• viernes, 16 de noviembre de 2018

La gran inundación de 1629

Bernardo García Martínez

La ciudad colonial de México prosperó a pesar de las dificultades que le planteaba su entorno natural en medio de un lago. Llegó un momento en que su situación se hizo casi insostenible, pues quedó inundada por varios años. Se propuso mudarla a la ribera del lago, donde tendría un asiento más favorable, pero se impuso el punto de vista de quienes querían dejarla en su lugar original.

 

La ciudad de México está situada, como es bien sabido, en una cuenca cerrada por naturaleza, es decir, en un recinto fisiográfico cuyas aguas no tienen salida natural hacia tierras más bajas y el mar. El que dicha cuenca sea conocida comúnmente como Valle de México es inexacto desde el punto de vista geomorfológico, pero esa pequeña violencia al purismo en las expresiones es aceptada por casi todos. Además, la cuenca ya no es cerrada pues se le han abierto salidas artificiales por las cuales fluye el agua que se desea extraer. El que se haya hecho violencia a la naturaleza es algo también generalmente aceptado, o al menos rara vez cuestionado.

Casi todas las cuencas cerradas suelen albergar cuerpos de agua, resultado de las precipitaciones y escurrimientos de las laderas, los cuales tienden a ser salobres cuando su limitada circulación se combina con un suelo de naturaleza salina. Es historia sabida de todos que la cuenca de México albergaba varios lagos de considerable extensión y que en una de las islas que había en ellos se fundó Tenochtitlan. Diversos estudios nos permiten conocer la extensión y otras características de esos lagos -México, Texcoco, Xochimilco, Xaltocan, Zumpango y otros- en tiempos prehispánicos. Los límites entre ellos eran ambiguos, marcados en algunas partes de manera natural por franjas cenagosas y en otras por obras artificiales - diques, compuertas, áreas chinamperas- que propiciaban una distribución diferencial de las aguas, que en partes eran dulces y en partes saladas. Tales construcciones contenían los excedentes de los lagos más altos (Zumpango, Xaltocan, Xochimilco) y mantenían las aguas salobres (de Texcoco) lejos del entorno de la ciudad. Con todo, el espejo de agua, en gran parte de su extensión, era muy poco profundo, lo que lo hacía muy susceptible a los efectos de la evaporación. La aparente unidad lacustre desaparecía en periodos de seca, cuando los distintos cuerpos de agua quedaban desconectados.

La ciudad de México, reedificada con traza española, ocupó durante sus primeros años de vida el espacio de Tenochtitlan y algo más. El lago cedía en superficie, pues por un lado los escombros de la antigua ciudad llenaron muchos canales y por otro avanzaba el azolvamiento. Éste era resultado de un proceso connatural al contexto hidrológico de toda cuenca cerrada, pero ya se había acelerado con las obras que entorpecían la circulación de las aguas y se aceleró aún más en la época colonial con el arrastre de materiales de erosión que provenían del pastoreo, el uso del arado y la rala de grandes árboles. Sus troncos se destinaban por millares a cimentar - o mal cimentar- las nuevas construcciones que se erigían sobre el suelo fangoso y mal consolidado. Todo ello era reflejo de los nuevos usos del suelo y las nuevas tecnologías traídas por los españoles, aunque también de sus cuestionables decisiones: ¿por qué ese empeño en construir la nueva ciudad en ese lugar, pudiendo haberlo hecho por Tacubaya o Coyoacán, con el lago a sus pies? Cierto, hubo razones políticas e ideológicas de mucho peso. Se quiso que la nueva México fuese sucesora directa de Tenochtitlan. Pero también hubo ceguera. El azolvamiento de los lagos y la retención imperfecta de sus flujos se combinaba con e l hundimiento de las áreas construidas para ocasionar en las aguas un comportamiento errático. impredecible. La ciudad de México, capital indiscutible, se vestía con nuevas fachadas y paisajes, pero, comprensiblemente, se inundaba con frecuencia, como si sus antiguos canales se rehusaran a morir. Acequias, muelles, diques y albarradas fueron parle del paisaje urbano de esa ciudad de aire entre militar y eclesiástico, tosca y casi medieval, de la cual prácticamente nada subsiste en nuestros días.

Poco a poco los españoles fueron puliendo y hermoseando la ciudad, y esto, según su entendimiento, implicaba combatir su carácter lacustre, que no cuadraba bien con el ideal urbanístico que los guiaba. Lograron contener de manera más efectiva el agua de los lagos vecinos con nuevos diques y compuertas. Pero eso era una solución falsa. Por un lado, al subir de nivel, esos lagos causaban trastornos en la población asentada en torno a ellos y, por otro, exponían a la ciudad a un potencial desbordamiento violento. Era casi seguro que un año con lluvias abundantes se tradujera en una repentina y persistente inundación, y así ocurrió, entre otras fechas, en 1555, 1580, 1607, 1615 y 1623. Con el agua a la cintura, pero empeñados en no mudarse, los españoles se fueron convenciendo de que el problema sólo se solucionaría dando desagüe a la cuenca.

