• domingo, 17 de diciembre de 2017

Excremento, olor y orden moral

 

Hay duda respecto a si el rizo de kaban está verdaderamente relacionado de algún modo con “suciedad” o “tierra”, como opuesto al fuerte olor del suelo recién fertilizado con estiércol. En otras palabras, por sí mismo, el rizo se relaciona con ciertos aspectos ampliamente entendidos en el Clásico maya, pero no únicamente. Desde los primeros ejemplos, el signo de kaban incluye marcas de piedra, así como líneas curvas con un contorno punteado. El glifo del Clásico para “tierra” incluye signos que indican su olor acre, caracterizándolo como “un suelo de noche fértil”. En chol, ta’ chäb, “cera, barro”, se traduce literalmente como “excremento-tierra”. Como elemento simbólico, el rizo de kaban es semejante, por no decir idéntico, al signo del Centro de México en el Posclásico para “excremento”. Es razonable pensar que el almizcle sería representado como uno de los productos más olorosos del cuerpo animal, humano o no humano. El hedor del excremento es uno de los primeros olores con que se tropieza en la vida, y la eliminación de restos de las heces es
un problema sin fin en cualquier asentamiento.

Más aún, hay indicios de que en el pensamiento maya existen conexiones entre la inmundicia del mundo real
y la inmoralidad humana. Los diccionarios de lenguas mayas,
de tiempos coloniales y
modernos, proporcionan una idea respecto a
cómo conceptos particulares, que incluyen ciertos
olores, se entendían en
tiempos más distantes.
Gracias a las conexiones históricas entre las lenguas
mayas, la coherencia y consistencia entre las entradas y sus glosas en los diccionarios apuntan a términos, significados y conceptos específicos
que se remontan en el tiempo,
con equivalentes o antecedentes en el periodo Clásico.

En ch’ol, una lengua que se habla en algunas partes de Chiapas, kis es un adjetivo para “malogrado, podrido”, tanto referido a la carne como a “flatulencia”, mientras que kisin es un nombre que significa “vergüenza, estar avergonzado”. Kisin es también el nombre que se dio al dios de la muerte en fuentes coloniales y, en un ejemplo del periodo Posclásico, tiene el significado de “el flatulento”. El término tuw se traduce como “pestilente”, pero también como “olor diabólico”. En yucateco, chab, traducido como “hedor de inmundicia y la inmundicia misma” y “olor malo o húmedo de una mujer”, está implícito en la frase chabil than ti, es decir, “rebelde, desobediente”, enlazando suciedad y olores desagradables a una conducta inadecuada. Términos que vinculan corrupción física y moral contrastan con pares semejantes de pureza física y moral: en ch’ol, sujkun es el verbo para “limpio”, y sujm y sujmesan se glosan como “verdad” y “hablar con la verdad”, respectivamente. En yucateco, se atribuye una variedad de significados al término p’etaye’n, entre ellos “asqueroso, sucio, suciamente”, así como “cosa deshonesta, cosa indecente, abominable” y, en el uso del periodo colonial, “excomulgado”. En el tzeltal del periodo colonial, otra lengua de Chiapas, los olores acres se relacionan con utzlab, “malo”, así como con utziy, “apestar algo”, y utzbenin, “apestar en el aire o herir la nariz”.

El énfasis respecto a proscripciones y rituales relacionados con la purificación entre los mayas subraya aún más la relación entre impureza física y moral. En la Relación de las cosas de Yucatán de Diego de Landa, del siglo XVI, se destaca el “barrido” como una importante purificación ritual. En la celebración del año nuevo en el día pop, se barrían las casas y la basura era desechada. Landa refiere también cómo el patio de una casa debía ser barrido por completo y esparcirse en él hojas frescas antes de y una vez más durante el curso del bautismo de un niño. Ciertas celebraciones de año nuevo requirieron de manera parecida que los jefes, sacerdotes y hombres del pueblo se reunieran para “tener el camino barrido por completo y despejado”, y “con el camino limpio y adornado del todo, todos juntos procedían a sus acostumbradas devociones”. En los libros del Chilam Balam, documentos proféticos en yucateco, así como en narraciones tzotziles de la creación contemporáneas, “barrer el sendero” se emplea con frecuencia como una metáfora reiterativa de la purificación ritual. En The Ethno-Botany of the Maya, de Ralph Roys, una preparación de mizib can, o “tragos de escoba”, usados como un lavado, se puede usar como tratamiento para ciertas enfermedades de la piel.

Sumado a los actos de barrido, Diego de Landa observa que los yucatecos nativos “se bañan constantemente” y hace referencia a su “ablución como los armiños” (los europeos de esa época parecen haber sido mucho menos higiénicos). Durante los periodos preparatorios de abstinencia sexual y ayuno, el cuerpo habría sido cubierto con hollín, luego lavado o repintado con brillantes colores de modo que su estado interno reflejara en su limpieza externa. El ayuno era también una preocupación central en el Clásico maya, vinculado no sólo a la penitencia, sino también a los actos de creación y renovación. Sangrado, ayuno, abstinencia, baño, sentado, procesiones, peregrinajes, barridos y las prácticas del Clásico maya de inducir el vómito y forzar la evacuación mediante enemas rectificaban desarreglos del orden. Hacían de una persona o comunidad “un todo”.

 

Traducción: José Luis Alonso

 

Tomado de Stephen Houston y Sarah Newman, “Flores fragantes y bestias fétidas. El olfato entre los mayas del Clásico”, Arqueología Mexicana núm. 135, pp. 36-43.

 

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