• viernes, 19 de octubre de 2018

Alcatraz / Huacalxóchitl. Símbolo de la sensualidad e instrumento de placer

Alfredo López Austin, Leonardo López Luján

Una flor, llamativa por su belleza, fue reuniendo a lo largo de los siglos connotaciones que la convirtieron tanto en símbolo de femineidad como en centro de atributos y funciones ligados a la sexualidad.

 

Un pintor amante de los alcatraces

Asombra en la obra pictórica de Diego Rivera la presencia recurrente de los alcatraces, como impulsada por una obsesión alegórica. Las blancas flores pueden aparecer en manojos; pero adquieren funciones más expresivas cuando forman parte de escenas en que mujeres u hombres aislados, en par o en grupo, infantiles o maduros, son los agentes de la emoción estética. Su valor significativo se potencia, sin embargo, cuando enmarcan figuras femeninas. La luz nívea enfatiza la tez morena en “Perfil de mujer indígena con alcatraces” (1938). En “El vendedor de alcatraces” (1941), el mazo de flores es un mundo a cuestas de la cargadora arrodillada, en tanto que el hombre –el vendedor aludido en el título de la obra– apenas muestra sus pies, sus manos, el ápice de su sombrero y su imposición. Por su parte, la ahuiani o prostituta en el mercado de Tlatelolco (Palacio Nacional, 1945) está nimbada por un halo albo que se agrega y domina el conjunto de los símbolos de su personalidad erótica. La simetría dorsal de “Desnudo con alcatraces” (1944) forma la frondosa copa del formidable tronco moreno de la modelo Nieves Orozco Soberanes. Sumadas a la blancura del ave, acentúan la inocencia en “Niña con paloma y alcatraces” (1954), y en el “Retrato de Natasha Gelman” (1943) forman parte opulenta del respaldo del sofá en el que reposa la acaudalada coleccionista. Aun en los frívolos devaneos de Rivera al pintar las pin up girls del Bar Ciro ́s en el Hotel Reforma, los alcatraces de la “Dama del sombrero” (1942) resaltan a la mujer desnuda que se contempla coquetamente frente a un espejo.

 




Obras del Clásico, el Posclásico y la Colonia temprana en las que aparecen alcatraces. a. Figurilla maya de cerámica, Jaina, MNA; b. Petrograbado, Cerro Cuailama, Santa Cruz Acalpixca; c. Jura de Felipe II en 1557, Códice de Tlatelolco, lámina VIII; d. Pintura mural de la planta baja, Convento agustino de Malinalco; e. Fragmentos de pintura mural, caja de agua del Imperial Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco. Fotos: Ricardo Alvarado, Gerardo Vázquez, Archivo Fotográfico del Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM; Salvador Guilliem

El alcatraz sudafricano

La flor que tanto atrajo a Rivera pertenece a una planta herbácea del sur de África, la Zantedeschia aethiopica. Forma parte de la familia de las aráceas, que comprende unos 104 géneros, y en la que destacan los anturios, los filodendros, los aros, las dragoneas y las lentejas de agua. Lo que en apariencia sería el único pétalo de la Z. aethiopica es en realidad una espata o bráctea, en otras palabras, una hoja que nace del pedúnculo y que protege parcialmente la inflorescencia. Ésta, formada por un espádice o espiga de eje carnoso, sostiene las diminutas flores, femeninas en su base y masculinas en la parte superior. Los frutos son bayas adheridas al eje, gruesas y apretadas.

La marcada belleza de la Z. aethiopica determinó la difusión de su cultivo en Europa desde finales del siglo XVII. De allí pasó a América, donde proliferó en forma silvestre en climas tropicales. En México se reprodujo abundantemente, tanto cultivada en todo el territorio como asilvestrada en los bosques de pino-encino, hasta los 1,900 msnm.

La planta es conocida en español bajo
el apelativo generalizado de “alcatraz”, aunque en nuestro país también se la llama, según el Catálogo de nombres vulgares y científicos de plantas mexicanas
de Maximino Martínez, “capote”, “carucho”, “cucurucho” y “lampaz”. Es la forma de la bráctea (y no la de las hojas, como lo señala Joan Corominas en su  Diccionario crítico etimológico) la que
da nombre de alcatraz a la planta. Efectivamente, la bráctea semeja un cucurucho o alcartaz, palabra de nuestro idioma que en su forma original dio por metátesis alcatraz. Según el Diccionario de la lengua española, alcartaz deriva del árabe hispánico alqarás o alqirás; ésta, del árabe clásico qiras, y ésta a su vez del griego χαρτης (hoja de papiro),
de la que también proviene nuestra palabra carta.