 

¿Naturaleza domable o indomable?

El proyecto no era descabellado, pues en el entorno del valle había un punto -cerca de Huehuetoca- donde era posible, con cierto esfuerzo, hacer un tajo y perforar un túnel de casi siete kilómetros que se abriera hacia la cuenca del río Tula. afluente del Pánuco. Así se hizo, y con prontitud, entre 1607 y 1608, aunque después hubo que emprender innumerables arreglos. El "Desagüe" -como se conoció al túnel y sus construcciones adyacentes- fue sin duda la más grande y admirable obra de ingeniería realizada hasta entonces en el continente. Sin embargo, en su esencia, no era más que una salida para el principal no que alimentaba el lago de Zumpango, el más alto de todos, y su función inmediata era evitar que éste acumulara excedentes que elevaran su nivel y rebasaran las contenciones que se habían hecho para detener su flujo natural hacia los lagos más bajos.

La medida era razonable, pero el sistema lacustre era mucho más complejo, de modo que el Desagüe no podía solucionar todo y mucho menos satisfacer a los muchos que soñaban con un drenaje total. Éstos criticaron la obra con ferocidad y en 1623 lograron que se suspendiera su mantenimiento, que era muy costoso, convenciendo al virrey marqués de Gelves de que no servía para nada. Porque. debe anotarse, el asunto en la política. El cabildo de la ciudad estaba muy consciente del problema, pero mi raba primero su bolsillo cuando tenía que enfrentar las fuertes erogaciones que implicaba el proyecto. Tenía que negociar préstamos e impuestos, y a menudo dejaba el asunto en manos de los virreyes. Esta vez se arrepintió. La medida de Gelves fue inoportuna y desastrosa porque la ciudad se inundó inmediatamente después. Cierto que, con o sin el Desagüe tal vez de todos modos se hubiera inundado porque venían años de muchas lluvias.

La situación pintaba mal para la ciudad desde l627. Dos años después, en julio. su periferia ya estaba inundada, y luego de una serie de aguaceros excepcionales -del 21 al 22 de septiembre de 1629 de la orgullosa y prepotente ciudad de México sólo emergía un pequeño pedazo alrededor de la plaza mayor. A este lugar se le llamó isla de los perros porque muchos buscaron refugio allí. Pero el resto del casco urbano quedó cubierto por uno y en partes hasta dos metros de agua. y la inundación había causado centenares de muertes y el colapso de chozas, jacales y casuchas. Los pisos altos, secos, no eran muchos. En ellos se refugiaron los pudientes, quienes pronto mandaron hacer canoas para desplazarse de un lugar a otro. Las autoridades, con premura, se ocuparon de prestar ayuda a los damnificados: comida, hospitales, alojamiento, etc. El gobierno de la ciudad, aunque involucrado tarde en el asunto, se desvivió procurando el control de la distribución y los precios del maíz y la carne (que se dispararon), y asimismo dispuso la concentración de los mercados en los puntos menos afectados (una medida muy conflictiva porque puso a los competidores cara a cara). Se levantaron terraplenes, puentes de madera, pasillos y otros artificios que permitían malamente desplazarse a pie. Se bombeó el agua fuera de algunos recintos. Las misas, tan importantes en ese mundo, se celebraron en las azoteas.

Hasta este punto la historia pudo haber sido no tan diferente de la de otras inundaciones sufridas por la ciudad, pero conforme pasaban los días y los meses era evidente que se estaba viviendo no un momento, sino un periodo extraordinario. Porque el agua. aunque bajó un poco, quedó cubriendo las calles y desmoronando las casas de adobe -las más pobres- por todo lo que restó de 1629. Y así siguió en 1630 y 1631, volviendo a subir de nivel con cada aguacero. La inundación, variable, persistió por cinco años. Le puso fin una temporada de sequía en 1634, pero los barrios más afectados -Santa Catarina y Sama Ana- todavía permanecieron desiertos por otro año más. La gente más desposeída sufrió indescriptiblemente. Murieron, tal vez, 30 000 personas, la mayoría a consecuencia de las enfermedades asociadas a la escasez y carestía de bastimentes y al ambiente lodoso e insalubre. Quien pudo irse, se fue. La ciudad tenía al parecer unos 150 000 habitantes, y se supone (porque no hay estadísticas de esto) que no menos de 50 000 empacaron sus cosas -si algo les quedó para proseguir su vida en otro lugar.

 

Bernardo García Martínez. Doctor en historia; profesor de El Colegio de México. Autor de obras sobre pueblos de indios, sociedad rural, historia ambiental y geografía histórica. Miembro del Consejo Científico-Editorial de esta revista.

 

García Martínez, Bernardo, “La gran inundación de 1629”, Arqueología Mexicana núm. 68, pp. 50-57.

 

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