Si el lector observa este cuadro por primera vez, pudiera parecerle una pintura con temática de paisaje y motivos históricos. El lago, por ejemplo, está en el centro de la imagen; al fondo sus inevitables montañas circundantes, algunas aves en agua y cielo, y un conjunto de arbolillos bien enfilados que nos recuerdan los famosos ahuejotes aún sobrevivientes en ciertos lugares de la Cuenca de México. Se podría hablar así de una bucólica imagen de los alrededores de la ciudad que gustaron hasta la obsesión a los pintores del siglo xix. Pero se trata de un anacronismo: no es la geografía real, con esas precisiones que tanto atrajeron a los pinceles académicos, sino la imaginada lo que ocupa la mayor parte del espacio en el lienzo.
La lectura del tema podría confundir a las miradas extrañas al gusto anterior al paisajismo. No es el efecto de la luz sobre montes, plantas y humanos; no es la captura de un momento. De hecho, es la de varios momentos. Este sencillo y pequeño cuadro de la fundación de Tenochtitlan llama a un gusto y a un código que ya nos son ajenos. Y es que la obra es más bien lo que se conoce en historia del arte como un emblema barroco e involucra la aceptación de una posible anomalía –considerando la intolerancia religiosa virreinal hacia el pasado prehispánico. Se trata de la aceptación cristianizada de un mito pagano, así como ocurrió siglos antes con la recuperación de los relatos del mundo clásico europeo rescatados por el pensamiento renacentista y que el barroco tardío regresó a los muros de las salas criollas.
El óleo es una obra menor, a juzgar por su pequeño formato, pero que obligaba al lector a detenerse… y leer una narración. El tema se concentra en el episodio hierofánico de la fundación de la ciudad de los mexicas y antecedente de la orgullosa capital virreinal. La fundación es vista como acto con una empresa que da sentido a la imagen como un todo. En el centro del cuadro, ejerciendo en términos técnicos el punto de fuga, se encuentra el ave imponente, con las alas extendidas en perfecto equilibrio sobre el nopal: un águila descomunal, que duplica en tamaño a los humanos que se encuentran en el islote, afortunados sacerdotes y migrantes primigenios que dieron con ella al seguir las instrucciones de su dios patrono Huitzilopochtli.
Pero se trata del punto final de la lectura. Habrá que regresar, en juego espiral, al ave de color pardo que vuela muy arriba, y a las estaciones donde los mismos personajes del islote aparecen en las riberas del lago. Es una vuelta a la semilla… y leer nuevamente, desde el vuelo del águila y el caminar humano. A partir de esta escena es que todo lo demás cobra sentido. Es el portento mítico que da lugar entonces a la urbanización del área. Ahí se ven, por ejemplo, un grupo de mujeres en actividades domésticas, una ciudad en el extremo derecho, un grupo de gobernantes en la parte inferior y una barca que surca en dirección al centro.
Tomado de Salvador Rueda Smithers y Patricia Ledesma Bouchan, “Super instable, firmum. La transmutación de los símbolos de la fundación de México”, Arqueología Mexicana, edición especial, núm. 124, pp. 74-75.

