• sábado, 25 de noviembre de 2017

Los caminos del maíz

Algunas cruces plantadas en los linderos de las comunidades en las costumbres y en la bifurcación de los senderos, indican a  los caminantes los caminos a Paxil. En cuervo, uno de los cuatro animales que en el Popol-Vuh trajeron las mazorcas a los hombres, es también, en un relato local, el intermediario entre la naturalza y los humanos.

“Un cuerva tenía hambre, días tenñia que comer. Sus huesos y sus plumas, todo él negreaba, porque así estaba su pensamiento más negro que la noche.

“Volaba y nada que encontraba de comer, cómo saciar su hambre. Fatigado, se fue a su nido a descansar, sin energía ya, todo jodido. Allá arriba estaba, mira que mira, en unas piedras bien altas cerca de las nubes, para que los animales de la tierra no interrumpieran su tranquilidad. Pero tenía hambre y ni dormir podía.

“Ya se le cierran los ojos, ya están aguadas sus alas, cuando sintió bajo sus patas que la roca temblaba, pues de adentro salían como retumbos sin que hubiera caido rayo. Miedo le dio, pero, como los cuervos son muy curiosos, dispuso cerciorarse de dónde venía el ruido. A pesar de su agotamiento, tuvo fuerzas para bajar y con su pico trató de hacer un agujero, pero a pesar de tener pico duro no alcanzó sino a rasguñar apenas lo macizo de la piedra.

“Cansado y todo se fue a buscar a su amigo, el pájaro carpintero. Quién sabe de dónde sacó ñeque, pero voló a contárselo; y como tampoco el pájaro carpintero había comido se devolvieron despacio a la roca donde el cuervo tenía el nido. ‘A taladrar’, dijo aquél, y tac, tac, tac. ‘Mirá que suena hueco’, y tac, tac, tac. Con la resistencia de su pico fue calando una pequeña grieta, y, ¡puchis!, salió un gran cacashtal de mazorcas de maíz que os cubrió toditos. Muchos granos salieron sueltos, desprendidos del shilote; y, como tenían hambre, se dijeron: ‘vamos a probarlos’. Les encantó la comida nueva, el mejor sabor que nunca antes sintieron.

“Con tanta fuerza brotaban las mazorcas que la grieta se hizo rajadura y el maíz subió hasta dejar cubierto el nido del cuervo. Ni importale si tenía que comer, y voló a hacer otro nido lejos, donde no lo molestaran. El pájaro carpintero comió tanto que le creció la timba y no podía volar, hasta que hizo caquita y voló a su casa. Así todos los días, volaban de sus nidos a la roca; el cuervo comía un poco y se regresaba, llevando suficientes granos y mazorcas pequeñas para pasar el día, mientras que el otro pajarito a’i se quedaba empanzando.

“Algunos señores que sembraban verduras vieron volar al cuervo siempre en una dirección, para acá y para allá, y notaron que del pico caían unas cositas blancasy fueron a ver; y de esa manera conocieron los granos de maíz. ‘Vamos a probar si son buenos’, se dijeron. ‘t’an buenos’, comentaron, ‘vamos a seguir a ese cuervo a ver de dónde los trae’. Y así fue como estos señores de antes encontraron este lugar de Paxil, donde había mazorcas blancas, mazorcas coloradas, y amarillas y las pintas, pues. Todas de saborcito distinto.

“Luego vieron que los granitos que el cuervo dejaba caer salían unas plantitas cuando lluvía, y dijeron que se iba a llamar milpa. Fue cuando le pusieron sus cruces a este lugr Paxil.”

 

Tomado de Carlos Navarrete, “Los mitos del maíz entre los mayas de las Tierras Bajas”, Arqueología Mexicana núm. 25, pp. 56-61.

 

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