• 18-oct-2021

Tlahtoani y cihuacóatl. Una dualidad teocrática en México-Tenochtitlan

Patrick Johansson K.

La relación del tlahtoani y del cihuacóatl en el alto mando mexica podría trascender los niveles político-administrativos de la estructura social indígena, reflejar en la tierra la dualidad religiosa que prevalece en un ámbito cosmológico y, en última instancia, reproducir el modelo fundacional de México-Tenochtitlan.

 

En la mayoría de las fuentes manuscritas en español y en náhuatl, así como en los documentos pictográficos que atañen al orden político en México-Tenochtitlan, el tlahtoani aparece como el máximo jerarca en la cúspide de la pirámide social mexica. Dicho jerarca no parece compartir el poder con nadie. En algunas de estas fuentes se perfila sin embargo, aunque de manera más tenue, la figura de un alto personaje: el cihuacóatl, literalmente “mujer-serpiente” (o “serpiente hembra”) cuyas funciones no quedan claramente establecidas. Ciertas crónicas lo refieren como “virrey” (tlatocapilli), como “juez criminal”. Otras le confieren el mando supremo de los ejércitos mexicas, tareas político-administrativas diversas o atribuciones relacionadas con ciertas formas de culto y con la muerte.

La relación del tlahtoani y del cihuacóatl en el alto mando mexica, mal definida en las crónicas, por razones que aducimos más adelante, podría trascender  los niveles político-administrativos de la estructura social indígena, reflejar en la tierra la dualidad religiosa que prevalece en un ámbito cosmológico y, en última instancia, reproducir el modelo fundacional de México-Tenochtitlan

 

El mando celestial: una dualidad cosmológica

La gesta mitológica mediante la cual se deifican los entes naturales define sus características religiosas, su función, así como las relaciones de poder en las que se integran. Aduciremos sucintamente algunos de los numerosos paradigmas que podrían haber fungido como modelos ejemplares de la dualidad en el poder.

Nanahuatzin y Tecuciztecatl. En torno al fuego mitológicamente generado y eje del movimiento temporal, se articula la dualidad con el sacrificio de Nanahuatzin y Tecuciztécatl y la subsecuente creación del Sol y de la Luna, con su movimiento cíclico vital: ollin. A la pregunta de los dioses: ¿Aquin tlatquiz, aquin tlamamaz, in tonaz, in tlathuiz? (Códice Florentino, VII, 2), “¿Quién se encargará, quién tomará a cuestas el hacer el día y la luz del amanecer?”, responde Tecuciztécatl: Teteoyé ca nehuatl niyez, “oh dioses yo seré”. Los dioses preguntan entonces: ¿Aquin oc ce?, “¿Quién más?” Nadie contesta y los dioses proceden entonces a designar al otro: tehuatl tiyez nanahuatzé, “Tú serás oh Nanahuatzin”.

El riguroso paralelismo de las dos frases y su inversión tanto semántica como sintáctica permite inferir, antes de que las peripecias mitológicas subsecuentes lo expliciten, que el que se encargará de alumbrar al mundo: el Sol, será  el que fuera elegido por los dioses y no el que se autoproclamó. Este modelo cosmológico regirá el orden político mexica en el que el tlahtoani era elegido, dentro del linaje, por sus pares y no podía surgir de una iniciativa propia. Asimismo el uno que se volvió el otro, en el mundo celestial: la Luna, sugiere que había también otro en el alto mando político, subordinado de alguna manera a la voluntad del primero (o de los dioses).

Así como lo expresa implícitamente la inversión en el orden de las palabras, el primero se volvió el segundo en mando: Tecuciztécatl, el rico o mejor dicho el representante de la civilización, autoproclamado, fue la Luna, y Nanahuatzin, el pobre, representante de la naturaleza y designado, fue el Sol.

Una vez instaurado el movimiento vital (ollin), el Sol (tonalli) y la Luna (meztli) van a regir el curso existencial del mundo con la alternancia día/noche y la subsecuente subordinación del ente selénico al ente helíaco en el mando celestial. La proximidad paronímica entre tlahtoca (con oclusiva glotal), “gobernar”, y tlatoca, “seguir”, podría ser pertinente en este contexto definiendo asimismo la relación entre el Sol y la Luna, entre el tlahtoani y el cihuacóatl.

Huitzilopochtli y Coyolxauhqui. De manera más específicamente mexica la gesta de Huitzilopochtli y el sacrificio de su hermana Coyolxauhqui culminan con la instauración del mando bicéfalo jerárquicamente definido del Sol y de la Luna  en el ámbito celestial. En este caso, resulta interesante observar que Huitzilopochtli colocó la cabeza cercenada de su hermana en la orilla de la cima del monte estableciendo el carácter decentrado de su mando selénico.