 

Los alcatraces americanos

La tardía llegada de la Zantesdechia aethiopica a México pareciera contradecir la presencia de las imágenes de alcatraces tanto en la cerámica y la escultura anteriores a la conquista española, como en los códices y la pintura mural de la Colonia temprana. De la antigüedad mesoamericana destaca, entre varios ejemplos, una delicada figurilla maya de cerámica del Clásico en la que una bráctea azul envuelve, en vez de un espádice, a un anciano. Por su parte, del Centro de México y específicamente del Posclásico tardío sobresalen un petroglifo tallado en un flanco del cerro Cuailama de Santa Cruz Acalpixca –donde se observa una mariposa de grandes proporciones volando hacia una planta de alcatraz–, además de las esculturas de bulto de un esquelético Xochipilli y de dos monos araña (Ateles geoffroyi) que lucen insignias divinas. En lo que respecta al arte pictórico de las primeras décadas de la Colonia, podemos señalar aquí la lámina viii del Códice de Tlatelolco (c. 1562), en la que dos danzantes ataviados fantásticamente portan uno la flor y la hoja del alcatraz y el otro tan sólo la hoja. Igualmente interesantes son las flores plasmadas en los murales del Convento agustino de Malinalco (fundado en 1540 y cuya planta baja fue concluida en 1560) y en la caja de agua del Imperial Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco (1536), esta última asida por la mano por un mono araña.




Algunas especies de alcatraces mexicanos. a-b. Flor y fruto de Arisaema dracontium; c. Flor de Dracontium gigas; d. Flor y fruto de Monstera deliciosa; e. Flor de Philodendron sagittifolium; f. Flor de Syngonium podophyllum; g-h. Flor y fruto de Xanthosoma mafaffa; i. Flor de Xanthosoma robustum; j. Flor de Xanthosoma sagittifolium. Digitalización: Raíces.

 

Los alcatraces en
las fuentes documentales


La respuesta a la factura de las obras recién mencionadas es muy simple: también existían aquí varias especies de alcatraz, las cuales fueron registradas en el siglo XVI en obras coloniales de primer orden. Tal es el caso del alcatraz dibujado en el Libellus de medicinalibus Indorum herbis entre los medicamentos para la curación de la supuración del paladar y la úvula. En esa misma obra se describe esta planta como componente de medicinas contra diversos males.

Igualmente, en el Libro XI del Códice Florentino de fray Bernardino de Sahagún y en la Historia de las plantas de Nueva España de Francisco Hernández, se incluyen numerosos alcatraces, aráceas no del género Zantesdeschia, sino de los géneros Philodendron, Arisaema, Dracontium, Syngonium y Monstera. Aquí, la especie prototipo es la huacalxóchitl, “flor-huacal”, “flor recipiente”, “flor de armazón de carga” o, como muy apropiadamente traduce Hernández, “flor hueca”; el nombre también hace referencia a la bráctea como cubierta protectora. La huacalxóchitl ha sido clasificada científicamente como Philodendron affine. En el Códice Florentino acompañan a la flor prototipo la teccizhuacalxóchitl (“ huacalxóchitl-caracola”), la tochnacaz- huacalxóchitl (“ huacalxóchitl oreja de conejo”)y la tlapalhuacalxóchitl (“huacalxóchitl roja”).

