedad: es un paralelepípedo muy bien labrado, cuyo mayor diámetro tiene 3 varas [2.50 m], el medio 1¾ [1.46 m] y el menor 1 7/8 [1.56 m] y en uno de sus lados se ven varias labores o jeroglíficos de bajorrelieve, aunque maltratados por el tiempo. Desde la falda meridional de este montecillo se dirige al sur, con 6 grados de declinación al sureste, una calle o calzada cuyos lados están terminados por montecillos pequeños hechos también a mano, los que al principio forman una parte de círculo: todo el plano de la calzada y los intermedios de los montecillos pequeños y los contornos de los grandes estaban pavimentados de mezcla hecha de cal y tezontle desmenuzado.

De la lectura de esta nota se colige que Alzate aplicó en Teotihuacan muchas de sus experiencias adquiridas en 1777 y 1784 durante sus visitas a las ruinas de Xochicalco. El polígrafo hizo observaciones atinadas sobre los materiales y sistemas constructivos, la orientación de la Calzada de los Muertos y los edificios (que en realidad es de 15º 28’ al E), así como de su estado de conservación. También dice haber visto excavaciones de saqueo, aunque quizás confundió como tal la exploración pionera de Carlos de Sigüenza y Góngora de 1675. En términos generales, Alzate tomó medidas bastante aproximadas de los principales monumentos: hoy sabemos que las pirámides del Sol y de la Luna distan 808 m entre sí, que la primera tiene una altura de 64 m y 224 x 224 m en su base, mientras que la segunda alcanza una altura de 46 m y posee 129 x 140 m en su base. También examinó el famoso monolito conocido como la “Diosa del Agua”, insinuando que originalmente se encontraba en la cúspide de la Pirámide de la Luna, pero que a él le tocó verlo recostado boca abajo al poniente de la plaza del mismo nombre. En 1890, Leopoldo Batres lo llevó a la ciudad de México en medio de una gran polémica y hoy se encuentra en el Museo Nacional de Antropología (inv. 10-1163). Señalemos, contra lo estimado por Alzate, que las dimensiones máximas de este monolito son 319 x 165 x 165 cm.

 

Leonardo López Luján. Doctor en arqueología y director del Proyecto

Templo Mayor, inah.

Saburo Sugiyama. Doctor en antropología y codirector del Proyecto Pirámide de la Luna, inah/Aichi Prefectural University/ asu.

 

López Luján, Leonardo, Saburo Sugiyama, “Los expedicionarios de Malaspina llegan a Teotihuacan (1791)”, Arqueología Mexicana  núm. 131, pp. 22-33.

 

Texto completo en la edición impresa. Si desea adquirir un ejemplar:

http://raices.com.mx/tienda/revistas-procesiones-en-mesoamerica-AM131