• 24-ago-2019

Azcapotzalco y los orfebres de Moctezuma

Leonardo López Luján, Jorge Arturo Talavera González, María Teresa Olivera,

José Luis Ruvalcaba

Diversos testimonios históricos nos hablan de la existencia en Azcapotzalco de una larga tradición del trabajo de los metales. La arqueología, la antropología física, la arqueozoología y la ciencia de materiales lo corroboran por medio del análisis de un excepcional entierro excavado en los ochenta del siglo pasado.

 

Los plateros del rey

En su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Bernal Díaz del Castillo se refiere en cinco ocasiones a un grupo de “grandes oficiales” de la orfebrería, a quienes denomina de manera enigmática como los “plateros del gran Montezuma”. El soldado español se limita a explicarnos que el soberano mexica “destos tenia tantos y tan primos en un pueblo que se dice Escapuzalco, una legua de Méjico”, lugar que por ello “solíamos llamar el pueblo de los Plateros”.

En uno de dichos pasajes, Díaz del Castillo nos cuenta que Hernán Cortés mandó llamar a estos orfebres a la ciudad de Tenochtitlan, tras haber descubierto accidentalmente en una cámara secreta del palacio de Ayaxácatl el tesoro que Moctezuma había heredado de sus antepasados. En cuanto llegaron a la isla, el capitán les ordenó arrancar sin miramientos el oro que engalanaba imágenes divinas, armas, divisas y ornamentos de toda índole, elaborados éstos con plumas preciosas, maderas finas, pedrería, ámbar, textiles y otros materiales que los europeos despreciaron mandándolos directamente a la hoguera.

 …y para verlo y quitarlo [el oro] de sus bordaduras y donde estaba engastado tardamos tres días, y aun para quitarlo y deshacer vinieron los plateros de Montezuma de un pueblo que se dice Escapuzalco. Y digo que era tanto, que después de deshecho eran tres montones de oro, y pesado hubo en ellos sobre seiscientos mil pesos... Y se comenzó a fundir con los indios plateros que dicho tengo, naturales de Escapuzalco, y se hicieron unas barras muy anchas de ello, de medida como de tres dedos de la mano el anchor de cada barra (Díaz del Castillo, 1969, p. 188).

A la hora de distribuir el metal amarillo, Cortés adjudicó el consabido quinto al monarca español, otro tanto para sí y una suma indeterminada para subsanar gastos varios de la expedición. Al final y tomando como base la jerarquía individual, el capitán dividió el remanente entre sus hombres. A los soldados de a pie les tocó una suma irrisoria, por lo que algunos se negaron a recibir una dádiva que nada tenía que ver con sus mayúsculos esfuerzos y, sobre todo, con sus expectativas. Lo interesante del caso es que, terminado el reparto, los conquistadores requirieron de nueva cuenta los servicios de los orfebres azcapotzalcas, aunque ahora para que les confeccionaran a pedido individual “joyas de muchas diversidades de hechuras”, “grandes cadenas de oro y otras piezas de vagillas para su servicio”.

 

El pueblo de los plateros

Las escuetas remembranzas de Díaz del Castillo sobre los llamados “plateros de Montezuma” hacen preguntarnos por qué este experimentado grupo no residía en Tenochtitlan y laboraba, como casi todos los orfebres, en el Totocalli o Casa de las Aves, es decir, en los talleres del principal complejo palaciego de la isla. Las respuestas a esta interrogante quizás se encuentran en razones de índole económica, así como en la peculiar configuración social y política de Azcapotzalco. Recordemos, en primer lugar, que la antigua capital de los tepanecas era una pujante urbe, dotada de un entorno fértil y bien irrigado, una población cuantiosa y un denso patrón de asentamiento. Su marcado carácter artesanal se veía favorecido por la llegada constante de materias primas, productos semiprocesados y objetos terminados a través de complejas redes comerciales y tributarias. De esta manera, los orfebres azcapotzalcas podían hacerse de la cera de abeja y la resina de copal para la elaboración de modelos; de metales como el oro, la plata, el cobre y el plomo en estado nativo o mineral, y del alumbre para lograr productos con superficies enriquecidas en oro. Otros de los insumos indispensables para su quehacer se obtenían en las inmediaciones de Azcapotzalco: la madera que servía como fuente calórica; el carbón, la arcilla y la arena para la confección de moldes, y el tequesquite para reducir el punto de fusión y eliminar fácilmente la escoria.