Por su parte, Hernández lista tres plantas llamadas huacalxóchitl, a las que distingue como primera y segunda (o huacalxochític, “parecida a la huacalxóchitl”), mientras que la tercera es llamada por él con el nombre purépecha de caràmaqua. El lingüista Fernando Nava nos comunicó que en ortografía actual la palabra es karamakwa y que significa “lo que causa la sensación de agarrar la lengua”. En su nómina, el médico toledano incluye asimismo la tetlaxincaxóchitl (“flor de adulterio”), la ozumaxóchitl (“flor del mono”), dos llamadas cuauhnenequi (“amante de los árboles”, aunque prefiere traducir como “amante de la altura”), la quequéxquic (“la que causa prurito”, “la urente”), la ixtlilxóchitl (“flor de superficie negra”) y otras plantas semejantes a las que Hernández equipara, como a las anteriores, con sus conocidas dragonteas y aros, también de la familia Araceae. Según esta misma fuente, la gente del pueblo, con el ánimo de obtener una generosa retribución, ofrecía ramilletes de alcatraz a los dioses, el soberano y los guerreros valerosos, en tanto que los cazadores y los comerciantes ponían las infrutescencias sobre su cabeza para lograr mágicamente un mayor beneficio de sus actividades.




El alcatraz en las fuentes documentales. Libellus de medicinalibus Indorum herbis, cap. V: a. Huacalxóchitl. Códice Florentino, lib. XI, cap. VII°, pár. X; b. Huacalxóchitl (fol. 194r); c. Teccizhuacalxóchitl (fol. 194r); d. Tochnacazhuacalxóchitl (fol. 194v). Francisco Hernández, Historia de las plantas de Nueva España, lib. IX, cap. LXVI: e. Huacalxóchitl segundo. Digitalización: Raíces.

 

Enredaderas y monos

De entrada, tres de dichos apelativos nos llaman poderosamente la atención: “amante de los árboles”, “flor de mono” y “flor de adulterio”. Lo curioso del primero se debe a una rara coincidencia: cuauhnenequi o “amante de los árboles” (por tratarse de una planta trepadora), equivale exactamente al nombre científico moderno de uno de los géneros mencionados: Philodendron, ya que esta palabra deriva del griego Φίλος “amante” y δέντρο “árbol”.

El segundo apelativo también concuerda con el que recibe hoy en Brasil uno de los filodendros: el guambé (Ph. bipinnatifidum), al que también se llama popularmente en portugués banana-de-macaco. Este hecho nos habla de la estrecha relación existente entre la planta y el animal: como se dijo, existen al menos dos esculturas prehispánicas y un mural colonial temprano en donde se plasmó artísticamente tal asociación. La escultura de bulto en basalto de un mono araña sedente con un alcatraz en la mano derecha, procede de una colección privada y fue exhibida temporalmente en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York. El mamífero está ataviado con un máxtlatl o braguero compuesto por listones anchos de tela rematados en círculos. Luce un pectoral en forma de un gran oyohualli (símbolo en forma de gota) de extremo en roleo y orejeras análogas a hojas lanceoladas. La otra escultura es un relieve discoidal también tallado en basalto que se resguarda actualmente en el parisino Musée du quai Branly. En su cara superior tiene representado un mono araña: hacia el frente sujeta una flor de alcatraz con la mano izquierda y el pecíolo de una gran hoja de la misma planta entre sus patas, en tanto que hacia atrás agarra con la mano derecha un cetro rematado por lo que la bióloga Aurora Montúfar identifica como la infrutescencia de un Philodendron sp. Como en la escultura anterior, este mono está rica y simbólicamente engalanado. Porta un collar ancho posiblemente de cuero, adornado en su borde inferior con siete posibles caracoles, y una orejera discoidal
de la que pende un oyohualli. En la cara inferior del disco de piedra figura un petate, símbolo de la superficie de la tierra.

A nivel conductual,
la asociación animal-planta es evidente: el mono araña vive la
mayor parte del tiempo en los árboles, donde consume vorazmente los frutos de una o más especies de alcatraz. El
biólogo Gilberto Silva López, primatólogo interrogado al respecto, nos contestó que no hay experiencia
directa de que la infrutescencia
del alcatraz forme parte de la dieta del Ateles geoffroyi vellerosus en la Sierra de Santa Marta, en el sureste de Veracruz, pero que el especialista Marc G.M. van Roosmalen reportó en
1985 que los monos araña de
las selvas de Surinam comen las infrutescencias,
las hojas jóvenes y las
puntas de las raíces aéreas de la especie Philodendron acutatum. Debe aclararse
que, pese a la toxicidad de los alcatraces, los frutos
de algunas especies son comestibles también para
los humanos. Es el
caso de la Monstera deliciosa o “costilla de Adán”,
cuyas bayas blancas y
tiernas, ya maduras y sin
su epicarpo o cáscara, tienen un sabor que se ha descrito entre plátano, piña y mango. No obstante, las pequeñas cantidades de ácido oxálico que contienen dichas bayas pueden hacer daño a personas sensibles. Los frutos producidos en el primer año de la planta no deben ser consumidos por la abundancia de este ácido.




