• 17-nov-2019

Los pioneros en la investigación arqueológica de Coyoacán

Emma G. Marmolejo Morales, Margarita Treviño y Acuña

Desde finales del siglo xix y principios del xx se llevaron a cabo trabajos que establecieron las bases para el conocimiento de la historia prehispánica de Coyoacán.

 

Si intentamos imaginar el paisaje que prevaleció en el México prehispánico nos sorprendería la variedad de ecosistemas en que los grupos humanos desarrollaron sus ciudades: áreas selváticas, que proporcionaban con facilidad los abastecimientos alimenticios y de otro tipo; zonas desérticas, en las que la supervivencia requería conocimientos precisos para obtener sus beneficios; regiones intermedias, menos extremas y que facilitaban otros recursos. Es en esta última donde nos situaremos en este viaje imaginario, concretamente en la Cuenca de México, situada en el centro del país y constituida por cinco lagos a más de 2 000 msnm: Zumpango, Xaltocan, Texcoco, Xochimilco y Chalco, estos dos últimos de agua dulce, que beneficiaron las áreas de cultivo. Esta zona lacustre estaba rodeada por cadenas montañosas como la Sierra de las Cruces, en la parte norte y poniente; la Sierra Chichinautzin, hacia el sur; la Sierra Santa Catarina y la Sierra Nevada, en el oriente.

Hacia la parte occidental de la cuenca, importantes ríos y arroyos bajaban con grandes caudales, entre ellos: Tacubaya, Becerra, Santo Desierto-Mixcoac, Tarango-Barranca del Muerto, San Ángel Inn, San Ángel, San Jerónimo y La Magdalena. Al mismo tiempo, había manantiales como Fuentes Brotantes, Peña Pobre y Santa Fe, además de algunos en el propio Coyoacán, como Atliliquepan, Xoxicaxapa, Acuecuexco, entre otros.

La abundancia de agua propició el crecimiento de una variada vegetación, conforme a la altitud: desde zonas boscosas en las partes altas de las sierras hasta las zonas aluviales cercanas a lagos, con buenas tierras de cultivo por su cercanía al agua.

Esta gran cuenca albergó innumerables grupos humanos, que se asentaron a su alrededor desde épocas tempranas, logrando así una armonía entre el medio ambiente y su desarrollo. Las investigaciones recientes han revelado que el poblamiento viene de muy atrás. Sin embargo, en la parte surponiente, este desarrollo se vio interrumpido por desastres naturales, como las erupciones del volcán Xitle, que fueron cubriendo paulatinamente esta región y generando un nuevo paisaje al que se llamó Pedregal de San Ángel; la lava cubrió los asentamientos previos al momento de la erupción. El nuevo paisaje agreste no permitió la posibilidad de volver a poblar, como en el resto de la cuenca, pues el terreno se volvió abrupto y tan inhóspito que fue llamado “malpaís”, a causa de las cortantes rocas del Pedregal. Esto no quiere decir que sobre la lava no aparecieran evidencias arqueológicas como entierros, ofrendas, utensilios o grabados en rocas, pero son manifestaciones de sociedades posteriores.

Si bien el poblamiento en este lugar se interrumpió, también se obtuvo un beneficio, como relata Tezozómoc: 

Dixo el rrey Axayaca a Çihuacoatl Tlacaeletzin un día: “Señor y padre, mucho quisiera que rrenobásemos la piedra redonda que está por brasero y degolladero arriba de la casa y templo de tetzahuitl Huitzilopochtli, o si os parece que se labre otro mayor y mejores labores y el que agora está sirba para otro templo de otro dios”. Dijo Çihuacoatl que hera muy biem acordado y así, luego mandó llamar a los naturales comarcanos de los pueblos, Azcapuçalco, Tacuba, Cuyuacan, Culhuacan, Cuitlahuac, Mizquic, Chalco, Tezcuco, Guatitlan, que se jumtaron como cincuenta mill yndios con sogas gruesas y carretonçillos y fueron a sacar una gran peña de la halda de la sierra grande de Tenan de Cuyuacan. Traída, la començaron a labrar con pedernales rrezios y agudos, historiando en la labor a los dioses y prençipalmente el de Huitzilopochtli. Y antes y primero, abían traído otra piedra del pueblo de Ayoçingo y trayéndola se hundió al pasarla de la puente de Xoloco, que jamás paresçió, que se hundió, no pudo ser hallada, la deuió de tragar Huitzilopochtli. Y así, trujeron otra mayor de Cuyuacan y labrada… (Tezozómoc, 1997, pp. 214-215)

Indudablemente que tras la erupción, esta zona pedregosa quedó aislada, y dio paso a una vegetación diferente que fue creciendo en las oquedades y depresiones que había dejado la lava. Ya en tiempos de la Colonia y posteriores, este paraje era recorrido por los rebaños de cabras que iban a pacer; de igual forma, favoreció los paseos a caballo de algunos atrevidos excursionistas por tan difícil terreno, que en sus correrías descubrieron algunas evidencias arqueológica.

