• miércoles, 19 de junio de 2019

La conducta sexual en Mesoamérica

Sumamente normada, la conducta sexual no sólo afectaba la salud del individuo, sino sus muy complejas relaciones sociales (morales y jurídicas) y las del ser humano con los dioses (el pecado y la lustración). Fray Bartolomé de las Casas afirmó que la transgresión por antonomasia era la sexual: “cuando decían pecado, sin aditamento, un indígena no chatino o con un mestizo difícilmente puede encontrar otro marido.

 Debe tomarse en cuenta, sin embargo, que tal vez sea en el campo de la moral sexual donde existan más diferencias, temporal y espacialmente, en la tradición mesoamericana. El mencionado recato de los mexicas contrastaba con la libertad sexual y la desnudez de los antiguos huastecos. Hoy, mientras algunas etnias ven con malos ojos a los homosexuales, son famosos los muxes  del istmo de Tehuantepec, no sólo respetados por la comunidad, sino en ocasiones muy apreciados como sostén y amparo de sus madres viudas. En igual forma, hoy en día puede encontrarse en algunas regiones del país que los homosexuales y las prostitutas ejercen funciones prestigiadas de jueces y adivinos.

 

El erotismo

 La sexualidad no es la lucha que libra un ser biológico y ahistórico con sus pulsiones en contra de las imposiciones de una sociedad externa. Los impulsos sexuales del individuo son producto de la indisoluble confluencia de naturaleza y cultura que se da en él. La estricta normatividad a la que la sexualidad está sujeta parte de una concepción general, abstracta, imperante en cada cultura. En la tradición mesoamericana no se encuentra el oprobio a lo sexual que se da en otras tradiciones, ni se lo confina a las funciones reproductivas. Aunque se dice en algunos grupos indígenas –como los chontales de Oaxaca, según Peter Turner– que fue el Diablo quien enseñó el sexo a los seres humanos y hasta que él les dio sus órganos sexuales, es éste un diablo mesoamericanizado, no el ser absolutamente maléfico y terrible del Viejo Mundo. Es, simplemente, el señor del inframundo, y sus dominios son los de lo frío y lo sexual.

Cada cultura mesoamericana tuvo una actitud muy peculiar frente al erotismo. Entre las concepciones más amables estaban las de huastecos y otomíes, quienes las justificaban al decirse creados por dioses patronos lúbricos o con destinos étnicos ligados a la producción. Pero aun los nahuas, y entre ellos los mexicas, veían en el placer sexual un don divino, equiparable al alimento, a la alegría, al vigor vital y al repo so cotidiano. Así lo afirma el Códice Florentino al decir: “Nuestro Señor se dignó darnos la risa, el sueño y nuestro sustento, nuestra fuerza, nuestro brío. Y esto más: lo terrenal [el sexo] para que sea la reproducción”. Era cuestión de moderar el disfrute de aquel regalo (la tlalticpacáyotl  o “lo terrenal”) como se hacía con cualquier otro bien concedido por los dioses.

El erotismo se establece en el placer, en la sensualidad, en la atracción de los sexos, en el cortejo. No es posible apreciarlo plenamente en la antigüedad mesoamericana, a la que nos aproximamos en buena parte a través de fuentes duramente condicionadas por la percepción de la cultura conquistadora. Aunque por determinaciones no exactamente iguales, hoy es muy limitado lo que se pregunta, se responde, se entiende y se registra etnográficamente, sin que desconozcamos la lucidez en este campo de obras como Los peligros del alma  de Calixta Guiteras Holmes y su informante, Manuel Arias Sojom. Sin embargo, es posible percibir en las fuentes algo de este placer que es amalgama de lo biológico y lo cultural. Y hasta tenemos información de los polos, de las disoluciones del placer. En el extremo en que el placer se sublima para aproximarse al arte, renunciando a la sensualidad de la carne, encontramos ejemplos literarios como el “Canto de las mujeres de Chalco”, de fuertes referencias sexuales. En el otro, cuando en el placer se abandona hasta el cortejo para convertir –¿para pervertir?– la sensualidad en mercancía, hay vagas noticias de la prostitución. Sabemos de las prostitutas al menos que conservaban en sus nombres un vestigio del erotismo pleno: eran entre los nahuas las ahuianime,  palabra que significa “las alegres”.

 

Tomado de Alfredo López Austin, “La sexualidad en la tradición mesoamericana”, Arqueología Mexicana núm. 104, pp. 29-35.

 

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