Olores y sensibilidad olfativa en Mesoamérica

Élodie Dupey García

Es indudablemente difícil saber con qué paisajes olorosos se enfrentaban los antiguos pueblos de Mesoamérica. A los olores generados por el medio ambiente y la actividad humana hace mucho que se los llevó el viento. La arqueología, la iconografía y las fuentes lingüísticas e históricas informan sin embargo sobre algunos de los olores característicos del mundo prehispánico.

 

Esos olores si no eran los únicos, al menos eran los más significativos tanto para las comunidades indígenas –que nos legaron vestigios, descripciones e imágenes de sus antiguas prácticas y creencias– como para los españoles, que fueron testigos olientes del ocaso de la era prehispánica. Estos testimonios permiten acercarnos a los olores del pasado, así como a la sensibilidad mesoamericana y sus nexos con la cosmovisión. De esta manera, podemos dar respuesta a preguntas como: ¿cuáles eran las ideas sobre el olor en los pueblos prehispánicos?, ¿qué categorías daban a sus sensaciones olfativas y qué olores llamaban más su atención?, ¿con qué conceptos los asociaban?

 

Ofrendas aromáticas para los dioses

 

Cuando uno pretende imaginar la singularidad de las relaciones que las comunidades indígenas de Mesoamérica mantenían con el olor, es probable que lo primero que venga a la mente sea la imagen de un sacerdote realizando sahumerios de copal en honor a sus dioses. Efectivamente, varias de las civilizaciones que han ocupado esta área cultural a lo largo del tiempo y del espacio, nos han heredado evidencias de que las hierbas, gomas y resinas cuya combustión despide humos aromáticos eran protagonistas centrales de sus rituales. Braseros y sahumadores –algunos de factura sencilla y de uso doméstico, otros de una calidad estética excepcional– han aparecido en contextos arqueológicos, que a veces incluyen restos de las materias orgánicas que se quemaban en esos artefactos.

Murales y códices, a su vez, enriquecen nuestro conocimiento de las materias empleadas en los sahumerios, así como de sus contenedores, usuarios y escenarios. Por su parte, las fuentes escritas relativas a las civilizaciones mesoamericanas más tardías aportan detalles sobre los rituales que involucraban humos aromáticos. Cuando describen la “ofrenda de fuego”, los informantes de fray Bernardino de Sahagún revelan que los sahumerios de copal eran acontecimientos que marcaban el ritmo de la vida religiosa de los antiguos nahuas. La “ofrenda de fuego” consistía en echar copal en un incensario lleno de brasas y acercarlo a las imágenes de los dioses, antes de dirigirlo hacia las cuatro direcciones del mundo y volcar los restos en un brasero, donde el copal terminaba de consumirse. Esta ofrenda se realizaba en cada hogar antes del amanecer. A diario también se ofrecía copal en los templos, cuatro veces en el día y cinco veces por la noche, para celebrar al dios solar y al Señor de la Noche, respectivamente.

En general, los textos históricos permiten hacerse una idea de los paisajes olorosos característicos de las fiestas religiosas en el Posclásico Tardío. Éstos resultaban de los múltiples olores generados por la actividad ritual y derivados del uso de materias odoríferas en las ceremonias. Los efluvios se sucedían o se sumaban durante las etapas de cada fiesta, y su presencia se percibía ya fuera en lugares de acceso restringido a ciertos individuos, ya en espacios abiertos, estando entonces el olor al alcance de una multitud. Aparte de los sahumerios, sobresalían las emanaciones provenientes de los sacrificios humanos, en particular el olor a sangre fresca porque la extracción del corazón seguida de la decapitación casi vaciaba el cuerpo de sangre. Además, ciertas modalidades de los sacrificios parecían orientadas a que la sangre brotara en todas direcciones, o se extendiera sobre diferentes soportes –en particular las escaleras de los templos–, de tal manera que se pudiera oler. Paralelamente, los aromas de ciertas plantas y flores que servían como adornos o fungían como ofrendas contribuían al entorno oloroso de cada fiesta: las especies variaban para reflejar las preferencias de las divinidades por ciertos perfumes y para subrayar el contraste entre la temporada de lluvias y la de secas. Lo mismo sucedía con las ofrendas de alimentos, cuyas características odoríferas se ajustaban a la personalidad y el campo de acción de sus destinatarios divinos.

Finalmente, la documentación histórica presenta la inmensa ventaja de informar sobre el papel desempeñado por los olores en las prácticas religiosas mesoamericanas. Así, un testimonio anónimo conservado en la obra de Motolinía y concerniente a las mujeres dedicadas al servicio de los dioses en la ciudad de México cuenta, por ejemplo, que: “Éstas, aunque eran pobres, los parientes les daban de comer, y lo demás para hacer mantas y para llevar comida caliente por la mañana, que ofrecían ante los ídolos, así de pan como de gallina guisada, porque aquel calor o vaho decían que recibían los ídolos, y lo demás los ministros”. Este fragmento es interesante porque revela que el vapor de las ofrendas de alimentos se destinaba a los dioses, los que a través del olor de la comida se alimentaban. Lo mismo valía para los sahumerios, pues profusos testimonios antiguos y contemporáneos se refieren a las deidades mesoamericanas alimentándose de los aromas de las materias orgánicas –sobre todo copal y hule– quemadas en incensarios, que los mayas de ayer y hoy equiparan a los fogones domésticos de sus divinidades.

Las ofrendas aromáticas, sin embargo, no perseguían el único fin de sustentar a las divinidades, sino que también permitían a los mesoamericanos tributar a sus dioses una prueba de veneración y sumisión que podía tener como objetivo agradecer o pedir. En un mito mixteco se relata que el aroma del tabaco fue la primera ofrenda que los dioses creadores recibieron de sus criaturas, a modo de agradecimiento por haberles dado la vida, y como petición para que siguieran creando el mundo. El fraile Diego Durán, por su parte, describe un ritual de sahumerio en la sociedad náhuatl cuyo objetivo era invocar a las nubes. Cualquiera que haya sido el fin perseguido por los dones odoríferos –venerar, pedir, agradecer–, no cabe duda que la intención era complacer a las divinidades con aromas que les resultaban provechosos pero también deleitosos, como lo demuestra el parentesco que existe en náhuatl entre el verbo ahuiaya, “oler bien”, “exhalar fragancia”, y el verbo ahuia, “alegrarse”, “estar contento”, “estar satisfecho”.

 

Dupey García,  Élodie, “Olores y sensibilidad olfativa en Mesoamérica”, Arqueología Mexicana núm. 135, pp. 24 – 29.

 

Élodie Dupey García. Investigadora del Instituto de Investigaciones Históricas de la unam. Doctora en historia de las religiones por la École Pratique des Hautes Études de París. Se especializa en la historia cultural del México prehispánico, principalmente en temas sobre color y olor en la cultura náhuatl.

 

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