 

Primeros trabajos de reconocimiento

Para finales del siglo XIX y principios del XX, surgió el interés por conocer los sitios tempranos de la cuenca. Algunos investigadores reportaron la existencia de vestigios culturales debajo de la lava del Pedregal. Las primeras noticias sobre hallazgos arqueológicos son de 1867 y fueron hechas por Guillemin Tarayre. Otra referencia es de Ignacio Bernal, quien señala que investigadores como Mariano Bárcena, Alfonso L. Herrera y Manuel Villada encontraron huesos humanos y tiestos durante la explotación de las canteras, lo que demostró que antes de la erupción ya había ahí grupos humanos.

A principios del siglo XX llegó a México la arqueóloga Zelia María Magdalena Nuttall, quien se instaló en Coyoacán, en la Casa de Alvarado. Pidió autorización al arqueólogo Manuel Gamio para realizar exploraciones en la huerta de su casa, bajo las corrientes de lava, donde descubrió material cerámico junto con restos humanos calcinados que no correspondían con lo teotihuacano ni con lo azteca, lo que le hizo inferir que la zona estuvo ocupada antes de que fuera cubierta por la lava, pues encontró capas de arena volcánica de color gris a negro, así como arcilla calcinada de color rojo ladrillo.

Exploró igualmente sobre la lava, y localizó objetos que correspondían a un periodo muy posterior, que asoció a la cultura azteca. El material que registró incluyó huesos humanos, obsidiana y abundante cerámica.

Para 1910, Hermann Beyer incursionó junto con el geólogo Ernest L.Wittich en las canteras de San Ángel, Coyoacán, Tizapán y Tlalpan, e hizo una clasificación de los restos encontrados en el Pedregal. Los dividió en dos apartados: primero, los encontrados debajo de la lava y que corresponden a yacimientos intactos o expuestos a la acción del agua (escombros de las canteras, cavernas, fondo de tubos o chimeneas de explosión, grietas naturales o producidas por trabajos en las canteras). En el segundo distinguió los de tiempos precortesianos y los de la época actual.

Al analizar el material cerámico, dedujo que los grupos de la región habían superado el estado económico de “primitivos cazadores y colectores de frutos y raíces”, para convertirse entonces en pueblos dedicados a la agricultura.

Como consecuencia de la explotación de la cantera basáltica de Copilco, yacimiento conocido como el Olivarcillo o Panteón Viejo, junto al pueblo de Copilco el Bajo, fueron descubiertos restos prehispánicos asociados a la llamada “cultura de los cerros”, por encontrarse en las estribaciones de las montañas, posteriormente llamada “cultura arcaica”, para designar el periodo preteotihuacano.

En 1917, con los hallazgos de Zelia Nuttall, Manuel Gamio instruyó a sus colaboradores para hacer un reconocimiento sistemático en las canteras de Copilco. Se encontró en la parte inferior de la lava la evidencia que puso al descubierto este importante sitio. Los datos obtenidos permitieron corroborar la hipótesis de Nuttall, y al mismo tiempo demostrar la antigüedad de la cultura arcaica, contribuyendo así al conocimiento de ese periodo. El fechamiento del sitio lo obtuvo comparando los materiales culturales encontrados en otros descubrimientos previos al de Copilco y en las orillas lacustres.

Posteriormente, en 1924, un nuevo trabajo continuó en las canteras de Copilco. Kroeber amplió las excavaciones de Gamio con el objetivo de definir con mayor precisión los restos de la cultura arcaica. Comparó los materiales con los de Teotihuacan, Cerro de la Estrella, Sierra de Guadalupe y Cuicuilco, y estableció una tipología cerámica que puso las bases para estudios posteriores.

La explotación de la cantera de Copilco, a principios del siglo XX, reveló una ocupación prehispánica sepultada bajo la lava; el análisis de los materiales arrojó que el sitio no sólo era más antiguo que Cuicuilco, sino que la cultura Copilco-Zacatenco se caracterizaba por depósitos que posteriormente, en los treinta, Vaillant llamó basureros y eran dos veces más profundos que los de Cuicuilco-Ticomán.

En retrospectiva, con los pocos estudios hechos tiempo atrás se puede concluir que Copilco fue una villa agrícola que estuvo habitada por más de 400 años, y que fue abandonada antes de la erupción del Xitle.

En retrospectiva, con los pocos estudios hechos tiempo atrás, se puede concluir que Copilco era una villa agrícola que estuvo habitada por más de 400 años, y que fue abandonada antes de la erupción del Xitle.

 

Emma G. Marmolejo Morales. Arqueóloga, investigadora de la Dirección de Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicos e Históricos, inah. Codirectora del “Proyecto Copilco: un sitio arqueológico del Pedregal de San Ángel”.

Alicia Margarita Treviño y Acuña. Investigadora de la Dirección de Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicos e Históricos, inah. Colaboradora del “Proyecto Copilco: un sitio arqueológico del Pedregal de San Ángel”.

 

Marmolejo Morales, Emma G., Margarita Treviño y Acuña, “Los pioneros en la investigación arqueológica  de Coyoacán”, Arqueología Mexicana núm.129, pp. 34-37.

 

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