Monos araña con alcatraces. a. Escultura en basalto, colección particular, estuvo exhibida temporalmente en el Metropolitan Museum of Art; b. Escultura en piedra volcánica, Musée du quai Branly (inv. MQB 87.159.143). Fotos: L. López Luján.

Otros elementos iconográficos de nuestras dos esculturas requieren de una explicación de corte simbólico. Eduard Seler, tanto en sus Comentarios al Códice Borgia (v. I, p. 101-102) como en Las imágenes de animales en los manuscritos mexicanos y mayas, discute con detalle los atributos característicos del mono araña en la cosmovisión mesoamericana: diversión, placer, danza, juego, representación mímica, alegría, destreza artística, voluptuosidad, concupiscencia, sexualidad y pecado. Al trabajo del investigador alemán se han agregado, precisando y ampliando sus observaciones, numerosos estudios extensos y eruditos, entre cuyos autores puede señalarse a Martha Ilia Nájera Coronado, Stephen D. Houston, Mary Miller, Karl A. Taube y Jaime Echeverría García. Tales cualidades del mono araña se acentúan en los efectos que su influencia significaba en el ciclo de los destinos. Se auguraba que los niños recién nacidos ofrecidos al agua el día 1-mono (ce ozomatli) serían amigables, alegres, inclinados a la música, la pintura y el arte, mientras que los bautizados el día 5-mono (macuilli ozomatli) tenderían a los placeres y las burlas. Lo anterior se torna aún más nítido en la asociación del mono con Xochipilli: este dios era patrono del signo calendárico ozomatli, que frecuentemente aparece en los códices como un mono con la pintura facial propia de dicha divinidad (el tlapapalli o barra horizontal de rectángulos de colores). El oyohualli que porta el mono de la escultura de bulto en el pecho o que luce el mono del relieve como pendientes de sus orejeras es, precisamente, una de las divisas del dios Macuilxóchitl, posible desdoblamiento de Xochipilli, pues ambos comparten atributos, símbolos solares y cetro de corazón.

Por esta causa, es muy revelador que Xochipilli esté también asociado al alcatraz. Su pintura facial alrededor de la boca es una mariposa estilizada, como mariposa es el insecto que vuela hacia los alcatraces en el ya mencionado cerro Cuailama. Pero mucho más elocuente es la escultura del Xochipilli descarnado del Museo Nacional de Antropología que ase un alcatraz con su mano izquierda. Esta imagen es desconcertante, pues reúne elementos tan extraños que pide a voces un estudio detallado. No es éste el lugar para hacerlo; pero remarquemos al menos su cuerpo esquelético: parece evocarnos los efectos perniciosos que, según las fuentes documentales, la lujuria acarrearía al libidinoso. En efecto, para referirse en náhuatl a los placeres sexuales se usaba el sustantivo tlalticpacáyotl, “las cosas de la superficie de la tierra”, y cuando los varones abusaban de dichos placeres se empleaban los términos cenca cihuanotza y cihuahuía (“entregarse a las mujeres”). Estas palabras fueron traducidas por fray Alonso de

Molina como “desainarse”, esto es “perder el saín” o grasa. De manera concomitante, los informantes de Sahagún decían en tales situaciones: “Se seca la gente porque terminan nuestra sangre, nuestro color, nuestra grasa; porque termina nuestro semen; termina nuestra resina, nuestra trementina” (Códice Florentino, Lib. VI, cap. XXII, fol. 105v. La traducción es nuestra).




El mono araña y el dios Xochipilli. a. El mono como decimoprimera figura de  los nombres de los días del mes, con la pintura facial de tlapapalli, una barra  horizontal de colores en la mejilla, propia del dios Xochipilli (Códice Borgia,  lám. 1); b. Xochipilli como divinidad del día mono (Códice Borgia, lám. 13).  c. Escultura en piedra, Museo Nacional de Antropología (inv. 11.0-05108)  Digitalización: Raíces. Foto: Archivo Digital MNA.