En segundo lugar, evoquemos aquí que, junto al dominante sustrato demográfico tepaneca –de cultura otomiana-matlatzinca– de Azcapotzalco, hubo una importantísima presencia mexica en esta ciudad desde el siglo xiii hasta el xx. Dicho ingrediente poblacional tiene como hito el año de 1428, cuando Tenochtitlan venció por las armas a Azcapotzalco, quitándole su estatus de capital de todos los tepanecas y despojándola de una parte de su territorio. Desde entonces y hasta principios del siglo pasado, la ciudad quedó dividida en dos jurisdicciones, cada una con su propio tlatoani y diferente composición étnica: por una parte, el Tepanecapan con 12 barrios y ocupando la mayoría del sector occidental del asentamiento y, por la otra, el Mexicapan con 14 barrios y abarcando buena parte del sector oriental.

A partir de lo hasta aquí expuesto, parecería lógico que los “plateros de Montezuma” hubieran conformado un calpulli tenochca avecindado en el Mexicapan, una colonia que nunca habría perdido sus vínculos originales de dependencia. Así lo apoya la propuesta de José Antonio González Gómez, en el sentido de que las actividades orfebres en Azcapotzalco habrían tenido como escenario el barrio de San Miguel Amantla, también conocido como San Miguel Ahuexotla. Se infiere lo anterior a partir de la inscripción en lengua náhuatl “sanc miguel tlapitzac inic nazcalli io nimaual monivestiz y machiotl y cruz”, esculpida en la fachada del templo cristiano y que incluye la palabra tlapítzac, alusiva a la fundición. Señalemos a este respecto que San Miguel Amantla formaba parte del Mexicapan y que se cree que allí residían también los expertos en el arte plumario.

Sea como fuere, la existencia de una tradición orfebre en esta ciudad se confirma en el hecho de que el dios ígneo Otontecuhtli –también conocido como Ocotecuhtli y Cuécuex– era tanto patrono de Azcapotzalco como protector de los gremios de los lapidarios y los orfebres. En efecto, en el folio 271r de los Primeros Memoriales se dice explícitamente en náhuatl “Otontecuhtli: tlatequiliztli teocuitlapitzaliztli”, lo que Miguel León-Portilla ha traducido como “Al señor de los otomíes: la fabricación de piedras (finas) y el fundir metales preciosos”.

De manera sugerente, las actividades metalurgistas y orfebres se perpetuaron en Azcapotzalco a todo lo largo del periodo colonial. Efectivamente, sabemos que en los siglos xvi y xvii sus habitantes producían tanto campanas y piezas de artillería de bronce como joyas y otros ornamentos de plata, tal y como lo prueba una serie de documentos del Archivo General de la Nación estudiados por el mismo González Gómez. A este último respecto, en 1583 la Audiencia de México nombró al indígena Domingo Valeriano para vigilar que no se labrara plata sin quintar, y en 1616 el virrey Diego Fernández de Córdoba exoneró a un grupo de orfebres del servicio personal y el repartimiento para que hicieran alhajas para su propia familia. Sin embargo, el arte de la platería se fue abandonando de manera gradual y por razones económicas en favor del trabajo del bronce, generalizándose así la fabricación de campanas, clavos y goznes. Aún sobreviven hoy, empero, algunos talleres dedicados a la plata, entre los que destaca el de los descendientes del señor Juventino López en la calle Recreo, barrio de Santa María Malinalco, perteneciente al antiguo Mexicapan.

