Veredas y caminos en tiempos del automóvil

Bernardo García Martínez

Muchos de los caminos antiguos, incluidos los prehispánicos, aún se usan el día de hoy. Se les hallará con algunas ligeras modificaciones, probablemente muy erosionados, interrumpidos aquí y allá por la irrupción de caminos más modernos, cubiertos por la mancha urbana de las poblaciones que han crecido a su vera, pero subsistentes en lo esencial.

 

Saliendo por la autopista a Puebla, después de la caseta de pago y justo cuando termina el último de los bloques de casas recién construidas, hay que voltear la vista al lado derecho y descubrir como a un kilómetro de distancia un pequeño edificio de color amarillento, con seis arcos, que se alza en una colina paralela a la que sube la autopista. Una pequeña barranca nos separa de ella, pero se cruza fácilmente a pie, si se desea, en menos de media hora. Este edificio es lo que queda de la Venta Nueva, uno de los puntos en que los viajeros que cruzaban del Valle de México al de Puebla durante el siglo XIX pasaban la noche antes de emprender la subida hacia los valles de Río Frío, que en esa época eran tristemente célebres por sus bandidos. La siguiente noche, si nada grave ocurría, la pasarían en otra venta por el rumbo de San Martín Texmelucan. El lugar, que merece ser conservado y protegido, se presta para hacer una reflexión a propósito del contraste entre los caminos antiguos y los modernos, así como para ponderar el valor como patrimonio cultural de aquellos caminos antiguos que aún subsisten.

Los caminos tienen la función de encauzar y facilitar el desplazamiento entre un punto y otro. Si no los hubiera, la mayoría de los movimientos entre poblaciones serían erráticos y requerirían de grandes habilidades para la orientación, como seguramente lo fueron en un principio muy remoto. De hecho, los caminos surgieron precisamente de la experiencia, que fue determinando la ruta más conveniente en función del tiempo, el costo y el esfuerzo necesarios para recorrerla. Desde luego, los primeros caminos fueron diseñados para recorrerse a pie, y para ello bastaba con que fueran estrechas veredas, que libraban las pendientes zigzagueando por cuestas empinadas y cruzaban los ríos (excepto los muy grandes) por vados o puentes de varas. Así eran los caminos prehispánicos, o al menos los caminos ordinarios, excepción hecha de algunas rutas privilegiadas como los sacbeob mayas o las calzadas que enlazaban a Tenochtitlan.

La introducción de caballos y de recuas para el transporte de mercaderías impuso varias alteraciones en los caminos, especialmente en cuanto a su anchura y la forma de afrontar pendientes y cruzar ríos, pero no en cuanto a su disposición básica. Los principales caminos prehispánicos sufrieron modificaciones de este tipo durante la época colonial y se convirtieron en “caminos de herradura”. Más impactante fue la introducción de carros y otros vehículos con ruedas, para los que a menudo hubo que abrir nuevos trazos, con menores pendientes y puentes adecuados. Pero de esto se hizo poco en dicho periodo y menos aún en las zonas montañosas. Los cambios más significativos ocurrieron después, con la aparición de ferrocarriles y automóviles, que dieron lugar a otra dimensión en la geografía de los caminos, especialmente por la tecnología que permitió hacer túneles y viaductos. Del mismo modo, la expansión del poblamiento por diversas partes del país implicó abrir caminos donde antes no los hubo. Pero el criterio básico, el de buscar la ruta más conveniente, subsiste a la fecha, de modo que no es de extrañar que algunos tramos de los caminos más modernos repliquen el trazo de las antiguas rutas que se recorrían a pie.

 

García Martínez, Bernardo, “Veredas y caminos en tiempos del automóvil”, Arqueología Mexicana núm. 81, pp. 66-69.

 

• Bernardo García Martínez. Doctor en historia; profesor de El Colegio de México. Autor de estudios sobre historia de los pueblos de indios, historia rural y geografía histórica. Ha publicado obras de síntesis sobre la historia y la geografía de México. Miembro del Comité Científico-Editorial de esta revista y guía oficial del Club de Exploraciones de México. Entre las actividades de esta institución, fundada en 1922, se cuentan excursiones en las que se recorre muchas de estas antiguas veredas en todas partes del país.

 

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