 

La flor del placer

El tercer apelativo, “flor de adulterio”, requiere de una explicación minuciosa. Los informantes de Sahagún, al describir la teccizhuacalxóchitl o “huacalxóchitl-caracola”, expresaron lo siguiente en su idioma: quil qujmotvnaltica, in tecpan cioa, in cacaltzacutoca; in jcioaoan catca motecuçoma: quil ic tlalticpac tlamatque; ic tetzotzonaloque, in qujnpiaia in suchitla, yoan in cioa. Como en el caso de otras flores, Sahagún no vertió al español este pasaje cuando integró el texto que hoy conocemos como Historia general de las cosas de Nueva España. Damos por ello a continuación nuestra traducción del náhuatl: “Dizque querían obtener [esta flor] las mujeres de palacio, las que estaban encerradas, las mujeres de Motecuhzoma. Dizque con ellas lograban sensaciones sexuales. Por esto fueron lapidados los que cuidaban los jardines y las mujeres.”

De manera sugerente, Hernández proporciona una noticia muy parecida al referirse a otro tipo de alcatraz: “Esta hierba grande o arbusto fue llamada tetlaxincaxóchitl porque las concubinas de Moctezuma, en otro tiempo señor de México, que eran innumerables, usaban su flor a manera de miembro viril para procurarse placer sexual contra las leyes naturales y por falta de varón”. Los nahuas, al dar nombre a esta planta en particular, usaron el término tetlaximaliztli, uno de los más crudos para aludir al adulterio. Deriva de xima, “raspar”, “rasurar” o “dolar”. Literalmente, sus componentes significan “raspar (xima) algo (-tla-) de alguien (te-)”, lo que da a entender que se comete adulterio cuando se actúa sobre una cosa que pertenece a otro. La acritud del término en nada se parece al significado del sustantivo español “consolador”, que en su segunda acepción se refiere al “aparato, generalmente en forma de pene, utilizado para la estimulación sexual”. Esta acepción apenas se consignó en el Diccionario de la Lengua en su edición del año 2014. Ni Sahagún ni Hernández emplearon un término equivalente a éste de “consolador”. Tampoco lo hizo Bernal Díaz del Castillo cuando debió referirse al instrumento que se encontró entre las pertenencias del conquistador Blas Botello Puerto de Plata, el Nigromántico, tras su muerte en la Noche Triste: “una natura como de hombre, de obra de un jeme [distancia del pulgar al índice], hecha de baldrés [piel suave de oveja], ni más ni menos, al parecer de natura de hombre, y tenía dentro como una borra de lana de tundidor” (Historia de la conquista de Nueva España, cap. 128). Curiosamente, es posible que en la época de estos tres autores ya fuese popular la palabra inglesa dildo, equivalente de consolador, pues la usó el poeta satírico Thomas Nashe (1567-1601) en los versos de The Choice of Valentines. Por lo que toca a la existencia de consoladores en el mundo mesoamericano, el lector puede consultar el artículo de Houston y Taube, “La sexualidad entre los mayas”, en el número 104 de esta revista, donde los autores publican la fotografía  de un objeto de madera al que atribuyen tal función, el cual fue extraído del Cenote de los Sacrificios de Chichén Itzá.

Contextualicemos, por último, el asunto de las mujeres de Motecuhzoma Xocoyotzin. Aun soslayando el exagerado número que señala Francisco López de Gómara al hablar de las concubinas simultáneamente embarazadas por el tlahtoani mexica, es de tomar en consideración lo que el capellán de Hernán Cortés nos cuenta:

De las señoras, hijas de señores, que eran muchísimas, tomaba para sí Moctezuma las que bien le parecían; las otras las daba por mujeres a sus criados, y a otros caballeros y señores. Y así, dicen que hubo vez que tuvo ciento cincuenta preñadas a un tiempo, las cuales, a persuasión del diablo, abortaban, tomando cosas para expulsar a las criaturas, o quizá porque sus hijos no habrían de heredar (Historia general de las Indias, cap. “Las muchas mujeres que tenía Moctezuma en palacio”).