 

El sepulcro de un artesano

La tradición orfebre a la que aluden estos documentos históricos también dejó vestigios materiales, en su mayoría cascabeles e instrumentos de cobre y bronce que han sido descubiertos de manera recurrente en contextos arqueológicos de Azcapotzalco y que hoy se atesoran en diversos museos de México y el extranjero. Especialmente significativos en este sentido son los hallazgos arqueológicos realizados en el eje Refinería-Azcapotzalco entre las calles E y Tepantongo, a un lado de la estación Azcapotzalco del Metro, en el barrio de San Marcos Ixquitlan del antiguo Tepanecapan. Entre finales de 1980 y mediados de 1982, un grupo de especialistas de la entonces Subdirección de Salvamento Arqueológico del inah exploró ahí una ocupación del Posclásico Tardío (1325-1521 d.C.), y registró un total de 326 entierros humanos.

Como era de esperarse, muchos de los individuos exhumados en dicha área contaban con objetos metálicos entre sus ofrendas funerarias, destacando el personaje del llamado entierro 240. En efecto, en agosto de 1981 tocó en suerte al arqueólogo Román Chávez y al antropólogo físico Arturo Talavera excavar este sepulcro dotado de una ofrenda única en varios sentidos. Estaba asociado a un adoratorio de pequeñas dimensiones y ocupaba el interior de una fosa cavada bajo un apisonado de tierra. Se trataba de un adulto cuyo cadáver había sido flexionado y recostado sobre su flanco derecho con una orientación norte-sur. Su esqueleto tenía las huellas propias de siglos de enterramiento, con daños ocasionados por la humedad, las raíces y los hongos.

Un detallado estudio óseo, realizado en fechas recientes en la Dirección de Antropología Física, ha revelado que era un varón de 1.63 m de altura, con el cráneo deformado intencionalmente por una compresión tabular erecta superior y que falleció entre los 45 y los 50 años de edad. También es claro tras el análisis que, a lo largo de su vida, este individuo no gozó de una alimentación balanceada; así lo demuestran la hiperostosis porótica en los parietales y el occipital por deficiencias en el consumo de hierro y la criba orbitalia en las cavidades oculares por anemias severas. Además, sufrió otros problemas de salud como las migrañas, distinguidas por la presencia de corpúsculos de Pacchioni en la parte interna del cráneo; un avanzado desgaste dentario, quizás debido a la ingesta de alimentos duros o fibrosos, el cual afectó las cavidades pulpares y ocasionó la pérdida de varias piezas; caries y presencia de sarro; inflamación de las encías que provocó la reabsorción del hueso; inflamación del periostio en fémures y tibias, tal vez causada por traumatismos, y procesos infecciosos en los fémures por una insuficiente circulación sanguínea.

Por si esto fuera poco, el esqueleto del entierro 240 presenta otras alteraciones patológicas generadas por el estrés ocupacional, es decir, por las actividades laborales del individuo. Se observaron varias entesopatías –afectaciones en el tejido cortical de los huesos por las inserciones de tendones y músculos– en clavículas, húmeros, radios, cúbitos y rótulas, resultantes de movimientos repetitivos que involucran grandes esfuerzos: la proyección de la espalda hacia delante y hacia atrás; la flexión de la mano con aducción y abducción del brazo; la elevación de los brazos hacia adelante con un movimiento de rotación hacia adentro; la extensión constante del codo; la firme sujeción de objetos con las manos, y los prolongados periodos en cuclillas. A nuestro juicio, tales patologías nos remiten a la cotidiana y mecánica ejecución de muy peculiares tareas artesanales.

 

Leonardo López Luján. Doctor en arqueología por la Université de Paris X-Nanterre. Director del Proyecto Templo Mayor, inah.

Jorge Arturo Talavera González. Licenciado y maestro en antropología física, y doctor en etnohistoria por la enah. Investigador de la Dirección de Antropología Física, inah.

María Teresa Olivera. Bióloga por Escuela Nacional de Ciencias Biológicas, ipn. Investigadora de la Subdirección de Laboratorios y Apoyo Académico, inah.

José Luis Ruvalcaba. Doctor en Ciencias por la Université de Namur. Investigador del Instituto de Física, unam.

 

López Luján, Leonardo, Jorge Arturo Talavera González, María Teresa Olivera,

José Luis Ruvalcaba, “Azcapotzalco y los orfebres de Moctezuma”, Arqueología Mexicana núm. 136, pp. 50-59.

 

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