• 13-dic-2019

La leyenda de los voladores llevados hasta el cielo

Enrique Vela

Según los totonacos del norte, un día de fiesta de los tiempos antiguos cuatro danzantes Voladores y su capitán se encontraban en lo alto del mástil, cuando repentinamente fueron llevados al cielo del este, junto con sus cuerdas y su dispositivo giratorio. Después de algunos días, regresaron volando como aves, pero como ya habían tirado su mástil no pudieron por tanto posarse en él. Entonces, se volvieron a ir y nunca más regresaron. Todos los totonacos y todos los nahuas de la sierra, así como los indios de las planicies y montes vecinos del golfo de México, conocen esta leyenda.

De igual manera, los huastecos y los nahuas de la Huasteca la cuentan. De esto, en todas regiones mencionadas surgió una regla, según la cual el mástil del Volador nunca debe tirarse inmediatamente después de haberse utilizado para una fiesta. Esta leyenda presenta variaciones interesantes, sobre todo entre los nahuas. En Cuaxicala, Erasmo Cruz nos la contó de la siguiente manera:

Un hombre de los tiempos antiguos tenía muchos hijos legítimos y un hijo natural. Este último era menospreciado y odiado por sus hermanos, quienes lo acusaban de ser un perezoso porque se pasaba los días tocando la flauta. Pero esta flauta era mágica. Un buen día, el perezoso aconsejó traidoramente a sus hermanos levantar un mástil de Volador, y éstos lo hicieron. Todos subieron y se lanzaron hacia atrás para ejecutar un “vuelo” habitual. Pero eran tan numerosos que cuando iniciaron el vuelo parecían formar en el aire una “gran flor” abriéndose. Entonces su hermano músico tocó su flauta mágica de tal manera que todos sus hermanos fueron conducidos al cielo, en dirección del Sol naciente, junto con sus cuerdas y el bloque terminal, y desaparecieron para siempre, ya que se habían convertido en espíritus del trueno y de la tormenta. El que los envió así entre las nubes no era otro que el famoso héroe mítico llamado 9 Viento, Chicnahui Yeyécatl, que se supone puede mandar sobre los espíritus del trueno y que, por lo demás, es el señor del maíz.

En Cuacuila, pueblo nahua situado al sur del río Totolapa, el viejo curandero-adivino José Santiago Mata nos contó la historia de una forma bastante diferente. Según él, en tiempos muy antiguos y en un año de extrema sequía hubo seis o siete meses sin lluvia.

Los hombres estaban muy afectados y fueron a ver a un famoso adivino que les aconsejó realizar una gran fiesta para pedir lluvia, con oraciones, ofrendas, danzas, música, fuegos artificiales, cohetes, comida y bebida. Los Voladores invitados a participar en la fiesta se prepararon perfectamente e incluso durmieron durante 20 noches en la iglesia para no arriesgarse a ser tentados por sus mujeres. El día de la fiesta, cuando estaban en lo alto del mástil y se lanzaban al vuelo, fueron llevados hacia el cielo y desaparecieron volando hacia el este, con sus cuerdas, su marco y su bloque terminal. Unos 12 días más tarde, las oraciones de la fiesta fueron finalmente escuchadas en el cielo y empezó a llover. Pero llovió demasiado, la lluvia no cesó durante ocho días. Los hombres fueron a consultar nuevamente al adivino, quien les aconsejó no inquietarse ya que eran los Voladores quienes, después de haberse ido a buscar agua del mar, del lado del oriente, finalmente habían regresado para satisfacer la petición que se había hecho. Ya no eran hombres, puesto que, una vez que habían subido al cielo, se habían convertido en dioses de la lluvia encargados de regar la tierra y de sostener los cuatro ángulos del mundo. Acipaquihtla, señor del océano, les proporcionó el agua y los mandó a llevarla hacia las montañas, en forma de nubes de lluvia, de viento y de niebla, acompañados de relámpagos y tormenta.

Tomado de Stresser Péan, 2005, pp. 25-26 Totonacos. Tajín, Papantla, Veracruz, 2013.

 

 

Enrique Vela. Arqueólogo por la ENAH, editor, desde hace 30 años trabaja en el ramo editorial.

Vela, Enrique, “La leyenda de los voladores llevados hasta el cielo”, Arqueología Mexicana, edición especial núm. 88, pp. 82-83.

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