• 27-feb-2020

El estudio del cielo

Alfredo López Austin

Las fuentes para investigar el saber mesoamericano acerca del cielo guardan entre sí gran desequilibrio. La principal razón fue la deficiencia en la obtención del informe directo de los indígenas, que pudo haber sido muy importante en el momento de su contacto con los europeos. Hubo una enorme incomprensión recíproca debida a la diferencia entre propósitos, métodos y funciones de dos sistemas de conocimiento. Básicamente, los españoles se interesaban por la tradición adivinatoria, que imaginaban semejante con la propia y de la que esperaban conocimientos que pudieran sumar a los suyos. En contra de lo supuesto, encontraron que las principales vías adivinatorias de los indígenas eran calendáricas, más basadas en las combinaciones de ciclos temporales que en los movimientos celestes, pese a que éstos también eran tomados en cuenta. Sahagún, la voz más autorizada entre los historiadores del siglo XVI, muestra en su libro IV tal desconcierto ante el sistema indígena, que lo condena como demoníaco, y en el libro VII lanza su descalificación del conocimiento de los nahuas al no entender ni darse a entender con ellos sobre la materia astral. Algo obtuvo Sahagún, sin embargo, sobre todo de las pinturas de sus colaboradores indígenas.

Existieron en la época opiniones más favorables de las que se obtienen datos valiosos, aunque escuetos. Alvarado Tezozómoc, por ejemplo, identifica algunas constelaciones, empatándolas con las del Viejo Mundo; Landa señala las constelaciones de Las Cabrillas y Los Astillejos como indicadoras de las horas de la noche; Pomar informa que los hijos de los nobles tetzcocanos se dedicaban al estudio de las estrellas; en el Códice Telleriano-Remensis se aboga porque se investigue qué estrellas o planetas entran en conjunción cuando cae el año 1 conejo, para así explicar las predicciones de desgracias que hacen los indios, y que se han verificado como verdaderas, etc. Pero, en general, no hay mucha miga en las fuentes documentales tempranas.

Las fuentes pictóricas, en cambio, son de un valor enorme. Basta señalar los riquísimos datos de los registros astrológicos mayas en los pocos códices antiguos que de ellos nos han llegado. En otras latitudes, el Códice Borgia y otros afines prometen valiosa información cuando se avance en sus arcanos. Los códices mixtecos remiten a la observación de los cielos en los linajes nobles. Otros códices registran en sus láminas las fechas de grandes señales del firmamento nocturno.

Rivalizando con las fuentes pictóricas están las arquitectónicas y urbanísticas. La arqueología proporciona una enorme cantidad de información sobre la orientación en el trazo de las poblaciones y la construcción de grandes edificios alineados hacia puntos importantes de ortos y ocasos, amén de otros testimonios menores, como los de las ruedas punteadas, que son marcas dejadas en las rocas como registros de los cursos astrales.

Las razones para observar el cielo

Cada tradición cultural tiene sus propias razones para inquirir en la profundidad y los movimientos de los cielos. Es difícil aventurar una lista de motivaciones que a través de milenios han llevado al hombre hacia la formación de sus sistemas. Sin embargo, la formulación de hipótesis al respecto es útil, como un recurso heurístico –siempre provisional– para tratar de comprender la mentalidad ajena. Pueden suponerse como razones para observar el cielo las siguientes:

a) El ajuste de la vida cotidiana a los ciclos celestes.

a-1) El peso fundamental de la producción humana, junto a otras actividades importantes en la vida, está en buena proporción regido por el ciclo estacional. Las tradiciones de recolectores-cazadores heredaron a sus descendientes agricultores sus vastos conocimientos del cielo, y éstos los adaptaron, los perfeccionaron y aumentaron la complejidad del saber celeste para regir sus actividades.

a-2) Algunas condiciones del hombre y su entorno se consideran afectadas por los movimientos celestes. Por ejemplo, en el caso de la Luna, le son atribuidos efectos sobre la menstruación, el embarazo y el parto; sus fases se toman en cuenta para la siembra de la milpa o para el corte de palma para techumbre, y se observa la relación existente entre su ciclo y las mareas.

b) Todo evento celeste que rompe la perfecta regularidad del cielo es considerado como un aviso de acontecimientos funestos. La aparición de eclipses, cometas y otros fenómenos causa temores, sin importar que, como en el caso de los antiguos mayas, los eclipses pudieran predecirse por medio de complejos cálculos matemáticos.

c) La observación del cielo permite la correcta orientación urbana y arquitectónica y la alineación de edificios entre sí y con fenómenos celestes. A su vez, esta alineación es un medio para medir. La observación del cielo permite la correcta orientación urbana y arquitectónica y la alineación de edificios entre sí y con fenómenos celestes. A su vez, esta alineación es un medio para medir futuro ortos y ocasos y para ejecutar correctamente el ritual.

 

Alfredo López Austin. Doctor en historia por la UNAM. Investigador emérito del Instituto de Investigaciones Antropológicas (UNAM). Profesor de Posgrado en la Facultad de Filosofía y Letras (UNAM).

López Austin, Alfredo, “10. El conocimiento del cielo”, Arqueología Mexicana, edición especial núm. 69, pp. 74-89.

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