• viernes, 15 de marzo de 2019

La casa en Mesoamérica

David M. Carballo

Las casas nos definen y, en torno a ellas, nuestras actividades cotidianas crean los enlaces que nos unen con otros en intercambios y afiliaciones supra-familiares, estableciendo de esta forma la historia social. Tanto en la Mesoamérica prehispánica como en los pueblos indígenas actuales, las familias se definen por medio de sus casas físicas—animadas por rituales de consagración y comunión. Se definen también por sus actividades laborales dentro del grupo doméstico y por las relaciones cooperativas y comunitarias entre tales grupos. Por lo tanto, la arqueología de la casa y de la vida cotidiana ayuda a comprender la variabilidad entre familias e individuos respecto a su género, edad, subsistencia, ocupación, estatus, redes sociales y creencias fundamentales, en fin, la base de la sociedad y de la historia.

 

Al ser la expresión física y material de los grupos domésticos, la casa representa un referente esencial para clasificar las creencias y prácticas que constituyen las sociedades humanas. Los pueblos prehispánicos de Mesoamérica se organizaron en una amplia gama de unidades domésticas, y sus habitaciones abarcaron desde las modestas agrupaciones de jacales rodeando un patio central (fig. 1) hasta los grandes conjuntos departamentales construidos por los teotihuacanos y los lujosos palacios de los gobernantes mayas y mexicas. El estudio arqueológico de tales espacios residenciales permite un reconocimiento de la cotidianidad que caracterizó a la mayoría de las interacciones sociales dentro de las comunidades mesoamericanas y formó la base de sus relaciones económicas, políticas y rituales.

Los arqueólogos evalúan los restos de las unidades domésticas en relación con las fuentes etnohistóricas y etnográficas, las cuales iluminan aspectos de la organización social y los conceptos indígenas de parentesco y filiación usualmente no disponibles en el registro arqueológico. El hecho de que en varias lenguas mesoamericanas existan muchos sinónimos para la organización del espacio doméstico, incluso para designar ciertos elementos arquitectónicos con los atributos de un ser animado, sugiere que esas culturas compartieron muchos conceptos y prácticas asociadas con los hogares. Entre esos aspectos compartidos se encuentran: variedad en formas y tamaños, organización espacial y actividades llevadas a cabo en los espacios domésticos, lo cual se relaciona con la variabilidad entre épocas, culturas y el estatus social de sus ocupantes. Los textos que conforman esta edición exploran varios de estos temas y proporcionan una visión actualizada de la casa y la cotidianidad mesoamericana.

 

La casa física

Uno de los aspectos comunes en cuanto a la organización doméstica en Mesoamérica es la manera en la que los hogares se designan lingüísticamente en términos de una asociación espacial de individuos, los cuales comparten un entorno construido. Las casas mesoamericanas típicas se encuentran alrededor de un patio central u otro espacio abierto, dentro del cual se realiza una gran cantidad de actividades domésticas. Los grupos domésticos se identifican fuertemente con estos espacios compartidos, lo cual se refleja en términos de afiliación en náhuatl (cemithualtin, “las personas de un patio”) y en otomí (datak’amawathi, “estar juntos en el patio”). Muchos aspectos de la vida doméstica prehispánica fueron llevados a cabo en público, o dentro de entornos semiprivados, como son los solares. Aunque había excepciones, como las ciudades densamente pobladas, cuyos habitantes construyeron recintos amurallados para mantener un grado de privacidad. Tal fue el caso en Teotihuacan, donde los llamados conjuntos departamentales representan una de las clases de viviendas de la gente común de mayor tamaño en tiempos preindustriales (fig. 2). Otros tipos de espacios domésticos son las terrazas habitacionales y agrícolas, como los sistemas lama-bordo en la Mixteca, que implicaban la cooperación muti-familiar para su construcción y mantenimiento.

El tamaño de las casas, su grado de elaboración y los materiales usados en la construcción generalmente son buenos índices del estatus social de los ocupantes, especialmente en tiempos preindustriales, cuando la posibilidad de requerir de mano de obra para construir casas elaboradas representaba una expresión auténtica del poder del grupo doméstico. El Códice Florentino muestra los diferentes tipos de casas del Altiplano Central, con una jerarquía expresada en los materiales utilizados para construirlas, como bajareque, madera, adobe, piedra sin alteración y piedra labrada y acabado con un estuco de cal (fig. 3). Las familias de alto estatus tendían a ocupar residencias más grandes y más elevadas, lo que refleja tanto el aumento de su capacidad de movilización laboral como su mayor número de miembros, debido a la tendencia a la poligamia entre la elite y a su base de recursos más abundantes. Las decoraciones externas, como esculturas, almenas y motivos pintados, también sirvieron como señales del estatus de la familia.

