• 12-ago-2020

Chapultepec un bosque artificial

Felipe Solís

El Chapultepec de Moctezuma I y el Tetzcotzinco de Nezahualcóyotl fueron sitios con características similares: estaban orientados en relación con sus ciudades capitales, poseían obras hidráulicas y monumentos, y su uso era más como espacios rituales que como baños o jardines de recreo.

 

Chapultepec, espacio ritual y secular de los tlatoani  azteca

En la memoria colectiva de los mexicanos, el cerro de Chapultepec, con sus hermosos bosques y jardines, aparece como el lugar de recreo de Moctezuma, donde se le puede imaginar bañándose en las albercas que se habían construido para tal propósito. Esta idílica visión se explica por la abundancia de agua en aquel lugar. Asimismo, tal exuberancia también aparece en el topónimo de Chapultepec, que está formado por una prominencia montañosa por encima de la cual se posa un saltamontes, y en la pictografía del “cerro del chapulín”, del cual brota el chorro de agua de los manantiales que se hallaban en las faldas del lado este del cerro, de donde provenía el agua potable que se consumía en la ciudad de México. Del insecto del cual toma su nombre el bosque conservamos una extraordinaria escultura elaborada en carneolita, piedra de un intenso color rojo, que fue descubierta en el interior de la alberca principal.

Origen del Cerro de Chapultepec

Este cerro corresponde a una formación geológica muy antigua, de origen volcánico, que sirvió de asentamiento a los mexicas en la etapa final de su migración, cuando iban en busca de su futura urbe. Los cronistas nos relatan los intensos trabajos del pueblo para fortificar su cúspide con algunas albarradas, para protegerse del ataque de los pueblos vecinos a los que incomodaba su presencia. Después de 47 años de su asentamiento en Chapultepec, los mexicas fueron atacados por una coalición comandada por los tepanecas de Azcapotzalco, apoyados por los de Xaltocan, y los seguidores de Huitzilopochtli fueron derrotados. Los mexicanos expresaron así su amargura en los Anales de Cuauhtitlan: “Con los escudos al revés, fuimos los mexicanos vencidos en el Pedregal de Chapultepec. ¡Ah! Hacia las cuatro partes llevaron a los hijos. Va llorando Huitzilihuitl; otros pendones en sus manos, desmochados fueron en Culhuacan”. En efecto, el viejo Huitzilíhuitl, hasta entonces su guía, fue sacrificado junto con su mujer en Culhuacan.

Después de los diversos episodios que llevaron a este valeroso pueblo a fundar su ciudad en el año 2 casa (1325 d.C.), que condujo al establecimiento del linaje gobernante con Acamapichtli, el nieto de éste, Chimalpopoca, logró que su abuelo materno le otorgara en propiedad permanente los manantiales de Chapultepec, para proveerse de agua potable. No obstante que el agua de la laguna de México era dulce, no se podía beber por la cantidad de lodo e inmundicias que contenía.

El acueducto

Fue hasta el floreciente reinado de Moctezuma I o Ilhuicamina (1440-1469 d.C.) cuando se llevó a cabo la construcción del impresionante acueducto que conducía el agua desde los manantiales de Chapultepec hasta México-Tenochtitlan. En varias crónicas y códices pictográficos se menciona a Nezahualcóyotl, señor de Texcoco, como el autor del diseño y director de los trabajos del acueducto, que fueron realizados en el año 13 conejo (1466 d.C.). Esta magnífica obra hidráulica asombró a los españoles por el ingenio con el que se edificó, pues aún no se conocía el arco de medio punto, aplicado por los romanos para los mismos fines. El acueducto era de doble vía, con el propósito de que uno de los ductos estuviera en funciones mientras el otro se limpiaba y recibía los adecuados trabajos de mantenimiento.

Lugar sagrado

Por esa misma época, Chapultepec se transformó y sus alrededores se convirtieron en un sitio ritual de acceso restringido, donde se recreó la montaña sagrada, lugar donde habitaban Tláloc y Chalchiuhtlicue, dioses patronos del agua. En este lugar sagrado se construyeron santuarios, a manera de templos monolíticos, excavados en la roca. El agua del manantial se recolectaba en recipientes de cal y canto que en la tecnología hidráulica se conocen como “albercas”, con ductos que conducían el agua potable a otras y, en especial, al gran acueducto del que hemos hecho referencia.

Anteriormente, en el cerro del Tetzcotzinco, Nezahualcóyotl había diseñado un sitio ritual de características semejantes, el cual constituye uno de los monumentos prehispánicos de la arquitectura de paisaje más completos e impresionantes que han llegado hasta nuestros días.

Esta gran montaña forma parte del sistema orográfico conocido como Sierra Nevada, donde destacan por su magnitud y altura el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Como en el Tetzcotzinco no hay manantiales a mano, Nezahualcóyotl obtenía el preciado líquido de fuentes brotantes ubicadas en las laderas, entre los cerros Tláloc y Telapón. Aprovechando el declive del terreno, el agua era conducida mediante canales hasta el borde de un barranco. Para salvar este obstáculo, el ingenio del rey poeta no tuvo límites; ordenó el acarreo de millones de metros cúbicos de tierra y piedra para construir un terraplén y superar ese accidente geográfico. Esto permitió la continuación hasta una de las partes altas del Tetzcotzinco del ducto, el cual se construyó mediante canalización, en ocasiones excavando la roca.

Para entonces el cerro contaba con habitaciones excavadas en la roca o bien adosadas al cerro, complementadas con muros de piedra y argamasa, seguramente cubiertos con techos de madera y terrado. En distintos niveles de la montaña hay recipientes excavados en la roca, los cuales eran conocidos por el pueblo como el Baño del Rey y el Baño de la Reina, que recibían el agua mediante la compleja canalización. En la parte oriente del Tetzcotzinco hay escalinatas excavadas en la roca que permitían la caída del líquido, a manera de cascadas artificiales.

Las ruinas de este cerro sagrado constituyen el testimonio más emotivo de los afanes del monarca texcocano por vincular su poder como dirigente con representaciones y personificaciones de las deidades acuáticas. En la cúspide del Tetzcotzinco se conservan relieves con el rostro del dios de la lluvia y los fragmentos de una pareja de deidades femeninas relacionadas con la fertilidad y la comida, como Chicomecóatl, señora del maíz y los mantenimientos, pareja que también –de acuerdo con el Códice Teotenatzin– se representó en el cerro del Tepeyac, lo cual plantea la incógnita de su presencia en Chapultepec.

Excavaciones en los manantiales

En 1975 –a invitación del entonces Departamento de Rescate Arqueológico y en compañía de los arqueólogos Rubén Cabrera y Ma. Antonieta Cervantes– llevamos a cabo la exploración del área de los manantiales de Chapultepec, en donde encontramos, en los sustratos prehispánicos, el ducto de salida de la alberca indígena (sobre la cual estaban las albercas coloniales y republicanas). El canal fue construido con piedra y argamasa, y fue cubierto de estuco. En uno de sus lados mostraba, como peculiar identificación, una especie de asiento conformado por dos taludes ornamentados con la típica moldura de la arquitectura mexica, igual a la que está sobre el pedestal del llamado Baño de Nezahualcóyotl en el Tetzcotzinco, imagen que inmortalizó con sus pinceles José Ma. Velasco.

 

Felipe Solís (1944-2009). Arqueólogo, maestro en antropología. Fue subdirector de Arqueología del Museo Nacional de Antropología.

Solís, Felipe, “Chapultepec, espacio ritual y secular de los tlatoani  azteca”, Arqueología Mexicana, núm. 57, pp. 36-40.

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