• 18-abr-2021

Por incomprensibles fueron enterrados

Juan Villoro

Como la Coatlicue, el espejo de Tezcatlipoca producía incómodos asombros. El temor derivaba menos de los objetos que de la forma de verlos. En consecuencia, se optó por el tranquilizador remedio de ocultarlos. El disco de obsidiana y los ídolos incomprensibles fueron enterrados.

La arqueología los traería de vuelta. El escritor inglés D.H. Lawrence visitó México en 1923, cuando numerosas efigies eran excavadas. Esto confirmó su idea de que fuerzas telúricas y religiosas regresaban para modificar una realidad que Occidente había vulgarizado. Tres años después publicó su novela La serpiente emplumada, más interesante como especulación teosófica que como literatura. En 1924, José Juan Tablada había publicado fragmentos de una novela similar en el periódico El Universal: La resurrección de los ídolos. Es posible que Lawrence leyera esos pasajes; lo cierto es que el clima de recuperación arqueológica estaba en el ambiente.

Imagen: Izquierda: Excavaciones de Manuel Gamio en la pirámide de Quetzalcóatl, Teotihuacan, ca. 1918-1921. Foto: Archivo Técnico de la Coordinación Nacional de Arqueología (ATCNA) / INAH. Derecha:  Pirámide de la Serpiente Emplumada o Templo de Quetzalcóatl. Teotihuacan, estado de México. Foto: Carlos Blanco / Raíces.

 

 Esta publicación puede ser citada completa o en partes, siempre y cuando se consigne la fuente de la forma siguiente:

Villoro, Juan, “Una linterna alumbra el pasado”, Arqueología Mexicana, edición especial, núm. 95, pp. 14-29.

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