Los aztecas se vuelven mexicas. En un ámbito mitológico parecido al que propone la creación del Sol y de la Luna, los textos verbales y pictográficos que relatan la llamada “peregrinación de los aztecas” de Aztlan  a lo que sería México-Tenochtitlan, refieren un desprendimiento del pueblo “elegido” de los demás pueblos, un antagonismo de los aztecas frente a los mimixcoas, un cambio de gentilicio impuesto por el dios Huitzilopochtli, consagrado por el sacrificio del numen selénico Teoxahualli (véase Johansson, 2004, pp. 351-379), así como una subsecuente instauración de la dualidad religiosa con el águila solar y el ente lunar extendido sobre la biznaga.

El águila y la serpiente. En el proceso formativo de la nación mexica, según varias crónicas, el tunal selénico que brotó del corazón sacrificado de Cópil (hijo de Malinalxochitl) y el águila; o el águila y la serpiente establecen a su vez una dualidad fundacional del Estado mexica. En ciertas fuentes, el águila devora un ave más pequeña y se menciona la presencia de un hormiguero (azcapotzalli) al pie del tunal. En la imagen del Manuscrito Tovar que ilustra la fundación de México-Tenochtitlan, la dualidad política es visualmente aprehensible en la figura de los dos personajes: Ténoch y Tochpan, sentados en sus respectivas esteras.

Huitzilopochtli y Tláloc. En la parte final de la “peregrinación”, cuando los mexicas llegaron al lugar del portento al pie del tunal, Axoloa se sumergió en un ojo de agua y, bajo el agua, el dios local Tláloc le reveló que reinaría en este lugar con “su hijo” Huitzilopochtli. Dijo Axoloa:  Ca oniquittato yn tlalloc. ca onechnotz ca quitohua: “Ca oacico yn no piltzin yn huitzillopochtli ca nican ychan yez ca yehuatl ontlaçotiz ynic tinemizque in tlalticpac ca tonehuan” (Códice Aubin, fol. 25r), “Vi a Tlaloc, me habló, dice: ‘Llegó mi hijo Huitzilopochtli aquí será su casa; él será honrado. Así existiremos en la tierra, los dos juntos’ ”.

Esta dualidad fundamental se haría arquetípicamente manifiesta en el Templo Mayor de México-Tenochtitlan y en el alto mando de la urbe mexica.

A estos planteamientos mitológicos que establecen la dualidad cosmológica podemos añadir una verdadera letanía de antagonismos vitalmente estructurados que la confirman implícitamente: el día y la noche, la existencia y la muerte, lo masculino y lo femenino, el tiempo de verdor, xopan, y el tiempo de sequía, tonalpan, etc., los cuales  se oponen y se integran de alguna manera en las figuras y las funciones del tlahtoani y del cihuacóatl.  En el rubro del saber, los inventores del calendario y patronos de la sabiduría, los ancianos Oxomoco y Cipactónal, establecen asimismo una dualidad, la cual emula a la de Quetzalcóatl-Ehécatl y Tezcatlipoca.

Huitzilopochtli y la diosa Cihuacóatl. El sacrificio y desollamiento de la hija del rey de Colhuacan, Achitómetl, por los mexicas y su consagración como su diosa con el nombre de Yaocíhuatl, “mujer guerrera”, otro nombre de la Cihuacóatl, establecen también una red intrincada de relaciones político-religiosas (mitológicamente procesadas) entre Colhuacan y México-Tenochtitlan. Una dualidad religiosa fundamental se podría haber producido entonces entre el dios tribal mexica Huitzilopochtli y la diosa tutelar de Colhuacan: Cihuacóatl.

Este “anclaje” geopolítico de los nómadas mexicas en Colhuacan culminó en el año 1 técpatl (1376) con la designación de Acamapichtli, principal de Colhuacan (o hijo de un señor mexicano, Opochtzin, y de una señora de  Colhuacan, Atotoztli, según otras fuentes), como primer tlahtoani de México-Tenochtitlan. Si observamos la representación del reino de Acamapichtli en el Códice Mendocino, éste parece haber comenzado a gobernar como cihuacóatl en el año 1 pedernal  antes de ser entronizado como tlahtoani en el año 8 caña (1383).

 

Patrick Johansson K. Doctor en letras por la Universidad de París (Sorbona). Investigador del Instituto de Investigaciones Históricas y profesor de literaturas prehispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras, ambos de la UNAM.

 

Johansson K., Patrick, “Tlahtoani y cihuacóatl. Una dualidad teocrática en México-Tenochtitlan”, Arqueología Mexicana núm. 133, pp. 22-29.

 

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