¿Qué hacían los teotihuacanos en Tikal? Migración y contacto en Mesoamérica

Edwin René Román Ramírez

La migración ha sido clave en las narrativas de fundación de muchas ciudades de las culturas mesoamericanas. Por ejemplo, en el Popol Wuj, un documento colonial, se relata que los pueblos k’iche’ y cakchiquel, que habitaban el altiplano guatemalteco, salieron de un lugar llamado Tollan, cuya procedencia aún se desconoce. Desde allí llegaron al actual departamento de K’iche’ y fundaron G’umarcaj, donde se desarrollaron durante el periodo Posclásico. En los estudios sobre movilidad y migración durante el periodo Clásico en Mesoamérica, muchos investigadores han tratado de entender cómo surgieron pequeñas colonias de extranjeros en diversas ciudades, y Teotihuacan fue uno de los primeros sitios donde se identificaron barrios étnicos. Estos barrios estaban habitados por personas con costumbres culturales similares, aunque algunas de ellas eran distintas de las tradiciones locales. Estas diferencias se reflejaban en la construcción de sus viviendas, en los objetos que traían o fabricaban y en sus rituales, como las formas de enterrar a sus seres queridos.

En las Tierras Bajas ha sido difícil identificar vecindarios étnicos porque muchas personas que migraban a los asentamientos eran de origen maya y, por tanto, compartían muchas de sus tradiciones, lo que dificulta su observación. Sin embargo, gracias al estudio del arte y de la escritura se ha demostrado que las elites se movían con frecuencia dentro de la región maya. Los registros de los escribas documentan migraciones de las elites que a menudo se trasladaban a nuevas ciudades para crear lazos mediante matrimonios entre príncipes y princesas o mediante el comercio. Además, los análisis químicos de dientes y los estudios de ADN antiguo ayudan a identificar a quienes no eran originarios del lugar.

En Tikal (Yax Mutul), la presencia de extranjeros fue común y se han documentado personas no locales desde el Preclásico hasta el abandono de la ciudad (fig. 2). Sin embargo, el momento en que Tikal tuvo la mayor cantidad de extranjeros, aproximadamente un 11% de la población, fue durante el Clásico Temprano (250-550 d.C.), cuando la dinastía Mutul gobernó la ciudad y la convirtió en uno de los asentamientos más importantes de la región y en un punto clave en las rutas comerciales. Gracias a su estatus regional, atrajo a personas de muchos lugares, como ciudades ubicadas en los territorios que actualmente identificamos como Belice y Honduras, del altiplano guatemalteco y también a habitantes de Teotihuacan, una ciudad que estaba a más de 1 000 km de distancia.

En este texto se analizarán los nuevos datos sobre la presencia de personas vinculadas a la cultura teotihuacana en Tikal. La conexión entre ambos lugares está bien documentada e incluye diversos tipos de interacción, como la política, el comercio, posibles matrimonios y conflictos armados. Estas actividades probablemente ocurrieron desde finales del Preclásico (100-250 d.C.) hasta el Clásico Temprano (250-550 d.C.), cuando la presencia teotihuacana fue más fuerte, especialmente en los grupos llamados Mundo Perdido y Plataforma Sur. Es en este último sector donde se encontró una de las evidencias más contundentes de la presencia teotihuacana en Tikal: un altar de estilo talud-tablero, decorado con murales de estilo teotihuacano.

En este texto se analizarán los nuevos datos sobre la presencia de personas vinculadas a la cultura teotihuacana en Tikal. La conexión entre ambos lugares está bien documentada e incluye diversos tipos de interacción, como la política, el comercio, posibles matrimonios y conflictos armados.

Edwin Román. Arqueólogo guatemalteco por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Maestría y doctorado en estudios latinoamericanos por la Universidad de Texas en Austin, Estados Unidos. Se especializa en las relaciones interregionales de Mesoamérica, y es director del Proyecto Arqueológico del Sur de Tikal.

Tomado de Edwin René Román Ramírez, “Un altar teotihuacano en Tikal, Guatemala”, Arqueología Mexicana, no. 200, pp. 68-73.