El Manatí, Veracruz. Historia de un hallazgo

Ponciano Ortiz Ceballos y Carmen Rodríguez Martínez

Hacia finales de los ochenta, en la pequeña comunidad de El Manatí, muy cerca del ejido El Macayal, al sur de Veracruz, unos campesinos decidieron construir estanques para la cría de mojarras. Aprovechando el cauce del manantial de agua dulce que brota al pie del cerro, comenzaron a excavar y descubrieron una ofrenda colectiva compuesta por bustos de madera, hachas de piedra verde, pelotas de hule y otros materiales orgánicos.

Con el tiempo se supo que recuperaron una cantidad considerable de hachas, algunas de jadeíta, y que empezaron a traficarlas con coleccionistas locales, lo que motivó más saqueos y una enorme pérdida de información. También se rumoraba que intentaron vender las esculturas de madera a extranjeros, posiblemente algunas piezas que recientemente recuperó el INAH.

Tal vez presionados por la comunidad, que finalmente se percató del saqueo, los propios excavadores avisaron al INAH en al menos dos ocasiones. La arqueóloga Carmen Rodríguez intuyó la importancia del hallazgo y se lo comunicó al antropólogo Daniel Nahmad, entonces director del Centro INAH Veracruz. Juntos invitaron al maestro Ponciano Ortiz y organizaron una visita para documentar lo sucedido.

En febrero de 1988 se efectuó la primera inspección. Tras un largo trayecto por agua y tierra desde San Lorenzo Tenochtitlán, guiados por el custodio Ignacio González y atravesando bajos, humedales y monte, llegamos por fin. En El Macayal nos recibieron unos campesinos, quienes nos condujeron hasta el pie de los manantiales en el cerro El Manatí, donde se habían hallado los objetos. Ese mismo día visitamos el sitio al atardecer. Nos mostraron los estanques y una colección de hachas, pelotas de hule, vasijas y varios bustos de madera. Algunos estaban resecos y deformes, otros en mejor estado; incluso había piezas con cortes recientes de pala. Seguían húmedos porque tuvieron la ingeniosa (y nada ortodoxa) idea de colocarlos en cayucos llenos de agua, lo que ayudó a su conservación.

Fue realmente sorprendente contemplar tres esculturas extraordinarias y el conjunto de artefactos asociados. Su filiación cultural no dejaba dudas: pertenecían a la cultura olmeca. Por el estilo de la cerámica, consideramos que correspondían a las fases San Lorenzo A y B del sitio San Lorenzo Tenochtitlán, la capital olmeca. Nuestra impresión fue mayúscula, sobre todo al ver un busto en buen estado de conservación con los rasgos típicos de una escultura olmeca de piedra verde. Lo apodamos “el Rey”, por su belleza. No cabía duda de que el hallazgo databa entre 1200 y 900 a.C., como confirmaban las vasijas.

Lamentablemente no pudimos trasladar los objetos de inmediato: viajábamos en un automóvil diminuto, en el que apenas cupieron algunos restos óseos. Planeábamos regresar cuanto antes en un helicóptero que debíamos gestionar con el gobierno estatal. La maestra Rodríguez volvió sola, pues el arqueólogo Ortiz debía atender una beca Fullbright en la Universidad de Nuevo México. Para entonces, los campesinos habían involucrado a la comunidad de El Macayal para pedir mejoras de infraestructura, como un camino hasta el entronque con Hidalgotitlán, y ya no permitieron sacar ni trasladar nada.

Ponciano Ortiz Ceballos. Maestro en ciencias antropológicas especializado en arqueología. Hasta hace poco fungió como investigador de tiempo completo en el Instituto de Antropología de la Universidad Veracruzana.
María del Carmen Rodríguez Martínez. Arqueóloga egresada de la ENAH. Investigadora del Centro INAH Veracruz.

Tomado de Ponciano Ortiz Ceballos y Carmen Rodríguez Martínez, “Las exploraciones en el Manatí. Un hallazgo extraordinario en el área nuclear olmeca”, Arqueología Mexicana, núm. 195, pp. 49-55.