Los tiempos que vivimos nos mueven a reflexión. Así como es un acto de justicia reconocer los méritos de quienes han destacado en el campo de la historia y la antropología, no podemos voltear la cara y hacer caso omiso de lo que está sucediendo en nuestro país. Me duele ver que jóvenes egresados de la ENAH no puedan acceder a plazas vacantes porque la Secretaría de Hacienda no acepta su renovación. Me duele saber que la movilidad del escalafón no permite a los investigadores alcanzar mejores posiciones. Me duele profundamente que no se abra la puerta para el nombramiento de nuevos candidatos a eméritos del INAH. Siento profunda tristeza de observar cómo sitios arqueológicos, museos y otras dependencias culturales no cuentan con los apoyos necesarios para su mantenimiento, aunque recientemente la presidenta Sheinbaum dio a conocer que habrá fondos para estas acciones. Actualmente se discute sobre los daños que causó el Tren Maya a los vestigios arqueológicos, al medio ambiente y a las comunidades locales. Lo que escuchamos y vemos a través de inspecciones, videos y fotografías es desolador.
El traslado de fachadas y otros elementos para formar los llamados “Parques de la memoria” son muestra de lo que no debe hacerse. La presencia de militares también ha sido criticada. Puedo equivocarme, pero la última vez que recuerdo la participación de soldados en labores de traslado arqueológico fue hace más de un siglo, en 1885, cuando don Leopoldo Batres utilizó 20 soldados que en 15 días trasladaron la Piedra del Sol desde la torre poniente de la Catedral al Museo Nacional, en la calle de Moneda.
Poco después, allá por 1889-1890, don Leopoldo se da a la tarea de trasladar la monumental escultura de Chalchiuhtlicue de Teotihuacan al Museo Nacional y para esta labor cuenta con el apoyo de un batallón de zapadores y artilleros. Se allanó kilómetro y medio para que la pieza pudiera llegar hasta la estación del ferrocarril, de donde partió a la capital de la República. No olvidemos que Batres fue nombrado capitán de caballería por el presidente Sebastián Lerdo de Tejada en 1876.
Dejé escuchar mi voz cuando se pretendió cambiar la fecha de la fundación de Tenochtitlan con fines políticos y sin base ninguna que sostuviera que aquel acontecimiento había ocurrido en 1321. Lo hice recientemente al leer cómo se quería “blanquear” la historia prehispánica negando aspectos fundamentales de la misma como el sacrificio humano, del que hay sobradas pruebas a través de códices, esculturas, relieves, pintura mural y restos osteológicos humanos. Lo importante es saber las razones que llevaban a esta práctica que vemos presente en muchos pueblos de la antigüedad y no pensar, como los frailes del XVI, que todo era obra del demonio…
Es mi deseo que esta institución, que en este año cumplió 87 años de historia, continúe por el camino que le fue asignado en 1939, reforzado por la aprobación, en 1972, de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos…
Eduardo Matos Moctezuma. Maestro en ciencias antropológicas, especializado en arqueología. Fue director del Museo del Templo Mayor, INAH. Miembro de El Colegio Nacional. Profesor emérito del INAH.
Tomado de Eduardo Matos Moctezuma, “Estos tiempos que vivimos…”, Arqueología Mexicana, núm. 198, pp. 9-11.

