• 17-nov-2019

El culto a la lluvia en la Colonia. Los santos lluviosos

Eduardo Merlo Juárez

Los pueblos agrícolas de Mesoamérica requirieron, ya en la Nueva España, personajes que sustituyeran a las antiguas deidades del agua y de la lluvia, de ahí que algunos de los santos cristianos tomaran ese papel o lo continuaran desde el viejo mundo. La época colonial estuvo llena de devociones y cultos populares a los santos propiciadores de lluvias, y muchos de ellos continúan hasta nuestros días.

 

Los santos conquistadores y dominadores

 

Las primeras devociones cristianas en la historia surgieron ligadas a muy antiguas creencias en que las deidades de los cultos ancestrales tomaron cuerpo en las figuras de los santos católicos. Así, de los dioses babilonios, medos, persas, griegos, romanos, celtas, iberos, galos, germanos, vikingos, vándalos, hunos y de muchos otros grupos humanos, resultaron santos ligados a las necesidades más imperiosas, pues la naturaleza parecería requerir estas mediaciones para funcionar equilibradamente, sobre todo en lo concerniente a los regímenes agrícolas relacionados con las lluvias, las secas, las nevadas o las heladas.

Los campesinos, paralelamente a los principios dogmáticos y doctrinales, establecieron gradualmente cultos populares para resolver sus problemas apremiantes. No resulta extraño entonces que cuando la temporada de lluvias era ya excesiva y amenazaba los campos, se buscara la mediación de alguno de esos personajes para cumplir con los rituales establecidos desde tiempos inmemoriales, aunque revestidos de elementos cristianos, constituyendo un acervo cultural intrincado pero efectivo.

Todo ese cúmulo de creencias, mitos, cultos, actitudes y devociones pasó íntegramente al Nuevo Mundo, coincidiendo no pocas de esas manifestaciones con las que por estas tierras se acostumbraban, de tal manera que en un sincretismo relativamente acelerado, vinieron a quedar en un cuerpo de religiosidad popular que persiste de modo consistente hasta nuestros días.

En las naves de Hernán Cortés llegó la devoción a Santiago el Mayor, patrono y protector de España, principalmente para la reconquista de las tierras ocupadas por los musulmanes. El buen apóstol Jacobo o Yago, primo de Jesucristo, hermano de Juan e hijo de Salomé y de Zebedeo, fue llamado por el evangelista Lucas: Boanerges, palabra que significa “Hijo del Trueno”. Haciendo honor a ese apelativo, como un relámpago apareció milagrosamente en la batalla de Clavijo, a cuya vista huyeron despavoridos los moros, dando ánimos a las huestes cristianas para emprender una lucha denodada por la recuperación de la península y ganándose el mote de “Matamoros”.

Apenas empezó su aventura el capitán Cortés, cuando a decir de los propios conquistadores, el apóstol participó en los primeros encuentros bélicos, como en Centla, donde Bernal Díaz comenta que sus compañeros lo vieron salir en brioso y albo corcel, y arremeter contra los chontales, que estaban a punto de infligir una contundente derrota a los hispanos; la aparición milagrosa dio un vuelco a la lucha y don Hernán salió airoso. Afirma el “historiador verdadero” que algunos juraron que era Santiago, pero otros dijeron que era San Pedro; sin embargo, él no lo vio: “tal vez por ser pecador”.

Otro personaje santo asociado al agua y que poderosamente llamó la atención de los naturales es San Juan Bautista, según la Biblia, primo de Jesús y quien, metidos los pies en el río Jordán, lo bautizó. Las imágenes, tanto en pintura como en escultura, pero sobre todo las narraciones de que su acción bautizante la ejercía dentro de un río, lo llevó a solventar las necesidades de agua para el campo. Por si fuera poco, la Iglesia instituyó su festividad el 24 de junio, apenas tres días después del comienzo exacto del solsticio de verano, cuando el régimen de lluvias es ya evidente o se advierte la sequía terrible.

San Juan Bautista es también patrono de innumerables pueblos en México, pero prácticamente se le reza y ofrenda en el campo, y los lugares en que es más emotivo su culto se hallan en donde hubo sitios sagrados asociados al agua brotante, o bien en donde se hacían peticiones a los dioses del agua. San Juan atrae las nubes y las torna buenas, si acaso se les ve malas, esto es, tormentosas, huracanadas o excesivamente frías. Un ejemplo se tiene en el pueblo de Xicotepec, en la Sierra Norte de Puebla, donde sobrevive –a pesar de las acechanzas de los mestizos ignorantes– en el cruce exacto de dos arroyos nutridos. Se trata de tres peñas no muy altas, ni grandes, una de las cuales fue complementada con muros improvisados de piedras, para conformar una pequeña oquedad y una diminuta plataforma en la cúspide. En el nombre de este rincón se descubre el culto prehispánico, pues se le dice la Xochipila, indicador de que ahí estuvo presente el mismo Xochipilli, señor de las flores y de la vegetación abundante. Los habitantes de toda la región y muchas otras circundantes, acuden prestos cada junio para bailar incansables desde el 23 hasta el 25; tantos grupos de danzantes se reúnen que tienen que esperar turno para acceder al corto espacio situado frente a la peña y la oquedad. El día 24 llega el custodio para mostrar un teponaztle prehispánico –perfectamente conservado– a cuyo sonido caen en trance los adoradores. Mientras tanto los peregrinos –de etnias totonacas, otomíes, tepehuas, huastecas y nahuas– van llevando flores y ceras para ser “limpiados” en la oquedad y luego subir a la cima de la peña, para depositar ofrendas que son envoltorios de tamales, licor, cigarros, flores y algunas otras cosas. La celebración combina las danzas interminables con comidas que ofrecen los mayordomos a los feligreses de este culto ancestral. Por supuesto que Xicotepec tiene como patrono a San Juan Bautista, cuya imagen escultórica se coloca en un nicho para presidir. Los creyentes aseguran que en el interior de la peña vive un personaje llamado Juanito Techachalco, una especie de santo niño que escucha las peticiones de sus devotos y atrae o aleja la lluvia, según se haya dado la estación. La voz techachalco  alude a una boca de piedra, pero principalmente a la tierra misma. En el mapa del país, sobre todo en lo que fue Mesoamérica, San Juan Bautista está presente como patrono en los pueblos donde abunda el agua, o en los que de plano tienen que pedir milagros para obtenerla.

 

Merlo Juárez, Eduardo, “El culto a la lluvia en la Colonia. Los santos lluviosos”, Arqueología Mexicana, Núm. 96, pp. 64-68.

 

Eduardo Merlo Juárez. Arqueólogo por la ENAH. Maestro en ciencias antropológicas por la UNAM. Investigador del Centro INAH Puebla. Catedrático de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla.

 

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