• 19-ago-2019

Anedoctario arqueológico. Dos casos insólitos

Eduardo Matos Moctezuma

A veces ocurren cosas que uno no se explica pero que por sus características resultan sorprendentes y a la vez conmovedoras. Voy a relatar dos hechos que acontecieron poco tiempo después de que iniciamos nuestras excavaciones en el Templo Mayor de Tenochtitlan. Recordemos que el hallazgo de la monumental escultura de la diosa Coyolxauhqui por obreros de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro ocurrió el 21 de febrero de 1978. Nuestros trabajos comenzaron el 20 de marzo del mismo año. Pues resulta que al poco tiempo de haberlos iniciado se desbordó el interés de la gente por saber qué estaba saliendo en aquella histórica esquina de las calles de Guatemala y Argentina. Todos los martes, a las 13 horas, llegaban los reporteros a la cita que habíamos acordado para darles la información de los hallazgos.

Esto era importante pues era una oportunidad, como lo comenté con mis colaboradores, de mantener informadas a las personas que mostraban interés en el tema. Como dije, eran tantas las personas que deseaban conocer acerca de lo que allí ocurría que un buen día le propuse al director del INAH, don Gastón García Cantú, que abriéramos los sábados durante dos horas (de 10:00 a 12:00) para que los visitantes pudieran observar a la diosa lunar y las cabezas de serpiente que formaban parte del Templo Mayor. Accedió de buen gusto y para tal fin hicimos una pasarela ubicada enfrente de la escultura para que pudiera ser observada y así, sin mayor explicación, se tuviera una idea de aquel hallazgo histórico. La medida fue un éxito, pues cada sábado la gente se agolpaba a la entrada para poder acceder al lugar para ver a la diosa y salir nuevamente a la calle.

Un buen día me encontraba junto con el jefe de seguridad viendo pasar a los visitantes. De repente, un joven se inclinó hacia la escultura y arrojó algo sobre ella. De inmediato nos alarmamos pero pronto pudimos ver de qué se trataba: ¡había colocado una rosa a los pies de la diosa….! Quise que localizaran al joven pero éste ya no pudo ser alcanzado. Me interesaba platicar con él acerca de su acción, pero no fue posible. Sin embargo, este hecho nos dice mucho de diversas cosas.

El otro caso ocurrió en el Palacio de Bellas Artes, donde el presidente había inaugurado la exposición de objetos del Templo Mayor. Una de las piezas, un Xiutecuhtli de unos 30 cm de altura, estaba exhibido sin capelo, es decir, sin la protección que lo cubriera. Le comenté a la directora del Museo del Palacio, Miriam Kaiser, que pusiera vigilancia especial cerca de la pieza para que no pudieran tocarla los visitantes. Un día me habló al Templo Mayor y me dijo:

–Eduardo, te quiero contar lo que acaba de ocurrir con el Xiutecuhtli…

De inmediato pensé que se había caído o sufrido algún daño. Me contó lo siguiente:

–Puse la vigilancia que pediste. El guardia me acaba de contar que llegó una señora de rebozo, se hincó frente al dios y se persignó, y le oyó decir: “Cómo has sufrido, pero ya estás aquí…”

Acto seguido sacó un pequeño ramo de flores y las colocó al pie del dios viejo, del fuego y del año. Al ver aquella actitud, el guardián se acercó y recogió las flores y se las llevó a la directora.

No son casos únicos en la arqueología mexicana. A principios del siglo XIX el obispo Benito María Moxó y Francoly relata en sus Cartas Mexicanas cómo gente del pueblo burlaba la vigilancia de los bedeles de la universidad y se las ingeniaba para ir a postrarse ante la monumental escultura de Coatlicue, arrumbada en un rincón de la Casa de las Musas, como llamó el fraile a la Real y Pontificia. Llegaban con cirios encendidos y se arrodillaban ante ella. Hay que advertir que esto no ocurría frente a la escultura de la Piedra del Sol o Calendario azteca, empotrada en la torre poniente de la Catedral y a la vista pública, lo que me ha llevado a pensar que no eran intentos de idolatría, como la calificaron los frailes de la universidad, sino al ver que esta última era apreciada por los españoles, la otra era la negada, y a poco fue enterrada en el patio de aquel recinto. No hay que olvidar que estábamos a pocos años del comienzo del movimiento de Independencia…

Han pasado muchos años de eso y los ejemplos continúan. Sólo mencionaré cómo cuando salió el Señor de las Limas en el municipio de Jesús Carranza, Veracruz, el 16 de julio de 1965, los pobladores le colocaron guirnaldas y veladoras antes de que la rescatara para el Museo de Xalapa el arqueólogo Alfonso Medellín Zenil. Buenos dibujos de este hecho nos dejó el artista Alberto Beltrán en el Boletín del INAH . En este caso se trataba de una pieza olmeca de antes de nuestra era y cabe añadir que fuimos enviados el arqueólogo Héctor Gálvez y yo para trasladar la pieza a la Ciudad de México, pero mi buen amigo Alfonso se adelantó y la llevó a Xalapa, donde en 1970 fue robada para ser recuperada en el sur de Estados Unidos y regresada al país. No tengo explicación para estos hechos, pero ocurrieron tal como los he relatado.

 

Matos Moctezuma, Eduardo, “Dos casos insólitos”, Arqueología Mexicana, núm. 157, pp. 86-87.

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