• 19-sep-2021

El Zócalo, sus orígenes

Antonio Rubial García

Desde el Renacimiento y durante el Barroco, tanto las descripciones como las representaciones de ciudades podían tomar dos formas: una era como urbs, donde se mostraban sólo los edificios más importantes y las calles y las plazas de la ciudad aparecían sin gente; la otra pintaba el espacio urbano como civitas, es decir teniendo como principal centro de interés lo humano de la ciudad, las actividades y fisonomía de sus habitantes. Aquí seguiremos este mismo criterio.

Los edificios de la plaza y las instituciones que representan

Después de la violenta conquista de la ciudad, y sobre los templos y palacios semidestruidos, comenzó a construirse el nuevo centro político. El espacio sagrado indígena fue cubriéndose poco a poco mientras que la plaza mayor de la ciudad española se armaba en la explanada que se extendía entre los antiguos palacios de los reyes mexicas. Desde entonces esta plaza se volvió un centro, el cuadrángulo al que llegaban las principales calles y calzadas de la urbe y el paradigma sobre el que se construyeron las otras ciudades del país.

Las sedes de las máximas autoridades de la colonia se establecieron frente a la Plaza Mayor, en los antiguos palacios de Axayácatl y Motecuhzoma, ambos propiedad de Hernán Cortés. El primero, conocido en la época como “las casas viejas”, se encontraba al poniente de la plaza, y parte de él fue vendido por el conquistador en 1530 a la Audiencia encargada de administrar justicia; desde esa fecha en adelante albergó las cámaras del tribunal, un arsenal, las habitaciones de algunos oidores, varios almacenes y talleres y, a partir de 1535, los aposentos del virrey. El otro palacio, denominado “las casas nuevas”, fue comprado por el Estado a Martín Cortés en 1562 para establecer ahí la residencia del virrey y las oficinas del gobierno virreinal, que estuvo en ese lugar durante todo el periodo colonial. Dicho palacio sufrió numerosas remodelaciones, la más importante de ellas a fines del siglo XVII pues quedó semidestruido a raíz de un tumulto popular que lo incendió en 1692.

Imagen: En las representaciones del espacio urbano como civitas, el principal centro de interés era lo humano de la ciudad, las actividades y fisonomía de sus habitantes. De esta imagen destacan una serie de puestos comerciales con techos de paja dispuestos en calles y El Parián, que está en la parte inferior, en cuyo interior se ve a los dependientes de los comercios y clientela. Cristóbal de Villalpando, sin título. Óleo sobre Tela. Digitalización: Raíces. Tomado de Lombardo, 1997.

 

Antonio Rubial García. Doctor en historia por la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, donde es profesor titular. Autor de La santidad controvertida (México, 1999); Monjas, cortesanos y plebeyos. La vida cotidiana en la época de Sor Juana (México, 2005); El paraíso de los elegidos (México, 2010).

Esta publicación puede ser citada completa o en partes, siempre y cuando se consigne la fuente de la forma siguiente:

Rubial García, Antonio, “La Plaza Mayor de la ciudad de México en los siglos XVI y XVII”, Arqueología Mexicana, núm. 116, pp. 54-61.

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