• miércoles, 19 de junio de 2019

Para arribar con certidumbre hasta la cumbre del Tepozteco

Elvira Pruneda

En abril de 1896 Marshall Saville (1867- 1935), afamado coleccionista de antigüedades del Museo Peabody de Nueva York, llegó hasta el pueblo de Tepoztlán invitado por Francisco Rodríguez, arquitecto e ingeniero, oriundo del lugar y colaborador del Museo Nacional de México. En el otoño anterior Rodríguez había presentado un interesante trabajo acerca de La exhumación del templo del Tepozteco, en una de las sesiones del Onceavo Congreso de Americanistas (octubre, 1895), donde por primera vez en México se dieron cita varios de los interesados en el mundo arqueológico del continente americano.

En Tepoztlán, Saville caminó por sus calles, escuchó el habla náhuatl de sus pobladores, y oyó el eco del teponaztli junto al tañido de la chirimía. Su interés era conocer el templo prehispánico ubicado en la cúspide de una de las serranías de Tepoztlán. En la subida varios “indios de origen azteca” le ayudaron a cargar el pesado equipo fotográfico y las viandas hacia el cerro denominado Chalchihuitépetl. Fue un largo ascenso en el que debían usarse todas las habilidades para no desbarrancarse en el intento. Al llegar a la cúspide se encontró el visitante en medio de los dos valles morelenses: el de Cuernavaca y el de Cuautla. De esa visita escribió un artículo ilustrado con fotografías y el mapa realizado por el arquitecto Francisco Rodríguez. Las fotografías de esos paisajes desmejoraron por una espesa humareda, debida a los días de la quema tradicional, cuando se preparaban los terrenos para las siembras de mayo, o tal vez por los terribles incendios que desde entonces asolaban sus bosques.

Una grave acusación junto a una imaginación desbordada

Tres años después, en 1899, Edward Garczynski, periodista polaco, alertaba al ministro de Relaciones Exteriores, Ignacio Mariscal, de un robo; en su escrito apuntaba: “las muy valiosas losas esculpidas del templo denominado El Tepoxteco… han sido robadas e imitaciones corrientes y de ningún valor han sido puestas en lugar de las originales”. Acusaba en su misiva con nombre y apellido a Marshall Saville. El gran conocedor polaco invitaba a llegar al territorio morelense de manera rápida y segura, mencionaba que llegando a Yautepec podía avanzarse “a caballo velozmente” y en ocho minutos estarían en la boca del mismo cañón del Tepozteco. Aseguraba que había otra ruta que los lugareños utilizaban para subir hasta el templo, pero advertía lo tremendo que “les hacen subir a los infortunados viajeros… que es precisamente la escala que vio Jacob en su sueño”. En realidad se podía llegar a Tepoztlán por dos vías, desde la capital podía tomarse la ruta Cuernavaca-Pacífico, bajarse en la última estación en Tres Marías para esperar una diligencia. Hasta ahí llegaba el proyecto ferroviario que se continuaría más al sur. Esta zona es ahora conocida como la Reserva del Chichinautzin. La otra opción era el ferrocarril llamado interoceánico, Saville lo escogió por lo pintoresco del paisaje, pues los carros pasaban frente a las faldas del volcán Popocatépetl, después llegaban al fértil valle de Cuautla y descendían en Yautepec. Se montaba después en mula para recorrer un áspero camino de 12 millas o sus correspondientes y largos 17 kilómetros.

 

Elvira Pruneda. Restauradora de material gráfico en el cinah Morelos desde 1986. En el año 2000 recibió en custodia el acervo de su bisabuelo, Leopoldo Batres (1852-1926). Realizó la maestría en historia en el Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos.

 

Pruneda, Elvira, “Para arribar con certidumbre hasta la cumbre del Tepozteco”, Arqueología Mexicana, núm. 153, pp. 60-62.

 

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