• 13-sep-2019

Coleccionismo, saqueo y legislación

Enrique Nalda

Coleccionismo y saqueo son un par íntimamente relacionado, en donde el primero opera como causa y el segundo como efecto. Ello debe ser analizado tomando en cuenta las diversas circunstancias que lo propician. Sólo así estaremos en condiciones de implementar las estrategias más adecuadas para regular, de manera eficiente, el tráfico de bienes arqueológicos, además de prevenir el saqueo y la destrucción de nuestro patrimonio cultural prehispánico.

 

El coleccionismo no es una actividad vinculada exclusivamente al comercio de "obras de arte" y de documentos codiciados por historiadores. Científicos respetables también lo practicaron. En unos casos, coleccionaron artefactos y documentos con el fin de apoyar las presentaciones que hadan de sus descubrimientos. En otros, lo hicieron por considerar que en el lugar de origen no se reconocía el valor pleno de ese patrimonio y, por tanto, no había condiciones que aseguraran su conservación, en otros más, porque sus investigaciones demandaban la búsqueda de datos; sus colecciones fueron subproducto de su trabajo como científicos, aunque, colateralmente, también pretensión inconsciente de amasar una "fortuna" que, en condiciones extremas, podría traer alivio financiero a la familia. En otros, en fin, coleccionaron por el simple placer de acumular lo que consideraban invaluable y verlo exhibido en algún museo de importancia con un reconocimiento a su labor.

A esta clase de coleccionistas pertenecen científicos tan honorables como Eduard Seler, destacado etnohistoriador alemán, pioneros en el campo de la arqueología tan conocidos como el explorador francés Désiré Charnay, y personajes tan connotados como el historiador, bibliografista y editor mexicano Joaquín García Icazbalceta.

Hay otro grupo de coleccionistas que merece mención especial. A él pertenecen quienes compraban todo lo que podían para evitar que objetos valiosos salieran del país. Quizás el más conocido de éstos haya sido, en México, Diego Rivera. Este importante muralista se preocupó no sólo por rescatar la cultura indígena y la historia prehispánica de sus pueblos sino. también, por recuperar las expresiones materiales de esa cultura e historia, en especial por coleccionar objetos arqueológicos. La colección que logró reunir fue muy extensa y gran parte de ella se encuentra hoy día expuesta en museos del país.

Existe, desde luego, un tercer grupo de coleccionistas: a él pertenecen quienes, en la práctica de esa actividad, buscan una ganancia; no necesariamente ventaja económica: muchos coleccionistas han buscado, antes que nada. el reconocimiento social de su inclinación por el arte o la historia, es decir, de su “cultura”; han buscado legitimación como personas refinadas, de estirpes cuando se convierten en donantes, de filántropos. La posesión de objetos de arte les ha dado. indudablemente, prestigio. Lo más común, sin embargo, es que, además, esos coleccionistas busquen ganancias más materiales: la venta e incluso la donación con la intención premeditada de reducir cargas fiscales va muy frecuentemente aparejada a la necesidad de reconocimiento social. El coleccionismo, en este tercer grupo, se presenta, entonces, como proyecto individual, sin respeto por el carácter social de los objetos que se coleccionan, sin preocupación por su valor simbólico.

Tratándose de bienes arqueológicos, el primero de los tres grupos mencionados desapareció ya hace algún tiempo: los convenios multinacionales y bilaterales, así como la conciencia cada vez más firme de que los objetos deben permanecer en su lugar y país de origen, son los responsables de que esto sea así, de que la colección de estudio, la de apoyo a presentaciones en círculos científicos o la reunida a petición de museos en el exterior hayan pasado a la historia.

Cada vez son menos, por otro lado, los que por afán patriótico coleccionan objetos arqueológicos; menos aún –muchos menos son los que acuden a subastas públicas en el extranjero a fin de repatriar objetos de origen prehispánico que salieron de México antes de que entraran en vigor los acuerdos internacionales que obstaculizan o impiden su comercialización. Quizás estos cambios han sido producto del desgaste del discurso decimonónico y posrevolucionario que puso tanto énfasis en la unidad nacional y, por tanto, en la defensa de los valores de la cultura indígena, primero, y mestiza después.

Por contraste, el número de coleccionistas en busca de ganancia permanece sin cambio sensible: el comercio de piezas persiste y el acrecentamiento de colecciones de particulares no parece haberse desacelerado. La demanda, sin duda, fluctúa, pero lo hace en función de fenómenos de relativa corta duración: un ascenso de la tasa de inflación podría incrementar la demanda: un abatimiento del poder adquisitivo del peso podría descorazonar a los escasos repatriadores de objetos arqueológicos: un incremento en la tasa de ganancia de los empresarios podría alentar la compra y donación de piezas arqueológicas. Pero, como tendencia general, no parece haber grandes cambios en la intensidad del comercio de este tipo de bienes: mientras el coleccionismo siga siendo negocio y la posesión de objetos valiosos un posible indicador de superación personal o un potencial satisfactor de un deseo oculto, la tercera clase de coleccionistas seguirá operando con fuerza sostenida.

Es importante señalar que, aun cuando los tres grupos de coleccionistas mencionados son esencialmente disímiles, con orígenes e intenciones muy diferentes, la legislación mexicana aplicable al coleccionismo de bienes prehispánicos trata a todos por igual. Esto. que a primera vista se antoja irracional, encuentra su justificación en el hecho de que en la gran mayoría de los casos los objetos coleccionados provienen de un saqueo. Llevan consigo una destrucción que en muchos casos alcanza proporciones sorprendentes. Para entender esto es necesario tener presente que, salvo en casos realmente muy excepcionales como altares, estelas, dinteles y estucos. ningún artefacto arqueológico completo se encuentra en superficie, a la vista; ni siquiera el trabajo agrícola llega a exponerlos. Todos han sido producto de excavaciones; en unos -casos los menos- son hallazgos accidentales, en otros -los más frecuentes-, son producto de excavaciones clandestinas dirigidas precisamente a la extracción de piezas para su venta.

El daño que produce el saqueo es enorme. Implica la destrucción de contextos y la consecuente pérdida de información, vital para el entendimiento de los pueblos que produjeron los objetos saqueados. Quienes saquean no están preocupados por registrar datos que permitan dar respuesta a muchas interrogantes que hay sobre los pueblos antiguos de México; su interés radica, exclusivamente, en apoderarse de piezas para las cuales haya demanda; deja de lado todo lo que no es comerciable o no se paga a buen precio, para llegar a ellas utiliza con frecuencia métodos de gran violencia y muy destructivos. En el área maya, por ejemplo, se ha utilizado dinamita y se han hecho calas que rompen grandes montículos en dos para poder llegar con rapidez y un mínimo de esfuerzo a las tumbas que El daño que produce el saqueo es enorme. Implica la destrucción de contextos y la consecuente pérdida de información, vital para el entendimiento de los pueblos que produjeron los objetos saqueados.  Quienes saquean no están preocupados por registrar datos que permitan dar respuesta a muchas interrogantes que hay sobre los pueblos antiguos de México; su interés radica, exclusivamente, en apoderarse de piezas para las cuales haya demanda; deja de lado todo lo que no es comerciable o no se paga a buen precio, para llegar a ellas utiliza con frecuencia métodos de gran violencia y muy destructivos.

 

Enrique Nalda. Arqueólogo. Doctor en Antropología por la UNAM. Secretario técnico del INAH.

 

Nalda, Enrique, “Coleccionismo, saqueo y legislación”, Arqueología Mexicana núm. 21, pp. 48-53.

 

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