• miércoles, 22 de noviembre de 2017

Armamento y organización militar de los mayas

Carlos Brokmann

Lejos, por desgracia, ha quedado la visión edénica de las sociedades mayas del periodo Clásico. El inexorable avance del desciframiento epigráfico ha dejado atrás esta concepción utópica de una civilización practicante de la paz y la concordia. La venturosa combinación de arqueología y epigrafía nos muestra, cada vez con mayor certidumbre, la verdadera naturaleza de las ciudades-Estado del sureste mexicano: crisis políticas y sociales periódica , ciudades militaristas, prácticas de sacrificio humano para alimentar a los dioses y acrecentar el poder político del gobernante en turno, armamento especializado y una logística militar implacable... El gran argumento, a la vez poderoso y frágil, que justificaba la guerra: estaba en juego la sobrevivencia del cosmos.

 

La cultura maya del periodo Clásico ha sido tradicionalmente caracterizada como dedicada a las labores agrícolas y al ensalzamiento de los dioses. Sin que estos rasgos sean necesariamente falsos, el desciframiento epigráfico ha refutado la idílica visión pacífica. A partir del Clásico Tardío se incrementaron las actividades políticas; tanto alianzas y matrimonios convenientes como la guerra aparecen de forma clara y en constante ascenso. Combates, capturas y sacrificios son narrados en los murales de Bonampak y de Mul Chic, en los registros escritos de Palenque, Yaxchilán, Dos Pilas, Caracol y en muchos otros sitios arqueológicos. Pero, aparte de algunas fortificaciones y rasgos estratégicos en algunos asentamientos, no parece haber indicadores arqueológicos que apoyen esta evidencia.

El problema principal parecen constituirlo los artefactos que pudieron haber servido como armas. Creemos que, mediante la combinación de un nuevo enfoque en su clasificación con la información presente en el registro artístico, es posible superar esta dificultad. Al parecer, arqueología y epigrafía no son contradictorias.

 

Clasificación de los armamentos

Habitualmente, los artefactos líticos se han clasificado mediante tipologías que engloban múltiples criterios: morfología, materia prima, tecnología y función son jerarquizadas de forma arbitraria, formulando un esquema que pretende explicar todas las variables. No obstante ser útil, este método tiene la desventaja de no profundizar en ninguno de los criterios. Por ejemplo, la clasificación de las puntas de proyectil o cuchillos de piedra en el área maya se basa en la suposición de que el arqueólogo "conoce" el empleo exacto del artefacto con sólo verlo. Las variedades de la categoría se establecen en cuanto a la forma: con o sin pedúnculo, foliáceas, de base recta, etcétera. No se consideran elementos como el tamaño o los aspectos utilitarios del diseño. Dado que nos habíamos propuesto como problema definir el posible uso de los artefactos como armas, este método resultó insuficiente.

En el análisis de las armas de piedra utilizamos una serie de criterios funcionales, ya empleados antes con distintos propósitos en Europa y Estados Unidos. El sistema se basa en la medición de los aspectos que tienen relevancia en el desempeño óptimo de una herramienta. En el caso de una punta, el objetivo es determinar el potencial de corte por percusión, presión y desgarre, dependiendo también del tipo de arma y forma de enmangue.

Los criterios relevantes se formularon partiendo de la necesidad de comparar conjuntos líticos registrados de diferentes maneras. Incluyen un índice volumétrico (longitud más anchura por grosor), un índice de elongación (longitud entre anchura) y la medición del ángulo funcional o "punta" del arma. Con ellos se puede elaborar una seriación de artefactos según su eficiencia utilitaria.

Las gráficas elaboradas sobre la base de los tres criterios mencionados muestran una tendencia a agrupar los artefactos en tres conjuntos. El primer conjunto corresponde a las "puntas pequeñas", con ángulos funcionales agudos (menos de 60 grados) y dimensiones reducidas (menos de 5 en nuestra escala). En general se trata de puntas de base recta. El segundo es . el de "puntas medianas", caracterizado por ángulos intermedios (de 50 a 70 grados), dimensiones regulares (entre 5 y 6.5 en la escala) e incluye la mayor parte de las puntas pedunculadas. El tercer conjunto corresponde a las "puntas grandes", con ángulos tendientes a lo obtuso (a veces más de 90 grados), dimensiones mayores (más de 6.5 en la escala) y abarcan buena parte de las formas foliáceas. Es preciso notar que algunos artefactos del tercer grupo debieron ser empleados como cuchillos.

Determinar la forma en que fueron empleadas las puntas es difícil; dado que se trataban de artefactos con asta de madera, prácticamente no se conservan armas prehispánicas de este tipo. Para reconstruirlas, recurrimos a las representaciones escultóricas y pictóricas, puesto que el arte del Clásico Tardío ilustra profusamente las actividades militares. Los tres tipos funcionales de punta corresponden a sendas armas en este periodo y espacio históricos:

1) Las puntas pequeñas aparecen representadas en los dardos de los lanzadardos o atlatl. Por su tamaño y características, es muy probable que fuesen empleadas para clavarse profundamente en el contrario, sin intención de recuperarlas durante el combate.

2) Las puntas medianas corresponden a lanzas ligeras, posiblemente arrojadizas, pero con rasgos propios para insertarlas unos centímetros y retirarlas fácilmente. Ésta es el arma más representada en el arte - por ejemplo, en los murales de Bonampak y Mul Chic.

3) Las puntas grandes se representan en lanzas pesadas, manejadas a dos manos y sin posibilidad de ser arrojadas. Considerando su ángulo obtuso, es probable que sirvieran como arma cortante y contundente, no para ser clavada. Esta inferencia está apoyada también en la evidencia de lanzas que perfeccionan el principio funcional al extender los filos o incrementar el peso distal.

 

Carlos Brokmann .Arqueólogo por la ENAH. Ganador del Premio Palenque. 1995.

 

Brokmann, Carlos, “Armamento y organización militar de los mayas”, Arqueología Mexicana núm. 19, pp. 66-71.

 

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