• 20-sep-2019

Los bultos sagrados. Identidad fundadora de los pueblos mesoamericanos

Guilhem Olivier

Testigo de la entrada en la historia de un pueblo, el tlaquimilolli o bulto sagrado contenía los símbolos de una deidad tutelar así como la memoria histórica del pueblo cuya identidad resguardaba. En la frontera entre la historia mítica y el pasado de los hombres, el bulto sagrado expresaba en sus elementos constitutivos la acción de la deidad protectora y los acontecimientos fundadores de la identidad de los pueblos.

 

Famosa es la imagen de los aztecas en la Tira de la Peregrinación caminando desde su lugar de origen Aztlán hacia la fundación de su capital México-Tenochtitlan. Los cuatro teomama o portadores de dioses van cargando a cuestas bultos de tela; del primero emerge la cabeza de un hombre con un yelmo de colibrí, Huitzilopochtli, la deidad tutelar de los mexicas. Los tlaquimilolli fueron plasmados en varios soportes materiales: vasijas mayas del periodo Clásico, manuscritos pictográficos religiosos del llamado grupo Borgia y códices históricos mixtecos y nahuas, etc. Entre las fuentes escritas, los testimonios abarcan desde el Popol Vuh de los mayas quichés de Guatemala, varias crónicas del México central, hasta fuentes inquisitoriales, a los cuales se pueden añadir datos etnográficos.

Sin lugar a dudas, los tlaquimilolli o bultos sagrados ocupaban un lugar prominente en la religión mesoamericana. Por ejemplo, fray Andrés de Olmos, uno de los primeros cronistas de la civilización mexica, afirma que estos bultos constituían “la principal devoción de los indios”. Sin embargo, las fuentes sobre los tlaquimilolli que hemos enumerado son dispersas y a menudo poco explícitas. El carácter secreto de los ritos dedicados a los bultos sagrados, así como la persistencia de cultos clandestinos durante la época colonial, explican la discreción de los informantes indígenas. Llama la atención por ejemplo la casi ausencia de testimonios sobre estos objetos religiosos en la magna obra de fray Bernardino de Sahagún. Al respecto, cabe recordar que las pesquisas de los primeros inquisidores encabezados por fray Juan de Zumárraga para descubrir el paradero de los tlaquimilolli procedentes del Templo Mayor de Tenochtitlan fueron infructuosas.

 

Origen y elementos constitutivos de los tlaquimilolli

 

La palabra náhuatl tlaquimilolli significa “cosa envuelta”, y se deriva del verbo quimiloa, “envolver algo en mantas”, que significa también “amortajar muerto”. De hecho los bultos sagrados fueron creados a partir de los restos de deidades muertas. En Teotihuacan, Nanáhuatl y Tecuciztécatl se transformaron en Sol y Luna después de lanzarse a una hoguera. Frente a la inmovilidad de los astros, las otras deidades fueron sacrificadas, a petición del Sol. Los dioses inmolados dejaron unas mantas a sus devotos, quienes “…envolvían estas mantas en ciertos palos, y haciendo una muesca o agujero al palo, le ponían por corazón unas pedrezuelas verdes [de jade] y cuero de culebra y tigre”. Así fueron formados los bultos sagrados y cada uno portaba el nombre de un dios. Se precisa que los indios veneraban más a estos bultos sagrados que a sus estatuas de piedra o de madera. Otros relatos narran el origen del tlaquimilolli de deidades específicas: por ejemplo, el que portaba Mixcóatl se formó a partir de las cenizas o de un pedernal que surgió de la cremación de la diosa Itzpapálotl; los mexicas veneraban el máxtlatl o taparrabo de Huitzilopochtli o bien un tlaquimilolli que contenía sus huesos; en cuanto a los habitantes de Tezcoco, éstos rendían culto a Tezcatlipoca, cuyo bulto sagrado contenía el hueso de su pierna o bien un espejo envuelto en mantas.

 

Olivier, Guilhem, “Los bultos sagrados. Identidad fundadora de los pueblos mesoamericanos”, Arqueología Mexicana núm. 106, pp. 53-59.

 

Guilhem Olivier. Doctor en historia. Investigador en el Instituto de Investigaciones Históricas y profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

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