• miércoles, 21 de noviembre de 2018

El espacio urbano: orden y limpieza

En la segunda mitad del siglo XVIII, la imagen de los centros urbanos empezó a ser cuestionada ante las nuevas concepciones aplicadas en Francia y España en cuanto a la organización del espacio urbano, para lo cual se tomó como modelo el urbanismo clásico (Hernández, 1998). Junto con el orden se buscaba la limpieza, hasta entonces ausente como medida para garantizar la salud. Así, el virrey marqués de Croix estableció en un bando de 1769, formado por 21 artículos, una reforma urbana que incluía la eliminación de la basura en calles, plazas, mercados, acequias, calzadas, jardines y drenajes (Lombardo, 1987).

En 1775, el virrey Antonio María Bucareli ordenó, para que las ciudades estuvieran limpias, que en las casas se construyera un depósito de basura, la cual sería recogida por carros especiales dentro de un horario, prohibiéndose tirarla en espacios públicos, al igual que los desperdicios producto de cualquier oficio. Además, el estiércol debía ser sacado del espacio urbano, debían construirse letrinas en todas las casas, como forma de limpieza para controlar las aguas negras, así como tener gárgolas o canales para evitar los encharcamientos y lodazales, y evitar que los animales transitaran por las calles. Asimismo, se prohibía a quienes se ocupaban de la matanza tirar sangre y desperdicios en el campo y se pedía que los mercados fueran reglamentados por el cabildo para regular su higiene, pues había multitud de vendedores que convertían las plazas en sucias pocilgas con extremo desaseo.

Tanto el virrey de Croix como Bucareli señalaron, durante sus respectivos gobiernos, que para evitar los contagios de pestes y epidemias, las calles y las plazas debían estar libres de inmundicias, pues éstas impregnaban el aire de heces y vapores que producían contagios y enfermedades, como lo demostraban los enfermos, quienes saturaban los hospitales. Cabe señalar que la lucha contra los problemas enunciados se inició desde 1742-1746, con el conde Fuenclara, pues a partir de entonces, sin excepción, los siguientes virreyes se dieron a la tarea de transformar la capital y los demás centros urbanos del virreinato, de acuerdo con las ordenanzas que regían en cada uno de ellos. Es importante mencionar que, a pesar de lo señalado, se desconocía la existencia de los microorganismos, por lo que las ideas no tenían más fundamento que la teoría de los miasmas. Lo insano a finales del siglo XVIII  era consecuencia de la putrefacción orgánica que rondaba por los aires (Dávalos, 1989).

El buen funcionamiento de las ciudades y su limpieza se convirtieron en constante preocupación de las autoridades, a tal grado que trataron de organizarlas a partir de dos ejes perpendiculares, con barrios jerarquizados y especializados.

Los gobiernos ilustrados se pronunciaron por el establecimiento y ejecución de medidas higiénicas; para ello fue necesario establecer un orden para el aprovisionamiento del agua de las fuentes públicas, que eran usadas como lavaderos, bañeras para niños y bebederos para personas y animales. El mantenimiento, reparación y limpieza del sistema de distribución de agua constituyó siempre uno de los dolores de cabeza para las autoridades desde el siglo XVI. Las quejas y conflictos se sumaron a la necesidad de reparar y mantener permanentemente acueductos y cañerías; para impedir las impurezas y la contaminación fue necesario implantar sistemas de alcantarillado y limpiar los depósitos corrientes.

Por otra parte, aunque desde el establecimiento del gobierno novohispano se propició la construcción de hospitales –en los que se procuró la curación de diversas enfermedades–, éstos tuvieron su auge en el siglo XVIII, con el fin de cuidar a los indios y demás habitantes, sobre todo a los miserables de todas las castas. Se estableció el Tribunal del Protomedicato, a semejanza del de España, para la prevención de enfermedades epidémicas y contagiosas, y se implantaron severas medidas por parte de los jueces a los facultativos si no notificaban el fallecimiento de los enfermos que morían por contagio (Salas y Salas, 2007).

También se propició la creación de hospicios para los menesterosos, así como casas- hogar para los huérfanos. Un buen número de médicos se dieron a la tarea de investigar qué tipo de enfermedades causaban las emanaciones fétidas y pútridas de los drenajes, la basura, los muladares, las aguas estancadas, la suciedad corporal y los cementerios, pues no se puede soslayar que la medida implantada por la Iglesia de disponer de los muertos dentro de los templos y en los atrios ocasionó gran número de contagios. Debido a ello, los cabildos y los ayuntamientos hicieron propuestas para reglamentar la forma y el lugar de los cementerios, que debían estar fuera de las ciudades. Se encomendó al arquitecto Manuel Tolsá el proyecto para construir los primeros cementerios con esas características (Salas y Salas, 2000).

 

Salas Cuesta, Marcela, y María Elena Salas Cuesta “Salubridad urbana en la sociedad virreinal”, Arqueología Mexicana núm. 100, pp. 20-25.

 

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