Pietro Martire d’Anghiera, mejor conocido en el ámbito hispánico como Pedro Mártir de Anglería, fue uno de los primeros europeos en el viejo continente en ver los manuscritos que fueron enviados por Hernando Cortés como regalo al rey Carlos I de España desde los recién adquiridos territorios de ultramar. Como cortesano al servicio de la corona española, el sacerdote humanista pudo observarlos con detenimiento, lo que le permitió hacer algunas observaciones que plasmó en sus De orbe novo decades o Décadas del nuevo mundo:
Vengamos ya a los regalos que se enviaron al rey, empezando por los libros. […] Trajéronlos en cantidad, junto con los demás regalos, los procuradores y enviados de la nueva Coluacán [Tenochtitlan]. […] Los caracteres de que usan son muy diferentes de los nuestros y consisten en dados, ganchos, lazos, limas y otros objetos dispuestos en línea como entre nosotros y casi semejantes a la escritura egipcia. Entre las líneas dibujan figuras de hombres y animales, sobre todo de reyes y magnates, por lo que es de creer que en esos escritos se contienen las gestas de los antepasados de cada rey, y a la manera que los impresores actuales suelen muchas veces, para estímulo de compradores, intercalar en las historias generales, e incluso en los libros de entretenimiento, láminas representativas de los protagonistas.
(Mártir de Anglería, 1964, vol. I, p. 426)
Es notable la perspicacia del humanista que, sin mayores referencias o contexto, no escatimó en conceptualizar como libros a los manuscritos recién llegados que hoy llamamos códices. Igualmente, es notable su apertura mental y espíritu crítico para vislumbrar que estaba ante algún tipo de escritura (aunque no pudiera entenderla), que había una relación orgánica entre lo escrito y las imágenes. De la misma manera, sugirió que el contenido de esos extraños libros remitía al registro y transmisión de noticias acerca de la historia política de los pueblos indígenas. Estas tempranas observaciones –por cierto, todas correctas– sin duda abren la puerta para considerar la existencia de libros de historia y por ende de historiografía en la antigua Mesoamérica. Para comprender cabalmente la relevancia de estos libros indígenas que trataban de tiempos pasados es necesario ubicarlos tanto en su contexto inmediato como en un proceso histórico y cultural mucho más amplio, que no empezó con los códices de los siglos XV y XVI ni terminó con ellos. Se trata de una larga tradición historiográfica mesoamericana.
Es de advertir que, aún en la actualidad, hablar de la historiografía de tradición indígena supone, en ciertos círculos académicos y entre el público en general, entrar de lleno en el terreno de la polémica cuando no del franco escepticismo sistemático. Pues, por una parte, hay quienes niegan la posibilidad misma de existencia de ese tipo de historiografía, pues consideran que el concepto mismo es de raigambre griega y, por lo tanto, inaplicable para otros ámbitos culturales fuera del llamado “mundo occidental”. Algunos más, en la misma línea de pensamiento, consideran que, por lo menos, el concepto de historiografía no es aplicable antes de la plena implantación de las instituciones culturales europeas en la Nueva España, y así desechan por principio la sola idea de historiografía mesoamericana. Otros, alejados de los avances en los estudios de los documentos y textos mesoamericanos, sostienen que no es posible saber qué pensaban los indígenas acerca de su pasado, pues creen que los documentos en caracteres latinos novohispanos son textos inventados o por lo menos manipulados por los hispanos, y también creen que las inscripciones mesoamericanas del periodo Clásico, como las zapotecas o las mayas, son ilegibles o de contenido exclusivamente “mítico” o ritual y que los códices son meras pictografías de las que no se puede obtener información confiable. Algunos más defienden la idea de que el pensamiento mesoamericano es tan peculiar que es irreductible, intraducible e incomprensible para cualquier otra cultura. De esta forma, todas estas posturas niegan, por principio, la posibilidad misma de investigar lo que aquí se propone.
Más allá del escepticismo sistemático, hay que partir del reconocimiento de la presencia de abundantes pruebas y vestigios que atestiguan el gran interés de los pueblos indígenas, mesoamericanos y coloniales, por consignar su historia. Por esa razón, en este ensayo se proporciona una visión general de la cuestión, desde la exposición sucinta de los principales fundamentos conceptuales que hacen posible su estudio, al tiempo que se ofrece un panorama amplio y representativo, pero no exhaustivo, del proceso histórico de la historiografía de tradición indígena. Éste es un proceso de largo aliento, pues comenzará desde los inicios del registro de información, la conmemoración de eventos y personas notables, así como de los sistemas de escritura, hasta las reelaboraciones coloniales de esa tradición historiográfica. El periodo que abarca este proceso va, por lo menos, del Preclásico medio al siglo XVIII, unos 3,000 años de desarrollo.
Miguel Pastrana Flores. Doctor en Historia por la UNAM. Investigador del Instituto de Investigaciones Históricas y profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la misma universidad. Sus intereses académicos giran en torno a la historia, la cultura y la historiografía de tradición mesoamericana.
Tomado de Miguel Pastrana Flores, “Introducción”, Arqueología Mexicana, edición especial, núm. 125, p. 8.

