• lunes, 18 de junio de 2018

La antropología del comportamiento y la arqueología

Xabier Lizarraga Cruchaga

El estudio antropofísico del comportamiento puede aportar reflexiones y análisis al hacer arqueológico, en la medida en que permite abordar el cómo, el para qué y el porqué de las actividades que derivaron en huellas del hacer humano que, hoy por hoy, son el material de trabajo y el objetivo de estudio de la arqueología, con el fin de conocer las culturas y los pueblos del pasado.

 

Los vínculos académicos entre los haceres arqueológico y antropofísico son más que evidentes, en la medida en que los restos óseos (amén de ser restos arqueológicos) nos permiten conocer un poco a los individuos que crearon las estructuras arquitectónicas, las vasijas, los códices, las esculturas y demás expresiones de la vida y las creencias de los pueblos del pasado. Sin embargo, pocas veces tiende a pensarse que una perspectiva antropofísica, como lo es la antropología del comportamiento, deviene no sólo útil sino imprescindible para comprender en mayor medida quiénes eran los habitantes de las hoy zonas arqueológicas y cuáles las motivaciones o razones por las que hicieron lo que hicieron, más allá de las técnicas que podemos inferir a partir del estudio mismo de las herramientas y los restos arqueológicos, así como de las inferencias que podemos hacer sobre las condiciones del entorno en que se desarrollaron tales grupos, a partir del estudio de los estratos y las huellas geológicas dejadas por el transcurrir del tiempo. La antropología del comportamiento, por ejemplo, nos mueve a pensar que esos medios ambientes que tomamos en cuenta para analizar e interpretar la vida de las poblaciones pasadas, no sólo se refieren al escenario geográfico, vegetal, zoológico, orográfico, hidrográfico y climatológico, sino también al producto mismo del hacer de los hombres, que modifican las condiciones iniciales para utilizarlas y sacarles el mejor provecho. El medio ambiente (que en términos amplios incluye las alteraciones producidas por el grupo y las mismas estructuras arquitectónicas) finalmente también es producto de las necesidades fisiológicas para sobrevivir y reproducirse (como individuos y como grupo); un ambiente incluso es producto de las necesidades creadas por los estilos de vida, las creencias, los encuentros y desencuentros con otros grupos: la actividad, el comportamiento en general, no sólo modifica los espacios sino que además condiciona en más de una forma la relación entre éstos y los individuos.

Desde una perspectiva comportamental, las culturas del pasado, como las actuales, no son otra cosa que expresiones múltiples y variadas del comportamiento humano, mediadas por el hacer humano en el nivel de los individuos y en constante transformación a lo largo del devenir histórico. Un pueblo es lo que es en virtud de las características y capacidades de los rasgos y herencias biológicas de su población y de las características del entorno: sin duda somos, como atinadamente dijera el gran Ortega y Gasset, producto de nuestras circunstancias, y tales circunstancias sin duda son las cargas genéticas, los rasgos somatológicos, las cualidades fisiológicas, así como las capacidades responsivas (comportamientos), los escenarios de vida, las historias grupales y personales, a lo que se añaden los azares con que, tanto los individuos como los grupos, tenemos que enfrentarnos, para bien o para mal: un terremoto, la llegada de un invasor, las políticas y creencias del grupo-sociedad, una epidemia, una sequía... Todo ello determina, modifica o influye en nuestras posibilidades de crear instrumentos, en las creencias y las posibilidades u obstáculos que nos permiten o impiden innovar, modificar o consolidar los espacios. Finalmente, las costumbres y creencias, así como las construcciones, los instrumentos y herramientas de un pueblo, son evidencia del comportamiento, tanto individual como grupal.

 

Lizarraga Cruchaga, Xabier, “La antropología del comportamiento y la arqueología”, Arqueología Mexicana núm. 104, pp. 78-83.

 

Xabier Lizarraga Cruchaga. Licenciado en antropología física por la ENAH, maestro en ciencias antropológicas por la UNAM, con estudios y tesis de doctorado concluidos en el IIA de la UNAM. Profesor de tiempo completo de la ENAH de 1978 a 1997. Actualmente es profesor investigador de la Dirección de Antropología Física del INAH (donde fue director de 2004 a 2007, y donde tiene registrado el proyecto de investigación Propuesta de un Modelo Teórico-metodológico para una Antropología del Comportamiento). Especialista en comportamiento humano.

 

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