• 12-dic-2019

Anecdotario Arqueológico. De visitantes a visitantes

Eduardo Matos Moctezuma

Corría el año de 1978. Aquel primer año de las excavaciones del Templo Mayor había estado lleno de hallazgos promisorios que surgían en aquella emblemática esquina de las calles de Guatemala y Argentina. Pero también hubo sucesos interesantes que, queramos o no, forman parte de todo aquello que rodea a una excavación arqueológica. Ya hemos comentado lo que sucedió un sábado, cuando se abrieron las puertas para que durante dos horas los visitantes pudieran pasar a ver la monumental escultura de Coyolxauhqui, y cómo un joven depositó flores al pie de la deidad. Poco a poco iré platicando acerca de otros acontecimientos curiosos, pero toca el turno a una serie de personajes extraños que llegaron al lugar y que vale la pena comentar acerca de su comportamiento.

Comenzaré con una persona, muy singular, que durante el primer año de excavación pasaba por afuera del área de trabajo, por la calle de Argentina, un señor que aullaba, además de gritar: “Matos, déjanos ver lo que está saliendo”. Esto sucedió en varias ocasiones y el aullador pasaba a lo largo de la calle sin parar su andar. Finalmente, cuando se abrieron las puertas, como se señaló antes, nunca vi a este personaje que fuera a la visita, pero de ahí en adelante dejó de lanzar su requerimiento.

En otra ocasión sucedió que, estando en mi oficina cercana al área de excavación, me avisaron que había una persona que quería verme. Pedí que le preguntaran qué deseaba, pues por aquellos días mucha gente quería saber algo sobre los mexicas o el Templo Mayor. Hubo una joven madre que llevó a su hijo, que cursaba la primaria, a que le diera información que le requerían en la escuela. En fin, envié al guardia de la puerta para que le preguntara qué deseaba. Volvió con la respuesta: –Profesor, dice que es el hijo de Quetzalcóatl. La insólita presentación llamó mi atención y pensé: “loco a la vista”. Lo hice pasar y era un hombre de unos 35 años, sencillo, con sombrero de paja. Entonces le pregunté que era lo que deseaba. Su respuesta fue:

–Quiero visitar las excavaciones para ver lo que están encontrando, pues soy el hijo de Quetzalcóatl.

–¿Y por qué es el hijo de Quetzalcóatl?

–Mire, es que en mi rancho, un día que estaba trabajando en el campo me picó una víbora y, sin embargo, no me morí. Ésa era una señal de que el dios me señalaba como hijo suyo y me daba sus poderes. Este señor lo que quiere es visitar la zona y me inventa este relato, pensé. Salí de mi oficina y allí estaba Salvador Guilliem, por entonces fotógrafo de la excavación, y le solicité que acompañara al raro personaje a dar una vuelta, no sin antes advertirle que estuviera muy alerta, pues no sabíamos si en realidad quería hacer otra cosa.

–Si ves un comportamiento extraño, no dudes en darle un camarazo para calmarlo… Salvador, con todo y sus cámaras, tuvo el privilegio de guiar al hijo de Quetzalcóatl por los trabajos que realizábamos y afortunadamente todo salió bien. Quetzalcóatl Jr. quedó muy complacido y para nuestra fortuna jamás se volvió a presentar por el lugar.

Quiero advertir que no fue el único caso en que alguien pretendía hacerse pasar por otra persona para poder entrar a las excavaciones. Cuando en 1978 apenas llevábamos pocos meses de haber iniciado nuestros trabajos, un día me avisaron que había una periodista que deseaba entrevistarme. Pedí que la hicieran pasar. Era una mujer muy joven, delgada. Empezó a hacerme preguntas y mis respuestas las anotaba en una libreta. Al poco rato se detuvo y me dijo:

–Mire, yo no soy periodista ni nada de eso. Estudio historia del arte en la Ibero y mi interés se centra en el México prehispánico. Me llamo Lourdes Cué y lo que deseo realmente es visitar las excavaciones.

Ante tan sorprendente declaración no tuve más remedio que enseñarle lo que estaba sucediendo y lo que habíamos encontrado. Se le veía realmente emocionada al ver aquellos vestigios del pasado que volvían a surgir después de tantos siglos. Días más tarde me invitó a que diera un curso de “Arte prehispánico” en la Universidad Iberoamericana, y no dudé en ningún momento en aceptar. Cabe decir que esta universidad todavía se encontraba en su antigua sede, que se cayó a raíz de un fuerte temblor. Hubo un temblor previo que me tocó cuando estaba dando clase y de repente empezó a moverse todo. Salí corriendo y las alumnas detrás de mí. Hubo algunos daños pero poco después ocurría el movimiento ya relatado.

Años más tarde, Lourdes Cué se incorporó como colaboradora en el Templo Mayor. Estuvo con nosotros por muchos años y fue responsable de las publicaciones del proyecto, y en lo personal me ayudó con gran eficacia en el montaje de diversas exposiciones, como “Dioses del México antiguo”, en la antigua escuela de San Ildefonso, que tuvo gran éxito. Desafortunadamente la atacó una grave enfermedad que finalmente no pudo superar. Aquella jovencita había logrado, sin embargo, su sueño de estar muy cerca del Templo Mayor…

 

Eduardo Matos Moctezuma. Maestro en ciencias antropológicas, especializado en arqueología. Fue director del Museo del Templo Mayor, INAH. Miembro de El Colegio Nacional. Profesor emérito del INAH.

Matos Moctezuma, Eduardo, “Anecdotario Arqueológico. De visitantes a visitantes”, Arqueología Mexicana, núm. 159, pp. 82-83.

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