Tras la Revolución Mexicana surge la intención de integrar más el pasado prehispánico a la identidad nacional. Ante la lista de personajes a quienes a través de siglos había intrigado la Gran Pirámide, su popularización a fines del siglo xix y principios del XX, y su descomunal talla que prometía añadir a la apertura turística de Teotihuacan en 1910 la de otro sitio con un monumento aún mayor que los de aquel, su excavación inició en 1931 a iniciativa del Departamento de Monumentos de la SEP.
A esa primera temporada de campo le seguirían dos más, pero éstas ya serían parte del oficialmente nombrado “Proyecto Cholula”. Dado que las tres se han descrito con diversos niveles de detalle en numerosas oportunidades (e.g., Marquina, 1939, 1970, 1990; Matos, 2012; Messmacher, 1967; Noguera, 1954; Plunket y Uruñuela, 2018; Solís y Velasquez, 2005; Uruñuela et al., 2009), daremos un breve panorama de cada una asegurando incluir aquellos datos que contribuyen al tema de la sección que cerrará este número: revisar incógnitas, desde las planteadas por siglos, hasta las de creación reciente nacidas del desconocimiento y/o de la manipulación mediática.
La investigación inició en septiembre de 1931; aunque las excavaciones mayores se hicieron en los treinta, otras menores siguieron intermitentemente hasta 1956 (Noguera, 1956). Cabe mencionar que el material gráfico formal sobre estos primeros trabajos es poco, pero las tarjetas postales seguían siendo un atractivo medio de comunicación que amplió su inventario con el novedoso tema de las exploraciones, abonando a su documentación visual.
En la segunda temporada del Proyecto Cholula, tercera de las grandes exploraciones del siglo xx, de nuevo con Marquina como director, participaron en las excavaciones los arqueólogos Jorge R. Acosta, Ponciano Salazar, Carlos Hernández y Eduardo Contreras; de los restos óseos humanos se ocuparon los antropólogos físicos Carlos Serrano, Sergio López y Zaid Lagunas, y del análisis cerámico, la arqueóloga Florencia Müller.
La cronología que el proyecto derivó de la cerámica situó todas las construcciones que forman el módulo central entre las fechas de la etapa A-B, de la fase Cholula II (200 a 450 d.C.), y las de la última etapa, de la fase Cholula IV (700 a 800 d.C.).
Tomado de Gabriela Uruñuela Ladrón de Guevara y Patricia Plunket, "Las grandes exploraciones del siglo XX", Arqueología Mexicana, edición especial, núm. 128, pp. 56-75.