Al tratarse de un soberano de quien se creía que no sólo dependían los acontecimientos humanos, sino las lluvias y la producción de los cultivos, no necesariamente debemos interpretar este pasaje como muestra de su lujuria, sino como una conducta de buen gobierno. Otros dos datos, aparentemente contradictorios, nos llegan por las fuentes: por una parte, el Códice Carolino (p. 38, nota 24) asienta que Motecuhzoma se perfumaba con la flor del poyomatli con el objeto de que su maravilloso aroma cautivara a más mujeres; por otra, Díaz del Castillo afirma que el soberano tomaba una bebida hecha de cacao para tener acceso a mujeres (Historia verdadera de la conquista de Nueva España, cap. XCI). A partir de lo anterior, no sería extraño que, agotado por el cumplimiento de sus constantes obligaciones sexuales, Motecuhzoma dejara de satisfacer las demandas de las mujeres de su serrallo, y que éstas tuvieran que recurrir en secreto a paliativos...




Tres cuadros con alcatraces. a. William-Adolphe Bouguereau (1825-1905), “L’Aurore” (1881). b. Francisco Romano Guillemin (1883-1950), “Retrato de Antonieta Rivas Mercado” (c. 1917). c. Georgia O’Keeffe (1887-1986), “Calla Lily Turned Away” (1923).  Digitalización: Raíces.

 

Reflexión final

Dos preguntas quedan aún por resolver: ¿por qué son tan semejantes las referencias que hacen Sahagún y Hernández a las concubinas de Motecuhzoma? y ¿por qué Diego Rivera asoció los alcatraces a la femineidad? Para ambas interrogantes, nuestras respuestas son meramente hipotéticas. En cuanto a la primera, Miguel León-Portilla ha hecho notar que entre 1570 y 1575 Hernández tuvo acceso a los documentos de Sahagún y que se sirvió de ellos como fuentes de información para su magna obra. Aunque el franciscano no tradujo al español el párrafo relativo a la teccizhuacalxóchitl, cabe la posibilidad de que el médico toledano hubiese tomado la noticia del texto en náhuatl de los informantes sahaguntinos. Resulta igualmente plausible, por otra parte, que los propios informantes hubiesen divulgado parte de la información, y que ésta hubiese llegado a Hernández. Por último, el episodio de las concubinas también pudo haber sido parte de la memoria colectiva. Ésta habría combinado el conocimiento del uso erótico de la flor con habladurías acerca de las relaciones entre el soberano y sus mujeres o, incluso, con el posible impacto de la noticia de algún hecho real: una condena palaciega por lapidación por la falta cometida.

En cuanto a la segunda incógnita, hay que pensar que Diego Rivera, aunque indudable conocedor de las fuentes históricas, muy difícilmente pudo haber conocido en los años 20 del siglo pasado la breve noticia que dejó Hernández en su muy copioso tratado, ni los textos nahuas de Sahagún. Tales documentos no estaban a disposición de los lectores comunes, por muy interesados que fuesen en la materia. El historiador del arte James Oles considera que Rivera atribuyó al alcatraz una fuerte connotación femenina siguiendo la tradición europea. En comunicación personal, Oles nos dio a conocer un ejemplo de la flor en un cuadro lleno de voluptuosidad: “L’Aurore” (1881) de William-Adolphe Bouguereau. También mencionó como posibles derivaciones paralelas de tal tradición las obras de dos pintores contemporáneos de Rivera: el “Retrato de Antonieta Rivas Mercado” del mexicano Francisco Romano Guillemin y las sensuales pinturas de alcatraces de la estadounidense Georgia O’Keeffe. Creemos que la opinión de Oles es del todo plausible.

 

Agradecimientos

A Ricardo Alvarado Tapia, Pedro Ángeles Jiménez, Bárbara Arroyo, Salvador Guilliem Arroyo, Aurora Montúfar, Fernando Nava, James Oles, Joanne Pillsbury, Antonio Saborit y Gilberto Silva López.

 

 Alfredo López Austin. Doctor en historia por la UNAM e investigador emérito del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la misma institución.

 Leonardo López Luján. Doctor en arqueología por la Université de Paris Nanterre y director del Proyecto Templo Mayor, INAH.

 

López Austin, Alfredo, Leonardo López Luján, “Alcatraz / Huacalxóchitl.
 Símbolo de la sensualidad e instrumento de placer”, Arqueología Mexicana núm. 147, pp. 18-27.

 

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