• viernes, 14 de diciembre de 2018

El patrimonio arqueológico de México

Alejandro Martínez Muriel

Nuestro patrimonio arqueológico, formado por el conjunto de vestigios de distintos tipos legado por las sociedades que habitaron México en la época prehispánica, es la fuente fundamental -y en el caso de un largo periodo de nuestra historia, la única- para estudiar y comprender nuestro pasado. La arqueología se sirve del análisis de esos vestigios en la reconstrucción del pasado y para ello es imprescindible el registro cuidadoso de la información asociada (el contexto) que les da sentido. En ausencia de ese registro, poco podemos saber sobre la historia y significado cultural de los vestigios arqueológicos. He aquí la diferencia primordial entre excavaciones arqueológicas y clandestinas.

 

El objeto de la arqueología

Para el hombre, el estudio de su pasado es importante a fin de entender su propia esencia y la función que desempeña en el planeta, además de su relación con las otras especies en el esquema evolutivo. Para este propósito, la arqueología es básica, ya que le proporciona información desde sus orígenes hasta prácticamente el presente. La arqueología es, pues, la ciencia antropológica que estudia el desarrollo del hombre en el tiempo.

A diferencia de la historia, que estudia el pasado humano a través de documentos escritos, la arqueología lo hace a través de los restos materiales que deja el hombre, debido a que no existen documentos escritos para las épocas más antiguas. Consecuentemente, los arqueólogos trabajamos con los antiguos poblados y ciudades, las edificaciones, los artefactos, los "ecofactos" y otros elementos y vestigios de la actividad humana en el pasado.

Un artefacto es un objeto fabricado totalmente por el hombre o un material natural modificado para uso humano, como vasijas, herramientas, adornos personales, etcétera. Los ecofactos, en cambio, son materiales que no han sido modificados por el hombre, pero que nos ayudan a entender su pasado; entre ellos podemos incluir restos de plantas y animales, como semillas, granos de polen, huesos y conchas, entre otros. Hay algunos elementos más que los arqueólogos registramos pero cuya remoción los alteraría o destruiría, ya que por su naturaleza no son muebles, como huellas de postes o de hogares o restos de canales o de edificios.

 

El contexto arqueológico

En la arqueología, la investigación científica es muy
parecida a la de un detective que,
basándose en los restos e indicios
materiales dejados en el lugar de los
hechos, reconstruye lo que sucedió para
explicar el crimen. En el caso del arqueólogo, los restos y vestigios le sirven para reconstruir las formas de vida antiguas y el pasado. Por eso
es muy importante conocer el contexto en que se encuentran los artefactos y elementos arqueológicos, el cual incluye la matriz, la procedencia y su asociación.

La matriz es el medio físico en que se encuentra el material arqueológico y usualmente es alguna forma de suelo, ya sea tierra, arena, grava, etcétera. Su importancia radica en que nos proporciona información valiosa para explicar por qué un elemento o artefacto se encuentra en ella.

La procedencia nos proporciona el lugar exacto donde se localizó un objeto en un espacio de tres dimensiones, dos horizontales, que hacen referencia a la posición geográfica, y una vertical o de profundidad, que es la medición de la altura sobre el nivel del mar. Esas tres medidas nos ayudan a registrar el lugar de donde provienen los artefactos para, posteriormente, reconstruir su posición dentro de la matriz y conocer su asociación con otros elementos y artefactos; de esa manera, se obtiene el contexto que nos ayuda a interpretar el dato arqueológico.

La interpretación de un objeto, por ejemplo, una vasija, es distinta si se encuentra asociada a un fogón en una edificación doméstica o si se asocia a un esqueleto en una tumba. En el primer caso, seguramente se trata de un objeto utilitario que sirvió para preparar alimentos, y en el segundo, podría tratarse de una ofrenda o de un entierro de algún personaje importante. Si la vasija es extraída de su contexto por individuos cuyo fin no sea una investigación arqueológica, pierde todo su valor científico y ya sólo es un objeto "antiguo" o "de arte", que las más de las veces termina en el mercado negro de las piezas arqueológicas.

Debido a que la información arqueológica que se encuentra enterrada es la mejor conservada, la excavación es importante para el arqueólogo, pues por medio de ella puede registrar la ubicación exacta de los objetos de manera tridimensional. El aspecto fundamental de las excavaciones es que todas ellas significan una destrucción de los contextos, ya que, al excavar, se remueve la matriz, la procedencia y sus asociaciones. Es precisamente en la manera de llevar a cabo la excavación donde se distingue el trabajo de un arqueólogo de la actividad de un saqueador, pues el primero lleva un registro minucioso de lo que va encontrando durante el proceso de excavación, por medio de dibujos, fotografías, toma de muestras, medidas y descripciones, mientras que el segundo, que sólo busca encontrar los “tesoros enterrados” para su venta, no lleva ningún tipo de control, por lo que provoca la pérdida de toda la información científica asociada a los objetos.

 

Patrimonio cultural arqueológico

A la importancia científica que los objetos y monumentos arqueológicos revisten, se agrega el hecho de que forman parte del patrimonio cultural de una nación, es decir, son el conjunto de objetos que tienen un valor académico o estético y forman parte de la cultura y los valores de un pueblo. El patrimonio cultural lo constituyen los bienes tangibles o intangibles que definen a una sociedad y la hacen diferente de otras, esto es, definen una parte importante de su identidad; por ello, toda nación debe proteger y conservar esa parte de su patrimonio cultural.

Entre lo que podemos llamar patrimonio arqueológico de México, se encuentran todas las zonas y sitios arqueológicos, así como los objetos y materiales que fueron utilizados por los pobladores del México antiguo. El patrimonio puede incluir desde ciudades, como Teotihuacan, Chichén Itzá o Monte Albán, hasta los restos de un campamento de cazadores-recolectores, pasando por las manifestaciones del arte rupestre, como petroglifos, grabado y pinturas. En cuanto a los objetos, éstos pueden incluir esculturas, como la de Coatlicue, la Piedra del Sol, las estelas mayas, etcétera, además de pequeños artefactos, desde puntas de flecha hasta figurillas en barro y jade, vasijas, etcétera; también se incluyen algunos ecofactos, como semillas de maíz, frijol, aguacate, etcétera, y huesos de animales y conchas.

 

Alejandro Martínez Muriel. Doctor en Antropología con especialidad en Arqueología por la UCLA. Actualmente es Coordinador Nacional de Arqueología del INAH.

 

Martínez Muriel, Alejandro, “El patrimonio arqueológico de México”, Arqueología Mexicana núm. 21 , pp. 6-13.

 

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