• 17-oct-2019

Los grandes volcanes y la arqueología

Ismael Arturo Montero García

En México, las cimas nevadas son excepcionales. En el Altiplano Central no hay más de tres montañas con hielos perennes y en invierno apenas una docena más se cubre por nevadas ocasionales; este paisaje fue sacralizado desde tiempos remotos. Recientemente surgió una arqueología especializada en esos agrestes parajes, la cual se conoce como “arqueología en alta montaña”, disciplina poco conocida que muestra cómo se desarrollaron los adoratorios en alturas que sobrepasan la posibilidad biológica de la supervivencia humana.

 

Por arriba de los 4 000 msnm no se puede desarrollar la masa forestal pues las condiciones de baja temperatura marcan el límite natural para el crecimiento arbóreo, límite que es fácilmente perceptible en el paisaje. Los materiales arqueológicos localizados por arriba de esta cota demuestran la capacidad de quienes antiguamente realizaban cultos por superar fronteras naturales, mucho antes de que las modernas técnicas del alpinismo se aventuraran a conquistar las más altas cumbres. Entre los sitios arqueológicos situados en las cúspides se encuentran el Iztaccíhuatl, el Nevado de Toluca y la Sierra Negra. Aunque en el Popocatépetl y en el Pico de Orizaba la actividad volcánica borró toda huella, no obstante hemos registrado en sus laderas sitios arqueológicos escalonados que consideramos eran parte de la ruta de ascenso a la cima.

 

Subir a las montañas

 

En el medio agrícola de la antigüedad, la mayoría de los habitantes vivía en un ambiente geográfico limitado; los rasgos orográficos dominantes del paisaje se relacionan con el pensamiento religioso. La geografía adquirió una calidad absolutamente espiritual y se le atribuyeron asociaciones concretas y simbólicas: los montes primero fueron humanizados y luego deificados.

Había distintas intenciones religiosas para subir a las montañas. Rogar por la lluvia no era el único motivo por el que se ascendía, pero sí era el más importante. Ofrendar en la montaña servía para estimular el clima, el ritual de propiciación climática era un modelo generador de agua que se aplicaba cíclicamente para beneficio de los campos de cultivo. Por las evidencias arqueológicas localizadas en la Cueva de Caluca, en el Iztaccíhuatl (Navarrete, 1957, pp. 14-18), y en la cima del Monte Tláloc (Towsend y Solís, 1991) se sabe que desde el Preclásico Tardío existía el culto en las montañas. 

La ubicación, la delimitación y los escenarios rituales de los sitios arqueológicos en la alta montaña dedicados al culto tienen profundas variaciones que demuestran que la relación comunidad/montaña era compleja. Así, hay evidencias de que en las más altas e inaccesibles cimas se realizaban rituales ascéticos; observaciones astronómicas; que otros sitios fueron emplazamientos en los que se conjugaron elementos acuáticos, una analogía con la abundancia hidráulica; algunos más fueron destinados para rituales de la nobleza; y la mayoría funcionaron como receptores de sencillas ofrendas depositadas por campesinos locales, que pedían un clima benigno para sus campos de labor.

 

Montero García, Ismael Arturo, “Los grandes volcanes y la arqueología”,  en Arqueología Mexicana núm. 95, p. 48-53.

 

Ismael Arturo Montero García. Arqueólogo, maestro en historia de México y doctor en antropología. Miembro del SNI-Conacyt. Premio Nacional Forestal, 2002. Codirector del Proyecto de Arqueología Subacuática en el Nevado de Toluca, SAS, INAH.

 

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