Los nobles y gobernantes ocuparon palacios (fig. 4), los cuales se pueden definir no sólo por su tamaño y elaboración sino también por su multifuncionalidad. Las relaciones políticas, como el clientelismo y la diplomacia, se negociaron dentro de patios interiores de un tamaño suficientemente grande para consejos que incluían decenas de individuos, o también en cuartos con bancos para los gobernantes, colocados en posición elevada en relación con sus huéspedes. Durante la época prehispánica existió variabilidad en la centralidad de los palacios en comparación con otros tipos de arquitectura cívico-ceremonial, como los templos, las plazas, los mercados, las avenidas y los juegos de pelota. En las ciudades y los pueblos, el palacio sobresalía en relación con aquellas obras públicas; la organización política solía ser más excluyente, enfocada en los reyes y su corte, en contraste con sistemas más inclusivos, con mayor participación de consejos de gobierno.

 

La casa poblada y productora

Las negociaciones entre individuos acerca del poder, de la producción económica y de la identidad no sólo se realizaron dentro de los palacios, sino también en los hogares y en los vecindarios de la gente común, quienes representan la gran mayoría de la historia prehispánica (fig. 5). La arqueología doméstica incluye familias alejadas de las instituciones de poder, representadas por los palacios y templos, gente que, sin embargo, contribuyó con su trabajo en esas instituciones, y que con su consentimiento o su rechazo hacia ellos participó en la historia. Igual que en otras partes del mundo, la cooperación en las labores domésticas fue una de las características definitorias de los hogares mesoamericanos, pero existen grandes disparidades en cuanto a la visibilidad arqueológica de las actividades económicas. Los sistemas de tenencia de la tierra son sumamente importantes para entender la vida cotidiana; sin embargo, son extremadamente difíciles de obtener para los arqueólogos que carecen de textos detallados. En contraste, las huellas de actividades de producción artesanal doméstica pueden ser abundantes en el registro arqueológico y por eso los arqueólogos realizan análisis intensivos de los artefactos, huesos de animal, semillas y otros residuos de las economías domésticas y de las relaciones entre las familias. Los objetos más llamativos son aquellos elaborados con materiales no perecederos, como cerámica, lítica, concha y piedra verde, o aquellos hechos con materiales perecederos pero con herramientas no perecederas, como los textiles. De ambos tipos de materiales se pueden reconstruir secuencias detalladas, en el registro arqueológico, de ciertas actividades de producción, intercambio y consumo doméstico.

La producción artesanal en los espacios domésticos era generalmente intermitente y diversificada. Era intermitente por el ciclo agrícola, el cual requería de especial atención por parte de las familias, sobre todo en tiempos dedicados a sembrar o a cosechar. Era diversificada porque las familias podían intercambiar varios productos. Esta diversificación económica se beneficiaba de una división del trabajo por género, así como de la interdependencia entre los hogares, mediante el comercio, la adquisición, la producción o la distribución. Los papeles económicos que asumieron los individuos de diferentes géneros, edades y relaciones por parentesco u otras afiliaciones dieron forma a las relaciones sociales más amplias de las comunidades prehispánicas. De esta manera, los arqueólogos recientemente han prestado mayor atención a los niños y a la niñez, no sólo en relación con los procesos de socialización, sino también como actores que ocuparon los espacios domésticos, con sus propias posesiones y contribuciones a la materialización del hogar. Un ejemplo de estas posesiones sería las vasijas miniatura, las cuales frecuentemente se encuentran enterradas con los niños debajo de los pisos de las casas.

 

David M. Carballo. Doctor en antropología por la Universidad de California, Los Ángeles. Especialista en las culturas prehispánicas de Mesoamérica, en especial del Altiplano Central mexicano. Profesor asociado en el departamento de arqueología de la Universidad de Boston, Massachusetts.

 

Carballo, David M., “La casa en Mesoamérica”, Arqueología Mexicana núm. 140, pp. 30-35.

 

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