• martes, 26 de septiembre de 2017.

Memorias en imágenes de los pueblos indios

Perla Valle

En los códices coloniales, los tlacuilos, maestros en el arte de escribir, continuaron pintando aspectos de la cultura y del desarrollo histórico de los pueblos mesoamericanos. Esta tradición cultural permanecería hasta el siglo XVIII.

 

Cuida del negro y del rojo, del libro y de la

escritura, llégate a la presencia de los prudentes,

de los sabios...

Códice Florentino, libro VI

 

In tlilli in tlapalli, “la tinta negra y roja”, es la expresión en náhuatl que significa la sabiduría y la palabra escrita. En el México prehispánico la palabra oral adquiría la trascendencia de lo perdurable al ser registrada en las pinturas que ahora llamamos códices; se consideraba que la palabra escrita permanecería guardada para siempre, y así en tiempos venideros sería imposible que se perdiera y fuera olvidada. En textos alfabéticos nahuas del siglo XVI se menciona ese carácter de la escritura tradicional, como en la  Crónica Mexicáyotl, del historiador azteca Hernando Alvarado Tezozómoc; en los  hue-huehtlahtolli o “palabras antiguas”, incluidos en el libro VI del  Códice Florentino, y en algunas de las  Relaciones históricas de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, cronista de Tetzcoco.

El concepto de permanencia inherente a la palabra escrita no se perdió con la conquista española: en los códices coloniales, los  tlacuilos, maestros en el arte de escribir, continuaron pintando aspectos de la cultura y del desarrollo histórico de los pueblos mesoamericanos. Al mismo tiempo, los sistemas de registro se adaptaron a los objetivos que demandaban las nuevas circunstancias sociales, y se lograron resolver los numerosos problemas que ocasionaron la imposición de un lenguaje desconocido tan diferente como el castellano y las nuevas relaciones de dominio propias del sistema colonial.

 

Materiales y formatos

...para que no se pierda la palabra de los antiguos,

las pinturas que ellos nos dejaron hace tiempo...

Ordenanza del Señor Cuauhtémoc

En la manufactura de los códices se continuaron empleando materiales tradicionales mesoamericanos, en particular el papel de corteza de árbol llamado amate, con sus diversos colores y clases de texturas, y los lienzos que se siguieron tejiendo, con frecuencia de tamaño considerable, generalmente hechos de algodón.

También se siguieron usando con este fin, pero con menor regularidad, las pieles de animales y el papel de fibra de cierta clase de maguey. El material innovador fue el papel europeo, que se empezó a utilizar desde el siglo XVI en la elaboración de  códices con diferentes contenidos, si bien su utilización fue paulatina debido a que se importaba, de preferencia de España e Italia, y su abastecimiento era irregular y escaso.

Al parecer el amate fue el material que se adaptó con más facilidad a los diversos formatos o formas de presentación, algunos heredados de la época prehispánica y otros característicos de los códices coloniales. Prueba de la continuidad en la manera de hacer los códices la encontramos en los diferentes formatos que se continuaron elaborando, como los tradicionales rollos, tiras y biombos, que se confeccionaban con bandas de piel o de amate de extensión variable, y entre los que podemos mencionar la Tira de Tepechpan , el Códice de Tlatelolco , los Anales de Tula  y el Códice Borbónico.

 Otro formato que persistió fue el de los lienzos, generalmente cuadrangulares y de dimensiones variables, que se usaron con frecuencia en la elaboración de mapas y en general en registros histórico-cartográficos que requerían de espacios abiertos para relacionar los ámbitos geográficos con la narración de los acontecimientos temporales.

Los lienzos fueron confeccionados con telas de diferentes clases de algodón o de fibras duras, diversidad que también se observa en las técnicas textiles usadas en su elaboración (Lienzo de Metlatoyuca , Lienzo de Coixtlahuaca , Lienzo de Zacatepec , y los seis Lienzos de Tuxpan ).

El formato de una hoja o lámina puede tener también antecedentes prehispánicos. Es de dimensiones variables y fue elaborado con amate, piel o papel europeo. Se consideraba de uso común para planos y mapas, y fácil de adaptar a temáticas muy diversas que requirieran solamente de una superficie. El Mapa de Coatlinchan , el Plano en Papel Amate  y el Mapa de Sigüenza  son ejemplos de este tipo de formato. A éstos habría que agregar los numerosos códices de distintas temáticas que formaban parte de expedientes de archivos y los mapas de las Relaciones geográficas . Mención aparte requiere el Plano Parcial de la Ciudad de México , llamado también Plano en Papel Maguey , famoso por sus grandes dimensiones y por la representación magistral de una parte del área urbana de Tenochtitlan. En la confección de este mapa se unieron varias hojas de amate para lograr el formato requerido, también llamado de panel.

La presentación en forma de libro europeo o de cuadernillo se empezó a elaborar durante el siglo XVI,  generalmente con papel europeo. En un principio aparecieron variantes como formatos de transición, con hojas cortadas y dobladas pero sin unir, como en el caso del Códice de Yanhuitlán o del Memorial de Tepetlaóztoc. Este último se encuadernó posteriormente junto con otros documentos y sólo recientemente se le dio forma de libro y se presentó de manera independiente. Pero tiempo después fue uno de los formatos más  usados para el registro de toda clase de temáticas, como los códices para la enseñanza de la doctrina cristiana, que se hicieron como cuadernillos pequeños de pocas láminas, y que sugieren una lectura individual.

 

Perla Valle. Maestra en ciencias antropológicas con especialidad en etnohistoria por la ENAH. Candidata a doctora en estudios mesoamericanos por la UNAM. Investigadora de la Dirección de Etnohistoria del INAH. Estudia la sociedad indígena del centro de México y los códices coloniales del siglo XVI.

 

Valle, Perla, “Memorias en imágenes de los pueblos indios”, Arqueología Mexicana núm. 38, pp. 6-13.

 

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