• jueves, 20 de julio de 2017.

El Templo Monolítico de Malinalco, estado de México

Xavier Noguez

El sitio arqueológico mexica-tenochca del Cerro de los Ídolos o Texcaltepec, en Malinalco, estado de México, ofrece el ejemplo más interesante de arquitectura monolítica prehispánica de grandes dimensiones: el Templo Monolítico, ejemplo único en la arquitectura de Mesoamérica.

 

Malinalco, población situada al suroeste del estado de México, aloja en el Cerro de los Ídolos o Texcaltepec ("cerro de los texcales") dos importantes sitios arqueológicos: uno de ellos, el más antiguo, se encuentra en la cima del cerro; el segundo, reciente, erigido en la ladera sur, es un conjunto de edificios de la época mexica-tenochca, de principios del siglo XVI.


 

El Templo Monolítico (Estruciura 1)

Se trata de una pirámide truncada, labrada directamente sobre toba volcánica con veras de tepetate, y es ejemplo único del tallado en piedra de enormes dimensiones. En la parte superior se esculpió una capilla o santuario que estuvo protegido con un techo cónico de malinalli (Muhlenbergia sp.), “hierba o zacate del carbonero”. El cuerpo piramidal muestra 13 escalones limitados por y dados en la parte superior. En medio de la escalinata son visibles algunos remanentes de lo que fue un portaestandarte antropomorfo. A los lados de la escalera se reconocen, acomodados en un pequeño zócalo, los restos de dos felinos en posición sedente. La fachada de la capilla muestra otros interesantes grupos escultóricos: a la izquierda (lado occidental), un pedestal de forma bulbosa sostuvo una escultura humana, ahora muy destruida; a la derecha (lado oriental), el conjunto es un poco más reconocible: del dorso de un cipactli (ser primigenio, llamado en ocasiones monstruo de la Tierra) salen rallos e inflorescencias de malinallí. El cipactli sirvió de soporte a un personaje, del que sólo son visibles sus sandalias.

La entrada a la capilla fue grabada con la representación de una enorme boca abierta del monstruo de la tierra. Se trata de una faz producto de la unión de dos perfiles de serpiente y cocodrilo. Además, se esculpió una lengua bífida a manera de "tapete de entrada".

A pesar de los muy reprobables actos de vandalismo en época reciente, el extraordinario interior del santuario ha conservado en buen estado. Ahí se tallaron, el suelo y en una banqueta en forma de herradura, cuatro esculturas, en un espacio de un diámetro aproximado de 5.80 m. Al centro, esculpida directamente en el suelo, sobresale un águila que mira hacia la entrada. En los lados oriente y poniente fueron talladas otras dos magníficas representaciones de esta ave. En la sección central de la banqueta se labró un jaguar, colocado en un eje aproximado norte-sur. También se reconocen varios agujeros: uno, particularmente importante, de 31 cm de diámetro por 34 cm de profundidad, se encuentra en el suelo, entre el águila central y el jaguar. En la pared circular se ven otros seis pequeños orificios, a cada lado de las dos aves y el felino de la banqueta.

En la actualidad, por protección, el interior de la capilla se encuentra cerrado a visitantes. La importante información de los colores de la pirámide y su recinto se ha perdido. Sólo quedan mínimos restos de pintura en la banqueta y las esculturas del interior.

No hay duda que el Templo Monolítico y los edificios anexos fueron realizados por órdenes de los gobernantes de Tenochtitlan, en una región habitada primordialmente por matlatzincas y ocuiltecas. Los señoríos de Matlatzinco, que tenían al valle de Toluca como centro político, cayeron en poder de la Triple Alianza, bajo el liderazgo tenochca, hacia 1476, cuando reinaba Axayácatl. En las fojas y 79 del Códice Aubin (una pictografía nahua elaborada después de la conquista española) se registraron tres breves noticias en torno a la excavación y construcción en el lugar: en 1501 (último del gobierno del señor Ahuízotl), 1503 y 1515 (en tiempos del segundo Motecuhzoma) se enviaron trabajadores a la magna obra.

Al Templo Monolítico le han dado nombres: Cuauhcalli (“casa del águila”), Cuauhcuauhtinchan (“lugar de habitación de las águilas”) o Tonatiuhichan (“lugar de habitación del Sol”), y esto se debe a la presencia de las magníficas aves de rapiña, uno de los principales símbolos del astro mayor. La interpretación solar se basa en la información procedente de las fuentes documentales escritas después de la conquista española, y en recientes estudios arqueoastronómicos que intentan demostrar la relación entre la ubicación del templo y el imaginado “tránsito” del en el ciclo anual (solsticios y equinoccios). Sin embargo, la pirámide y su capilla también muestran otros elementos vinculados, en la cosmovisión, a la parte del universo correspondiente a la superficie de la tierra y el inframundo. El jaguar, primerísimo símbolo terrestre, poseedor de gran poder ritual, mágico y político, se asoció al cuerpo piramidal y al interior del santuario. Otro importante elemento presente es el cipactli, cuyo rostro se grabó en la entrada de la capilla y se esculpió en el pedestal de la sección lateral derecha. El cipactli se vinculó en los mitos de origen con todo lo existente, y en particular con las cuevas (óztotl), los cerros (tépetl), la tierra (tlalli), el viento (ehécatl) y el agua (atl y quiáhuitl).

Una de las hipótesis más aceptada respecto al significado de admirable pirámide monolítica indica que aquí se realizaba el encuentro de las fuerzas del mundo superior, solares en particular (el águila), y las del inferior, las terrestres (el jaguar), fuerzas de naturaleza o signo opuesto que, en el mundo mágico-ritual, necesitaban y complementarse para que el universo continuara existiendo en un equilibrio, por el bien de dioses y seres humanos.

 

Xavier Noguez. Historiador e investigador del Colegio Mexiquense dedicado al estudio y publicación de códices coloniales del centro de México, así como a temas sobre el origen del guadalupanismo y la iconografía prehispánica y colonial temprana de tradición nahua.

 

Noguez, Xavier, “El Templo Monolítico de Malinalco, estado de México”, Arqueología Mexicana núm. 78, pp. 68-73.

 

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